Presentación de las pinturas del ábside
de la Catedral de la Almudena de Madrid

En el presbiterio de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid están representados siete de los misterios más importantes de nuestra salvación: el Bautismo de Jesús, la Transfiguración, la Muerte, la Resurrección, la Ascensión al cielo y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Al centro de la composición, presidiendo toda la catedral, la imagen de Jesús Pantocrátor, en su Segunda Venida, cuando vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.
Las pinturas murales en su conjunto forman así
una “corona mistérica” dado que representan aquellos misterios que desde lo alto
de cada paño del presbiterio poligonal anuncian lo que se celebra y se realiza
en el altar: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven señor
Jesús”, decimos en cada Eucaristía después de la consagración.
Sobre las pinturas, como joyas que embellecen y adornan dicha “corona” hay
dispuestas siete vidrieras dedicadas a la Palabra o Verbo de Dios, con su nombre
en diferentes lenguas: latín, griego, hebraico, siríaco, cirílico y español. Al
centro de todas ellas, el nombre que resume a la Iglesia, el nombre de MARIA.
Bajo la imagen del Pantocrátor, situada en la capilla axial del ábside, ilumina toda la nave central otra vidriera. En ella está representado Cristo resucitando de la muerte con la bandera de la victoria en la mano izquierda y con la mano derecha levantada mostrando sus llagas gloriosas. A los pies de Cristo aparece la tumba vacía con las vendas y el sudario y en la parte más baja, a la izquierda, el esbozo de un soldado con su escudo y su espada caídos por tierra como símbolo del triunfo de la Vida sobre la guerra y la muerte. Este mismo Cristo resucitado como nuevo Adán llamó a la Magdalena, en el jardín del sepulcro, con el nombre de MARIA; es el nombre de la madre de Jesús. A ella está dedicada la Catedral de Madrid y su nombre desde lo alto del presbiterio protegerá a todos y cuantos entren en ella. Así, las vidrieras, llenas de colores vivos radiantes y armónicos, en estructuras abstractas que recuerdan al pintor Mondrian, envuelven, adornan y embellecen los diferentes nombres descritos.
En cuanto a la técnica empleada, las pinturas están realizadas sobre muro preparado con estuco romano, utilizando distintos pigmentos minerales aglutinados con aceite de lino y diluidos con esencia de trementina. Los óxidos así diluidos penetran en el estuco haciéndose un cuerpo con el. En la medida que la cal y la marmolina van recibiendo el color y este va penetrando en el estuco, la pintura mural adopta una textura mate y aterciopelada de gran duración y efecto cromático. Los fondos están hechos con pan de oro. Por su parte, las vidrieras, realizadas en la isla de Murano (Venecia), están hechas sin plomos, con una nueva técnica donde los cristales soplados van engarzados en aluminio negro. La figura del Cristo resucitado ha sido grabada sobre cristal placado a fuego con ácido fluorhídrico.
Modernidad y tradición; nueva estética y representación no sentimental, sino teológica de nuestra fe. La composición y los contenidos estructurales de la iconografía representada siguen la más antigua tradición, sea de la Iglesia de Oriente como de Occidente; aquella anterior al siglo XV, en un momento en el que las Iglesias aún no estaban separadas ni por la fe, ni por la teología, ni por la estética.
Sólo la belleza que es Cristo salva el mundo. Dicha belleza se hace presente en la Iglesia que es su cuerpo, sobre todo a través de la comunidad cristiana.¡Mirad como se aman! Gritó el mundo pagano al ver las comunidades cristianas primitivas, en las que la belleza del amor crucificado fue la luz que convirtió al imperio romano. Hoy hemos de devolver a la Iglesia esta belleza, y para ello es necesario volver a evangelizar en las parroquias a través de un camino de iniciación cristiana.
