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Hna. Mª Teresa de Jesús

Colomar Serra

Carmelita Descalza

Cádiz, 13-01-1941  †  25-03-2.006

 

 

      La Llamada

     “En toda llamada, es decir, en toda vocación, empieza una historia de amor entre Dios, que es el que llama, y el hombre que responde. Empieza y se hace realidad la Historia de la Salvación en la carne de uno mismo. Es el pródigo, el hijo que se alejó del Padre que retorna ó bien, el que nunca había visto a Dios y de pronto se da de bruces con El.:“Adonde te escondiste amado y me dejaste con gemido...” (San Juan de la Cruz).

 

     Paso a compartir con vosotros, esta llamada que se realizó en mi vida. Os sitúo: joven adolescente normalita, poca formación religiosa,  y además no me interesaba mucho; poquísima frecuencia de Sacramentos y un largo etc...etc... Era la edad propia de  soñar en la que toda joven espera aparecerá ese príncipe azul de sus sueños. Es el tiempo más álgido de esa edad “del pavo”. Toda joven espera que aparezca a la vuelta de la esquina y...  efectivamente en un momento determinado apareció.

     Al principio, el entusiasmo es el gran acompañante de esa relación, mas, a los pocos meses empieza el descubrimiento de los fallos de la persona que aparece en tu camino, y es ahí donde Dios estaba esperando para salirme al paso, al comprender los fallos que estaba descubriendo tenía que encontrar a alguien que acudiera en mi auxilio. Probablemente fue la primera vez que empecé a rezar con convicción, sin que nadie me obligase a ello. En este momento comenzó la gran aventura en la que todavía sigo sumergida, pues como dice San Pablo, “quien inició en mí la obra, la llevará a su fin“.

 

     Una vez que empecé a darme cuenta que había un Ser que me impulsaba a conocerlo y al cual yo desconocía.  Me dije: “pues atiende a mis peticiones,    me siento obligada a conocerlo en profundidad.” Me dí  cuenta de que si alguien me quería de verdad era El. Así es que fui y me compré la Sagrada Escritura y llena de fe empecé a leer sus páginas, y desde la primera me encontré con la vida, me encontré con mi Padre. En este mismo momento daba comienzo una gran andadura que todavía no ha terminado a través de esas páginas. Fui entrando en ese Amor que Dios tiene por el hombre hasta dar su propia vida por todos y cada uno de nosotros. Ese descubrimiento hizo que cada vez más perdiera intensidad la relación que con tanta ilusión había empezado y, por el contrario, cada vez más, me fuese seduciendo la figura y la persona de Cristo, la lectura y oración de la Biblia, con un corazón deseoso de verdad y limpio de prejuicios. Ello dio como fruto el enamoramiento de mi corazón por ese Cristo que tanto me había amado, que me salía al encuentro abriendo ante mí un panorama de seguimiento de su persona y mensaje para compartir su vida de forma esponsalicia conmigo. Sentí en lo más profundo de mí ser el “Sígueme”. Todos los deseos anteriores habían perdido su fuerza, sólo El valía la pena de entregarle la propia vida. Ese enamoramiento, que a través de la palabra transformaba esa lectura oracional,  estaba esclareciendo el camino que Dios deseaba para mí; le pedí de corazón que si El deseaba para mí otra vida distinta de la que yo había pensado en algún momento que no entrara en su proyecto, lo arrancase de mi corazón. Aquella esclavitud que mi voluntad había tenido hacía aquella persona se derrumbó definitivamente. Ante mí Cristo aparecía con todo su esplendor y, naturalmente con su Cruz, la que El quería para mí.  Con el tiempo esa cruz me marcaría, como marca a todo cristiano. En aquel momento podía decir plenamente: “Me sedujiste Señor y me dejé seducir....” (Jeremías 20, 7).

     Habían transcurrido unos tres ó cuatro años en ese caminar, había experimentado una verdadera evolución de vida  detrás del Maestro. También descubrí a lo largo de ese tiempo, la Iglesia y su misión para con sus hijos, y en ese momento después de bastante tiempo de no participar en sus sacramentos, fui en busca de un sacerdote a quien puse al corriente de todo ese camino lo mejor que yo supe expresarlo. Ahora me faltaba por descubrir en qué estilo de vida consagrada deseaba El que entrase. Vida de oración era algo clarísimo para mí, más el modo, eso no lo estaba tanto: ¿ir directamente al hermano para dar testimonio de la Buena Noticia?,  ¿ir a los enfermos, a los ancianos a los niños... etc, etc? Por mi propia historia comprendí que si la Gracia de Dios no actúa, es vano  nuestro esfuerzo. Ese Cristo, que yo amaba en su agonía, al que yo quería aliviar y consolar, y seguirle en sus andaduras por los caminos de Palestina, el  mundo en que me movía, me hizo comprender que sólo su Gracia haría cambiar al hombre.  Quería para mí una vida oculta, como las raíces del árbol que se nutren con la savia que de ellas le viene.

