EL MATRIMONIO CAMINO DE SANTIDAD
El matrimonio es camino de santidad
¿El matrimonio es un medio para hacerse santos? ¿Por qué es un sacramento?
Conoce a fondo toda la grandeza del sacramento instituido por Jesucristo.
Es sabido que la Iglesia Católica entiende por sacramento un signo sensible que
significa y produce la gracia en el alma, en virtud de la institución por
Cristo. Los sacramentos producen la gracia, es decir la vida divina. Los
sacramentos son instrumentos de vida divina, los instrumentos de vida divina por
excelencia, porque Cristo
mismo los ha instituido y los ha establecido como medios por los cuales
desarrollamos la vida divina en nosotros. Son estructuras santificantes que
sumergen nuestra vida en la de Dios. Y el matrimonio es un sacramento.
Decir que el matrimonio es un sacramento es, pues, decir, que es un instrumento
de vida divina, de gracia, de santidad; que es fundamentalmente eso antes que
otra cosa, porque este carácter de instrumento de vida divina tiene una
importancia tal que supera toda otra. Instrumento de vida divina quiere decir
medio de santidad. El
matrimonio es por tanto, esencialmente, por ser sacramento, un medio de
santificación. Todos los demás elementos de amor satisfecho, de institución
social, de base de la familia, se hacen secundarios. No es que dejen de existir,
pero dejan de ser lo principal en la unión conyugal. Por ser sacramento -vuelvo
a repetir-, instrumento de santidad y de vida divina, este aspecto absorbe a
todos los demás.
En este sentido, la Iglesia tiene derecho a legislar sobre el matrimonio, porque
es un acto divino. Por supuesto, que la Iglesia deja al estado sus legítimos
derechos en cuanto a los efectos sociales que tiene naturalmente unidos el
matrimonio.
INSTITUCION NATURAL
El matrimonio es una institución natural. Es decir, existe fuera de la religión
cristiana y hasta fuera de toda religión. Está inscrito y regido por la misma
naturaleza del hombre. La Iglesia no ha creado el matrimonio y ni siquiera ha
pretendido transformarlo. Los paganos se casaban según las reglas en uso en la
sociedad, y cuando los paganos casados se convertían al cristianismo, casados
quedaban. La Iglesia reconocía la validez de este casamiento natural. El
no-cristiano se casa sin recibir el sacramento, y cuando se convierte, permanece
casado; el matrimonio natural se hace sacramento.
El matrimonio de los cristianos es, pues, el de los paganos. Es el matrimonio a
secas, que entre los cristianos llega a ser un sacramento. Imposible para el
cristiano casarse sin recibir el sacramento; pero, al mismo tiempo, este
matrimonio, que es sacramento para él, es la institución natural que se
encuentra en toda la humanidad, unión perpetua entre el hombre y la mujer, con
vistas a fundar un hogar. El matrimonio cristiano es la institución natural del
matrimonio, y al mismo tiempo ya no lo es, porque ha llegado a ser
sacramento,instrumento de vida divina. El sacramento es la institución natural
divinizada.
Esto confiere al matrimonio un lugar especialísimo entre los sacramentos. Los
demás sacramentos han sido creados en todas sus partes por Cristo con el fin de
conferir la gracia; no existen más que en función de la vida cristiana, en
función de la inserción del cristiano en la Iglesia. Al afirmar que el
sacramento del matrimonio
es la divinización de la institución natural del matrimonio, corremos sin
embargo con el peligro de caer en un equívoco: confundir el sacramento con una
bendición o consagración que se añade a lo que es natural. No. No es en virtud
de una bendición o consagración por lo que se obra el sacramento. Los cónyuges
son los ministros de este
sacramento; el sacerdote, es sólo un testigo cualificado. El matrimonio
cristiano consiste como el matrimonio de los no cristianos en el intercambio de
los consentimientos, pero para el cristiano es un sacramento.