En el libro abierto que sostiene el Pantocrátor situado en el centro del ábside de la catedral está escrito: “AMAD A VUESTROS ENEMIGOS ¡VENGO PRONTO!”. La representación de la fe cristiana en el arte, tiene siempre que ser un reflejo del alma, un anuncio celeste. En estas pinturas, el fondo de oro y la perspectiva invertida que coloca el punto de fuga no en el interior de la pintura, como en el Renacimiento, sino fuera de ella, en el espectador, como es propio de la iconografía Oriental, hacen de estas imágenes, un anuncio kerigmático, una buena noticia que se actualiza en el momento en el cual se contempla, de modo análogo a como actúan los sacramentos, que hacen presente el acto salvífico de Cristo proponiéndolo como salvación en el hoy y en el ahora.
En estas pinturas hemos seguido el Canon ortodoxo
de los grandes misterios cristianos, ya sea en la composición como en los
colores. Siguiendo, sobre todo, siguiendo las huellas del gran Rublev, hemos
buscado una expresión moderna incorporando los descubrimientos del arte
occidental contemporáneo, desde el impresionismo en adelante: Matisse, Braque,
Picasso, etc., en el intento también de abrir un puente a través del arte entre
las Iglesias Católica y Ortodoxa.
Valientes para buscar caminos y andaduras de amor a Dios y al hombre, sin
miedos, en la esperanza de que Él está con nosotros “hasta el fin del mundo”,
caminamos.
Rezad por mí.
Kiko Arguello
Biografía de Kiko Argüello
Francisco Argüello nace en León el día 9 de Enero de 1939. Estudia Bellas Artes
en la Academia de S. Fernando de Madrid recibiendo el título de profesor de
pintura y diseño. En 1959 consigue el Premio Nacional Extraordinario de Pintura.
Después de una profunda crisis existencial, se produce en él una seria
conversión que le lleva a dedicar su vida a Cristo Jesús y a la Iglesia.
En 1960, juntamente con el escultor Coomontes y el vidrierista Muñoz de Pablos,
funda el grupo de investigación y desarrollo del Arte Sacro “Gremio 62”. Con
este grupo hace exposiciones en Madrid (Biblioteca Nacional), y representa a
España, nombrado por el Ministerio de Relaciones Culturales, en la Exposición
Universal de Arte Sacro en Royan (Francia) en 1960. Por esas mismas fechas Kiko
expone algunas de sus obras en Holanda (Galería “Nouvelles images”). Una beca de
estudio para buscar puntos de coincidencia entre el arte protestante y el arte
católico, de cara al Concilio Vaticano II.
Convencido de que Cristo está presente en el sufrimiento de los últimos de la
tierra y siguiendo la huella del P.Charles de Foucauld, en 1964 abandona su
estudio de pintor y la pintura come carrera, para ir a vivir entre los más
pobres, marchándose a una barraca de tablas de Palomeras Altas, en la periferia
de Madrid.
Más tarde, Kiko conoce a Carmen Hernández, licenciada en Químicas y en Teología.
