Ostiarios

 

Los historiadores ven, en la oración de institución de los ostiarios (datable, quizás, a mediados del s. III) el primer compromiso sagrado por parte de la Iglesia para la tutela y cuidado de los bienes: «Cuidad que por vuestra negligencia no se pierda ninguna de las cosas que hay en la iglesia. Actuad de modo tal como para rendir cuenta a Dios de las cosas que son custodiadas por estas llaves (que se os confían).

 

EGGER A., Kirchliche Kunst und Denkmalpflege, Brixen 1932, p. 7: «Providete (...) ne per negligentiam vestram illarum rerum, quae intra ecclesiam sunt, aliquid pereat. Sic agite, quasi Deo reddituri rationem pro iis rebus, quae his clavibus recluduntur».

 

Según estos historiadores el Ostiario era el clérigo que había recibido la primera de las órdenes menores y tenía a su cargo abrir y cerrar la puerta de la iglesia, así como guardarla, llamar a tomar la comunión a los dignos (rechazando a los indignos) y conservar las cosas sagradas: es el guardián del Santísimo Sacramento que se guarda en el sagrario.

 

En la ceremonia de ordenación, el obispo u arzobispo le presentaba al aspirante las dos llaves del templo sobre un plato y, mientras el aspirante las tocaba, le decía: «Actúa de tal suerte que puedas dar cuenta a Dios de las cosas sagradas que se guardan bajo estas dos llaves...»

 

La orden de ostiario era el ostiariado, y fue suprimida junto con las otras cuatro órdenes menores en 1972, como queda recogido en el Motu proprio de Pablo VI. Sin embargo, continúa confiriéndose el orden a los candidatos al sacerdocio que forman parte de Sociedades de Vida apostólica que siguen la forma extraordinaria del rito romano.

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