Sí... estoy harto de la Iglesia Católica como me la
presentan últimamente los medios de comunicación.
Harto de que me muestren una caricatura de sacerdote que no es sino un
homosexual empedernido, un pedófilo enmascarado o un amigo del buen vivir. ¿Es
que ya se acabaron los sacerdotes que sean "hombres" normales?
Harto de oír hablar de la rodilla de un Sumo Pontífice que parece llevar a
cuestas no sólo su dolor, sino el cúmulo inmenso de los chismes y las
habladurías que su enfermedad genera en el mundo de los medios. Tal parece que
algunos sólo buscan el escándalo y lo sensacional para hacerla noticia y pasto
de quienes se regocijan con el pesar ajeno.
Harto de escuchar las así llamadas luchas de poder que generan el supuesto
vacío de autoridad en el que se halla la Iglesia Católica. ¿Qué saben ellos
del arte y del amor de dirigir la Iglesia Católica cuándo la encajonan y la
etiquetan como una empresa multinacional?
Harto de ver películas como "Priest" en dónde el sacerdote es un obispo
déspota, un párroco concubinario o un joven coadjutor homosexual. ¿Es que sólo
existen sacerdotes de ese tipo?
Harto de no ver ni oír por ninguna parte la noticia sensacional de tantas
monjas que entregan su vida día a día en la luminosa claridad de un convento
de clausura desgranando sus vidas frente al sagrario para pedir precisamente
por quienes más calumnian a la vida consagrada.
Harto de que no se haga escándalo ni noticia internacional de las almas
consagradas, hombres y mujeres, que pasan largas horas hablando con los
encarcelados, con los drogados, o limpiando pacientemente las heces que los
enfermos psicóticos dejan como estelas en los hospitales para enfermos
mentales, verdaderos lugares alucinantes.
Harto de que el África con sus miles y miles de escuelas y hospitales
regenteados por sacerdotes y religiosas quede siempre relegado al más profundo
silencio, olvidado a pasar sus días en el polvo dorado de la sabana, escondido
a los ojos del mundo, debatiéndose siempre en profundas y cruentas guerras
civiles cuyos heridos y muertos son siempre cuidados por sacerdotes y monjas.
Harto de que muchos católicos, como camino y coartada fácil a su falta de celo
apostólico o su indiferencia religiosa digan con despecho frente a esta
conjura de los medios: "No quiero oír hablar de la Iglesia Católica".
Harto de ver cómo la fe de tantas y tantas personas humildes, sencillas y
buenas puede quedar lastimada de por vida, tal y como sucedió en la España de
los años ochentas en donde a base una persuasiva y feroz propaganda
destruyeron la fe de muchas personas, minando el aprecio y la estima por el
sacerdote, precisamente a partir de calumnias, tal y como lo están haciendo
ahora.
Pero estoy seguro que de esta persecución la Iglesia Católica, nuestra Iglesia
Católica saldrá victoriosa como siempre ha salido, pues a semejanza de los
primeros tiempos, son estas persecuciones las que como un bautismo de sangre
permiten que se vigorice y se renueve en sus hijos fieles, amantes y siempre
leales.