El Obispo de Siedlce (Polonia) habla de los signos litúrgicos del Camino Neocatecumenal

 

Jueves, 13 de octubre de 2005

 

( ZENIT.ORG - 13/10/2005) - La liturgia se cumple a través del lenguaje de los signos (IL 58) aunque es la obra de Dios (IL 42). No hay signo más elocuente que el hecho de partir el pan -cuerpo de Cristo- y dividirlo para comunicar en la realidad. Cuando en la liturgia se hace bien este gesto - naturalmente tras una adecuada catequesis - habla directamente a quien participa en ella de un modo actual y actualizador.

 

Se notan varios abusos en la celebración eucarística, especialmente cuando falta o no es suficiente el respeto hacia la Eucaristía. Pero planteo una pregunta: ¿no constituye acaso un abuso cada error en el lenguaje de los signos, cuando se quita a los participantes en la Eucaristía la posibilidad de que el Misterio penetre en su vida, rompiendo el yugo del hombre viejo? ¿No es aún más evidente esto cuando no se da el cáliz para beber de él?

 

 Dado que he vivido la experiencia del camino neocatecumenal - desde el principio al fin - puedo dar testimonio de que la celebración que se hace poniendo atención en la Palabra y en los signos, especialmente la fracción del Pan y la participación del Cáliz, hace milagros

 

He visto a muchas personas reconciliarse con su historia, la reunificación de los matrimonios en crisis, muchos cónyuges abiertos a la vida para formar familias numerosas, muchos jóvenes que han vuelto a encontrar la orientación en la vida según el Evangelio y muchas vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio. El común denominador de todo esto es la participación en el misterio de la Palabra y del Sacramento celebrado con abundancia de signos.

 

 Algunas propuestas

 

1. Propongo que se asegure la posibilidad de usar plenamente los signos, con el fin de que la liturgia pueda cumplir su carácter y su valor formativo y constitutivo para la vida cristiana.

 

2. Hay que prestar más atención a la catequesis formativa, en la que no habría que explicar sólo didácticamente los signos, sino que habría que introducir a los fieles o catecúmenos al misterio a través de la mistagogia.

 

3. Tener cuidado de que no haya abusos, ni en el sentido de la falta de respeto y de distracciones de las que se habla a menudo, como tampoco en el sentido restrictivo, es decir, de descuidar o ignorar lo que expresa la dinámica de la Eucaristía. Especialmente observo:

 

 - Es bueno acentuar el carácter y el valor del sacrificio en la Eucaristía, pero es malo -y es un abuso, en el sentido de falta- que se infravalore y no se haga presente el aspecto del banquete que comunica y pone en comunión, es decir, crea el Cuerpo.

- Es bueno subrayar el aspecto de la presencia real, pero es malo -y es un abuso de omisión- cuando a causa del respeto -quizás malentendido a veces-, no se usan los signos como, por ejemplo, la materia del pan que debería tener aspecto de alimento (ut cibus appareat IGMR 321) y no se concede beber el cáliz cuando esto es posible (y es recomendable por dilucidiorem signi sacramentalis formam - IGMR 14, 281).

- Es bueno valorar el momento de la consagración, pero es malo -y es también un abuso- que falte una buena expresión de la doxología que a veces en las celebraciones incluso pasa casi inadvertida; como también la respuesta de la asamblea, es decir, la aclamación “Amén”.

- Es igualmente malo -y es también un abuso- que no se prepare y no se haga bien una parte tan esencial de la Eucaristía como es la liturgia de la Palabra.

- Además, es seguramente malo, desde el punto de vista pastoral y eclesial, no valorar el papel de la asamblea, especialmente en la Eucaristía dominical, y es únicamente el sacerdote quien “dice la misa” - como si hiciera un servicio a un grupo o incluso a alguna persona según las intenciones privadas pagadas previamente.

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