Gracias al liturgista P. Farnés Schroder entran en contacto con el corazón de la
renovación litúrgica del Concilio Vaticano II y con la centralidad del misterio
pascual. Impulsados por el ambiente de los pobres se vieron forzados a encontrar
una forma de predicación que dio lugar a la formación de una pequeña comunidad
cristiana. Nace así la primera comunidad entre los pobres (gitanos, analfabetos,
vagabundos, quinquis, ex-presidiarios, prostitutas, etc.) en la que se hace
visible el amor de Cristo crucificado. En contacto con las parroquias de
ambientes culturales diversos se perfila, poco a poco, un camino de iniciación
cristiana para adultos que descubre y recupera la riqueza del Bautismo. Después
de treinta años de trabajo en más de cien naciones, este Neocatecumenado ha sido
reconocido por el Santo Padre Juan Pablo II como “un itinerario de formación
católica, válido para la sociedad y para el tiempo actual” (Juan Pablo II,
Estatuto del Camino Neocatecumenal, 29 de junio 2002, art.1). Kiko Argüello,
Carmen Hernández y el sacerdote italiano P. Mario Pezzi son hoy los responsables
a nivel mundial del Camino Neocatecumenal, presente en 101 naciones de los 5
continentes, en 820 diócesis, y casi 5.000 parroquias, con cerca de 20.000
comunidades. La renovación pastoral que poco a poco se ha ido llevando a las
parroquias a través del Camino Neocatecumenal, ha obligado también a redescubrir
y desarrollar cauces de renovación estética (pintura, arquitectura, vidrieras,
música, signos y ornamentos litúrgicos...) capaz de expresar y revivir los
contenidos de la fe cristiana en el hombre moderno. En Roma Kiko ha pintado
grandes murales en la cripta de la iglesia de los Mártires Canadienses; en la
iglesia de Santa Francesca Cabrini ( “Ascensión del Señor”); en la cripta (
“Santísima Trinidad”) y en la Iglesia de San Luis Gonzaga (“Aparición de Cristo
Resucitado a Sto. Tomás”). En Porto San Giorgio, cerca del Santuario de Loreto,
se ha edificado el “Centro Internacional para la Nueva Evangelización”, según un
proyecto de Kiko Argüello. También ha realizado en vidrieras una gran
crucifixión y una representación abstracta de la creación. También cabe reseñar
los múltiples trabajos con vidrieras en los Seminarios “Redemptoris Mater” de
Newark y Denver (EE.UU.), Roma y Macerata (Italia), en el Centro Neocatecumenal
diocesano de Madrid, etc.
En Florencia, ha pintado una “corona mistérica” alrededor del altar de la
iglesia de San Bartolome in Tuto y ha diseñado, junto con el arquitecto italiano
Alberto Durante, un "Catecumenium" (estructura y disposición de salas para las
celebraciones de las comunidades y otras tareas pastorales).
En Piacenza, en la parroquia de la Santísima Trinidad, ha realizado una de las
pinturas murales más grandes del mundo (500 metros cuadrados). A modo de gran
fresco en la cabecera de la iglesia representa la Gloria de Cristo Resucitado
sobre un fondo dorado. Fue inaugurada con la presencia del Obispo, de un
representante de la Iglesia ortodoxa de Moscú y de tres Patriarcas orientales.
También en Madrid Kiko ha proyectado la arquitectura de diversos “Catecumenium”
y pintado diferentes temas en las parroquias de El Tránsito (“La dormición de la
Virgen”), de San José (“La transfiguración”), de La Paloma (ha diseñado y
pintado la capilla dedicada a “Pentecostés”) y en Santa Catalina Labouré (donde
ha proyectado la arquitectura de la iglesia conjuntamente con el arquitecto
alemán Gottfried Klaiber) ha pintado una gran corona mistérica sobre fondo de
oro que decora todo el templo. Asimismo en la parroquia de San Frontis de Zamora
ha pintado un mural curvo con el Nacimiento de Jesús, el Bautismo y la
Resurrección.
En Finlandia, en la ciudad de Oulu, ha proyectado con el arquitecto suizo
Gabriele Geronzi la primera parroquia en una zona donde nunca había llegado
antes la presencia de la Iglesia Católica.
También en Israel proyectó, junto con un equipo de arquitectos (Antonio Ábalos y
Guillermo Soler, españoles; Mattia Del Prete, italiano y el mencionado Gottfried
Klaiber), el edificio de la Domus Galilaeae (centro de formación bíblica y de
acogida de peregrinos a Tierra Santa), donde recientemente ha finalizado la
pintura sobre el “Juicio Final” que decora la iglesia de este nuevo edificio.
Cabe mencionar asimismo los proyectos arquitectónicos que (con el mencionado
grupo de colaboradores) ha elaborado para la edificación de los Seminarios
Misioneros Diocesanos “Redemptoris Mater” de Santo Domingo, Nicaragua, Medellín,
Macerata y Denver, entre otros.