     Una vez llegado a este punto, todo lo demás ya fue fácil, y el esclarecimiento de mi vocación mucho más. Leí la vida de Sta Teresa y de Sta Teresita, y me confirmó en lo que creí ser la voluntad del Señor para mi vida. Todo se resolvía por este camino: ví debía ser carmelita descalza.

    

     Han transcurrido ya bastantes años, pero si tuviera que empezar de nuevo no dudaría en repetir la andadura. Únicamente que comenzaría antes y así ahorraría tantas vueltas.

     Espero que ya no falte tanto tiempo para finalizar esta historia de salvación. Cuando pueda decir esa frase de la Escritura: “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven, Señor!...   Sí, Yo vengo pronto. ¡Amén!. ¡Ven Señor  Jesús!” (Apocalipsis 22, 17-21).

    

     Bien, en realidad mi historia vocacional es sólo es un esbozo de lo que se podría contar.  Pero  no deseo hacerla más larga, aunque  sí para que brille la gloria del Señor.” 

 

   Después de leer este precioso relato de nuestra hna. Mª Teresa que ella misma escribió para una colaboración de testimonios vocacionales, nos sorprende una vez más la acción de Dios en las almas. Y nos sorprende porque Mª Teresa tuvo que afrontar serias dificultades para seguir la invitación del Maestro. A la hora de ponerse en camino, deja a sus padres de edad avanzada, siendo ella la única hija que junto con su querido hermano Bernardo ya casado formaban el hogar.

     Nuestra hermana nació en Palma de Mallorca y hasta la edad de 10 años vivió en este lugar. Su hermano le llevaba 12 años de diferencia en edad, por lo que la niña se crió llena de caprichos y mimos. Era el encanto de la familia por su gran simpatía, belleza e inteligencia. Su padre, hombre que siempre aspiraba a una mejor situación, marchó a Canarias con el fin de promover una empresa de dulces de especialidades mallorquinas. Por este motivo se trasladaron definitivamente a Las Palmas de Gran Canarias. Nos contaba ntra. Hna. que durante la travesía, el barco hizo escala en Cádiz y estuvo paseando junto con su madre por esta Alameda, frente al Monasterio ¡Quién le iba a decir entonces que este lugar sería su residencia definitiva! Marujita, que así la llamaban cariñosamente, se adaptó pronto al nuevo destino. A esa edad, todo era una aventura agradable para ella. Sus padres la prepararon en todo lo que en aquel tiempo se estilaba para una adolescente: piano, baile, castañuelas, ballet, clases de idioma y sobre todo una buena educación humana y religiosa en un colegio de Dominicas.  Nos contaba su infancia y juventud y la nota que resaltaba siempre era de pasárselo bien, de reírse mucho, de gozar de la naturaleza. Con esto de la risa, tuvo que llevarse más de una reprimenda de su padre… Una adolescente normalita, como ella nos refiere en su testimonio vocacional.

 

     Llegada la hora de dar el paso, con esa fuerza que da la firme decisión de seguir la llamada, deja a sus padres y se embarca a Cádiz, en aquel tiempo no estaban las Carmelitas Descalzas en Canarias. Para su familia resultó una decisión sin fundamento: “un capricho más” decían. Pronto volvería. Nos cuenta su cuñada que cuando su madre, que estaba desconsoladísima por su ausencia y el estilo de vida de su querida hija, recibe la primera carta, dijo con firmeza y llorando: Marujita no vuelve, esto es verdad, lo que escribe es demasiado hermoso. Con todo tenían la esperanza de ver por sus propios ojos y certificar que esa felicidad de la que hablaba era verdad. Pasados seis meses con ocasión de la Toma de Hábito vinieron para llevársela…, por más que su madre asombrada le preguntaba si aquello era lo que ella deseaba, Hna. Mª Teresa respondía afirmativamente.  La madre llena de confusión, queriendo cerciorarse más,  la llamó por teléfono desde el hotel por si en el locutorio ella no se sintió libre para poder decir la verdad.

 

     Hna. Mª Teresa hizo suyo el poema Teresiano: “Ya toda me entregué y di y detal suerte he trocado que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado” Esta frase fue elegida por ella para estamparla en el recordatorio de su Profesión Solemne. Se sintió seducida por el Señor desde el comienzo hasta el final de su vida.