Como el matrimonio, institución natural, institución social, es de tanta
importancia humana porque se halla en la base de toda la sociedad, es fundamento
de la familia, origen de los lazos más íntimos y estables, con todas las
consecuencias que estos lazos llevan consigo: solidaridad de orden social,
solidaridad económica, lazos de la sangre y afectos que de ellos se derivan,
resulta que hay que estar cerca de Dios para percibir la importancia dominante
del carácter sacramental sobre todos los intereses y todos los sentimientos
humanos.
Como, por lo demás, el matrimonio es el estado habitual de los hombres, y como
tantos cristianos son cristianos mediocres, el sentido del sacramento no se
desarrolla en muchos plenamente, ni siquiera se llega a entender. Al mirar los
aspectos humanos del matrimonio, puede no hacerse una referencia a la vida
cristiana, y el sacramento puede aparecer como una añadidura del matrimonio, una
especial bendición, una ayuda divina todo lo más, sin caer en la cuenta que el
sacramento no se añade al matrimonio, sino que el matrimonio es un sacramento,
es decir un instrumento de santidad.
Y este carácter sobrenatural del matrimonio lo es como es sobrenatural el
carácter del sacerdocio o de la Eucaristía, que son también sacramentos. Parece
que no hacen falta aspiraciones religiosas especiales para casarse, pero que sí
se necesitan para ser sacerdote o para la recibir la Comunión. Y esto es una
desviación
chocante. Y muchas personas reciben -y lo reciben, por la naturaleza operante
del sacramento- el sacramento del matrimonio con miras puramente humanas como si
se tratase exclusivamente de la institución natural. Por eso se oye hablar de
casarse por la Iglesia, como una etiqueta: y reciben esa vida sobrenatural,
podríamos decir que casi sin darse cuenta. Luego les parecerá muy fuerte
escuchar que el matrimonio es un camino de santidad, o al menos pensarán que es
una expresión metafórica, cuando denomina de una manera real y clara lo que es
la esencia del matrimonio cristiano.
San Pablo presenta la unión conyugal como la imagen de la unión de Cristo con su
Iglesia. "Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su
mujer, y serán dos en una carne" Gran misterio es éste, pero en Cristo y en su
Iglesia.
La vida sobrenatural no está limitada en la Iglesia a un pequeño grupo de
cristianos fervorosos se halla repartida por todo el cuerpo de Cristo. La vida
sobrenatural, que es divina, es la vida de todos los cristianos nos es dada en
primer lugar por el Bautismo, y la vida es una vocación de santidad. No todos
los cristianos, sino sólo unos pocos, están llamados al celibato. La Iglesia
tiene necesidad de esposos y de familias. Los esposos desempeñan, pues, en la
Iglesia, un papel personal y activo; están llamados en el marco de su vocación
de esposos a realizar la santidad. El carácter sacramental del matrimonio
proporciona así la confirmación de esta vocación de santidad de todo cristiano,
al mismo tiempo que muestra cómo obra la acción divina sobre el alma de los
esposos para elevarlos a la santidad. El matrimonio como remedio de la
concupiscencia... ¡Qué reducción! El matrimonio es una vía de santidad, y muy
particular porque es un sacramento. El matrimonio no es, para el cristiano, una
simple institución social -dice el Fundador del Opus Dei-, ni mucho menos un
remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural.
Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia,
dice San Pablo (Cfr. Eph. V, 32) (...) Signo sagrado que santifica, acción de
Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle,
transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra (Es
Cristo que pasa, n.23).
Es sabido que la Encarnación consiste en que Dios se hace hombre en la persona
del Verbo, segunda persona de la Santísima Trinidad, con una naturaleza humana
compuesta de un alma y un cuerpo humanos, unida a la divinidad, a la naturaleza
divina del Verbo, hasta el punto de no hacer con ella sino un solo ser, hasta el
punto de que San Juan lleva la audacia de la expresión hasta decir "El Verbo se
hizo carne".
Y después de la Redención, la vida divina de la que el cristiano se hace
partícipe se extiende en los hombres, impregnando todo su ser, alma y cuerpo,
inteligencia y voluntad, hasta el punto de poder decir, sin cometer error, que
el hombre está también divinizado y que su acción resulta acción divina, a la
vez que humana.