La Santa Sede encargó a Kiko pintar un icono dedicado a la “Sagrada Familia de
Nazareth” para que presidiese las diversas celebraciones de las Jornadas
Mundiales de la Familia. E igualmente, la Santa Sede le encomendó un icono de la
“Virgen María” para el jubileo del año 2000.
CATEQUESIS SOBRE LOS ICONOS
BAUTISMO
“En aquellos días Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en
el Jordán. Y en seguida, mientras subía del agua, vio que los cielos se abrían y
que el Espíritu descendía sobre él como paloma. Y vino una voz desde el cielo:
"Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco." Marco 1, 10-11
Jesús –escondido desde su nacimiento entre los hombres, como preveía la
tradición judía en referencia a la venida del Mesías- en el bautismo, reconocido
por Juan, se revela públicamente por primera vez ante el pueblo.
En un himno de la fiesta ortodoxa del Bautismo Jesús dice a Juan: “Profeta ven a
bautizarme... tengo prisa por hacer morir al enemigo escondido en las aguas, el
príncipe de las tinieblas, para liberar el mundo de sus redes donándoles la vida
eterna”; por eso Jesús entra en el Jordán, imagen de su sepultura. De hecho las
aguas no santificadas, que recuerdan la muerte del diluvio, son llamadas
“sepulcro fluido”.Jesús, entrando en el Jordán, imagen de su sepultura, ya vive
su pasión y su “bautismo” en la cruz. San Juan Crisóstomo comenta: “La inmersión
y la emersión son imagen del descenso a los infiernos y de la Resurrección”.
Cristo con su mano derecha bendice las aguas trasformándolas de aguas de muerte
en aguas de vida, para que todo hombre bautizado en ellas en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo pueda ser reengendrado a la vida nueva.
La paloma aleteaba sobre las aguas como el Espíritu de Dios aleteaba sobre las
aguas del caos primordial, símbolo de la muerte; también la paloma sale del arca
buscando una tierra donde descansar después del diluvio: esa nueva tierra es
Jesús, “el cordero de Dios” que viene a hacer la voluntad del Padre.
El árbol con el hacha es imagen del ministerio profético por el cual el Bautista
anuncia la llamada a conversión, es el cumplimiento de la palabra evangélica:
“Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no de buen
fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3, 10).
Los Ángeles son como diáconos en el servicio litúrgico del Bautismo, prontos
para secar y revestir al bautizado. Por eso tienen en sus manos el vestido de
Cristo.
“Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y
les hizo subir aparte a un monte alto. Y fue transfigurado delante de ellos. Su
cara resplandeció como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y
he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces intervino
Pedro y dijo a Jesús: --Señor, bueno es que nosotros estemos aquí. Si quieres,
yo levantaré aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para
Elías. Mientras él aún hablaba, de pronto una nube brillante les hizo sombra, y
he aquí salió una voz de la nube diciendo: "Este es mi Hijo amado, en quien
tengo complacencia. A él oíd." Mateo 17,1-5
Cristo aparece en el esplendor de su gloria divina, simbolizada por el candor de
sus vestidos. Jesús muestra en sí la naturaleza humana revestida de la belleza
original.
Elías y Moisés, con las tablas de la Ley en las manos, respectivamente a la
derecha y a la izquierda de Cristo, son los profetas que anuncian la venida del
Mesías. Cristo, en el centro de los círculos concéntricos que representan las
esferas del universo creado, habla con ellos de su pasión gloriosa.
El icono representa el momento en que Dios hace escuchar su voz desde la nube.
La voz del Padre revela la verdad divina y turba a los apóstoles todavía
completamente humanos. Hay un contraste entre la paz que circunda a Cristo,
Moisés y Elías y el movimiento de los apóstoles en la parte inferior, que caen
de la escarpada cima del monte. Pedro, a la derecha, está arrodillado; Juan, al
centro, cae dándole la espalda a la luz; Santiago, a la izquierda, huye y cae
hacia atrás.