 

     Como en toda vida humana, nuestra Hna. tuvo que afrontar no pocas dificultades entre ellas la gran falta de visión que acusaba desde niña. De joven fue una de las primeras pacientes en usar lentillas en España. Con el tiempo, este problema se le fue agudizando pero, y esto es lo que nos admira en ella, a pesar de ello, Mª Teresa fue una gran entusiasta de la formación permanente. Escribió muchísimo acerca de temas bíblicos que despertaban ese interés siempre creciente hacia la Palabra de Dios. Era ella la que la había guiado hacia el seguimiento de Cristo en el Carmelo, y era ella la que continuaba ese crecimiento en el amor fiel a su Señor. También en estos primeros años de joven profesa, aparecieron los primeros síntomas de la grave enfermedad hepática que padecería hasta el final de sus días. Ante la falta de salud, que sin duda supuso para ella una gran prueba, nuestra hermana no se abatió, sino que usando de la agudeza e inteligencia que Dios la había dotado fue para todas un ejemplo de luchadora que la llevó a volcarse más en la Comunidad.

 

    Uno de los oficios que más le encomendaron fue el de tornera. Hna. Mª Teresa poseía una simpatía especial para el diálogo, y consiguió hacer una excelente labor aconsejando y atendiendo a las personas que se acercaban a nuestro monasterio. Hoy son ellos los que la recuerdan y echan de menos. Gracias a ella la Comunidad se ha beneficiado también de la amistad de estas buenas personas que ponen a nuestra disposición lo que pueden ofrecernos. Al mismo tiempo, nosotras encontrábamos en ella a la hermana que puedes confiarle una necesidad; pedirle una colaboración. Siempre esperábamos que fuera ella quien creara las poesías, los cantos y las piezas teatrales para las fiestas de casa. Por eso aprendió a tocar la guitarra. Sabía la importancia que tiene el ser instrumento que lleve al hermano un rato de bienestar y alegría. Para todo ésto tenía un arte especial.

 

     Hna. Mª Teresa, a pesar de sus muchas limitaciones, recordamos que llevaba 16 años con el virus que le produjo Cirrosis hepática, supo vivir con la enfermedad: contrariamente a su patología manifestaba una alegría y entusiasmo por todo lo que significaba su vida de Carmelita Descalza: oración, trabajo y fraternidad.  ¡Cómo gozaba cuidando los rosales, azucenas y nardos para colocarlas junto al Sagrario!. Teníamos que recordarle que se cuidara, pero ella se dejaba llevar de su natural activo, porque le daba vida atender a la Comunidad, ¡tanto era lo que le costaba la enfermedad! A pesar de que se sentía limitada, resultó de una grande ayuda para las prioras, en ella encontramos a la hermana  capacitada para colaborar en muchos trabajos de archivos, correspondencia, biblioteca, formadora de novicias, atender a los obreros, llamadas telefónicas… También fue elegida varias veces Consejera por el Capítulo comunitario.

Nuestra hermana amaba entrañablemente a su familia. Después de la muerte de sus padres, sufrió enormemente la pérdida de su único hermano en circunstancias inesperadas. Siempre mantuvo contacto con su cuñada y sus nueve sobrinos que tanto la querían.

     

       Con el paso de los años su organismo se iba deteriorando progresivamente y en diciembre pasado aparecieron de nuevo los síntomas de una fuerte actividad viral. Esperábamos, como en otras ocasiones, que se recuperara, pero en vez de eso, otros órganos funcionales comenzaron a fallar. Nosotras veíamos la grave situación que se acercaba de la que ella no fue consciente porque estaba convencida que este mal momento pasaría como otras veces. Fue sólo en los dos últimos días de su vida cuando hna. Mª Teresa se dio cuenta de la gravedad de su vida y del momento real de su existencia. Entonces se aferró totalmente a Dios y a la Virgen Santísima, orando con ellos en voz alta de una manera continua. Así hasta que se le apagó la voz… la madrugada del sábado 25 de marzo, en la solemnidad de la Encarnación del Señor. Grande fue nuestro consuelo ante tal coincidencia que para nosotras era lenguaje del cielo: la Eucaristía de sus exequias en domingo de Laetare, con todo el altar lleno de flores como a ella le gustaba… Tantos sacerdotes y tanta gente amiga allí presente. Y tres de sus queridos sobrinos.

¿Y nosotras? Dentro del dolor que supone la separación, nos sentíamos en PAZ: nuestra querida hermana ya estaba, feliz, en Dios.  Nos queda agradecer al Señor el paso de Hna. Mª Teresa de Jesús por este Carmelo de Cádiz, un paso marcado por la alegría en la entrega a Dios.

 

  

 

 

 

Carmelitas Descalzas de Cádiz