Ningún sacramento santifica directamente la vida profesional; es la voluntad,
acorde con la voluntad de Dios, la que lo hace, pero no en su misma entraña.
Pelar patatas es un acto material; se hace sobrenatural por un motivo
sobrenatural. El matrimonio, por la fuerza de Cristo contenida en el sacramento,
diviniza la unión conyugal.
Establece entre los esposos un lazo de unidad que supera lo que la naturaleza
puede hacer.
Por otro lado, el matrimonio no sólo santifica un acto humano, es un germen
depositado en el alma y que fructifica a lo largo de toda la vida conyugal,
animando todos sus actos y sentimientos. Es una presión de Dios sobre los
esposos para que sobrenaturalicen su vida conyugal. Dios entra como tercer
factor en la intimidad conyugal. Los esposos están unidos a Dios. Unidos a Dios:
es un término muy estricto, porque siendo la acción del sacramento una acción
divina casi única en el alma de los esposos, y siendo la gracia sacramental una
realidad en el alma, se puede decir que los esposos tienen en el alma algo que
les une realmente de una manera nueva, y esta realidad unificadora es una acción
divina. En las obras de los esposos se debe traslucir el carácter divino de su
unión.
El sacramento santifica a los esposos en sus actos espirituales, humanos y
carnales. La Iglesia antes insertaba una bendición del lecho matrimonial. El
acto matrimonial es santo. El amor matrimonial es santo; no solamente humano.
Es algo completamente distinto el matrimonio cristiano que la institución
natural del matrimonio. Los esposos cristianos están comprometidos en una
empresa divina, aunque aparentemente todo siga siendo humano, natural, en su
unión. En ningún otro caso se observa con mayor fuerza esta ley de lo
sobrenatural, de estar lo divino en
lo humano; lo divino obra y se manifiesta en las acciones humanas, aparentemente
vuelvo a repetir- completamente humanas, incluso las conformes con las leyes de
la psicología y hasta con las leyes de la naturaleza física del hombre.
Un inciso: siempre lo sobrenatural se apoyará en lo estrictamente humano. Pero
si deja de ser humano ya se ha derruido el cimiento de lo sobrenatural. La falta
de amor, su mediocridad, es mediocridad o pérdida de la gracia; el acto conyugal
no natural, no es humano -no lo mueve el amor- y no es santo, sino todo lo
contrario, destruye la santidad del matrimonio.
Ninguna actividad del hombre es más espontáneamente natural, ni deriva más
inmediatamente de la naturaleza, que el amor de los esposos y la comunidad de
vida que de él se deriva: eso es lo que Dios transforma por el sacramento. Todas
esas acciones simples y cotidianas son santificadas por el sacramento del
matrimonio; y el
hombre y la mujer se hacen santos en ellas.
No sólo Dios bendice su unión, sino que se introduce en su unión.
El amor se hace medio de salvación. Como el destino de la mayor parte de los
hombres está en centrar su vida sobre el amor, el amor humano, con su aspecto
afectivo y carnal, la Iglesia sabe que su salvación y su santidad exigen que
busquen este amor en el matrimonio.
Así se expresa Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica sobre San José, n.19.
El amor de Dios que ha sido derramado en el corazón humano, configura de modo
perfecto el amor humano. Este amor de Dios forma también -y de modo muy
singular- el amor esponsal de los cónyuges, profundizando en él todo lo que
tiene de humanamente digno
y bello, lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza de las
personas y de la comunión auténtica a ejemplo del Misterio trinitario.
Fundado sobre lo humano. Si el amor está llamado a dominar la vida, a darle su
sentido; si el amor es lo más importante de la vida, si es en torno al amor como
se organiza la vida, nada más grave que el amor; nada más pernicioso que los
desórdenes del amor, pues el amor desordenado no es amor, es egoísmo asfixiante.
Nada para combatir el egoísmo, como fomentar el amor, alimentar el amor,
custodiar el amor. En esa medida se fomentará, alimentará, custodiará, la gracia
acramental.