Pedro maravillado por la visión, quería “establecer las tiendas” e instalarse en
la Parusía, en el Reino, antes que la historia de la economía de la salvación
llegase a cumplimiento. Pedro no recibe respuesta porque sólo a través de la
cruz viene la Resurrección y el Reino.
Cristo se revela a los apóstoles en el esplendor de la gloria divina, para que
no se escandalicen de su pasión ya cercana y comprendan que ésta es voluntaria.
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María esposa
de Cleofás y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre y al discípulo a quien
amaba, de pie junto a ella, dijo a su madre: --Mujer, he ahí tu hijo. Después
dijo al discípulo: --He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la
recibió en su casa.” Juan, 19, 25-27
María y Juan están al pie de la cruz. Esta pintura capta el momento en que
Cristo, antes de morir, encomienda a Maria el discípulo y su Madre al discípulo.
María tiende sus manos en signo de acogida: en la persona de Juan ella recibe a
todo cristiano. Su seno, que ha llevado al Hijo de Dios, ahora nos lleva a todos
nosotros. Es nuestra Madre. Su cabeza inclinada y sus ojos entreabiertos parecen
repetir: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,
38). Los Padres señalan a María como la primera mártir, ya que participa
completamente de la pasión de su Hijo. De hecho, según la profecía de Simeón,
una espada le atravesará el alma. Ella entrega al Santo para recibir al pecador.
La cruz es el árbol de la vida plantado sobre el Calvario. El Hijo de Dios se
presenta al Padre como Hijo del Hombre: “Ecce homo” (Jn 19, 5). La divinidad se
eclipsa. El Dios-hombre se identifica con el primer Adán, pero el “Nuevo Adán”
será obediente hasta la muerte.
El pie de la cruz está sobre una caverna negra donde reposa la cabeza de Adán.
¿No es acaso el Gólgota el “lugar del cráneo”? En el progenitor toda la
humanidad es bañada en la sangre de Cristo.
En la cruz, Cristo cumple la palabra del Evangelio: “Las zorras tienen guarida y
las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la
cabeza” (Mt 8, 20). Él reclinará la cabeza en la cruz, en la voluntad del Padre.
Sus brazos abiertos son signo de la total donación.
El segundo plano arquitectónico muestra las murallas de Jerusalén. Jesús es el
hombre de los dolores sobre cuya cabeza recaen todos los pecados del pueblo. Él
ha sufrido fuera de las murallas de la ciudad llevando consigo la gloria del
Templo; Él ofrece el verdadero culto a Dios en el nuevo templo que es su cuerpo
crucificado por amor.
CRISTO PANTOCRÁTOR
“Entonces
aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; y entonces se golpearán el
pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del Hombre venir sobre las
nubes del cielo con gran poder y gloria. Él enviará a sus Ángeles con sonora
trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de
los cielos hasta el otro” (Mt 24, 30-31).
En el centro de la composición está el Cristo Pantocrátor, es decir, el
Todopoderoso, que viene al final de los tiempos en la gloria de su divinidad a
juzgar la tierra. El Pantócrator expresa la espera escatológica de la Asamblea
cristiana, que experimenta, durante la celebración Eucarística, la presencia
viva de Cristo. Esta experiencia la confirma en la fe y enciende en ella el
deseo de la venida final del Señor, que establece la victoria definitiva sobre
el mal y sobre la muerte. Por eso la Iglesia, con un grito lleno de esperanza
exclama: “¡Ven, Señor Jesús!”. En las manos y en los pies se ven las llagas de
la crucifixión y de la humillación que sufrió por amor a nosotros. Él es el Hijo
del Hombre anunciado por las Escrituras, que despreciado y escarnecido en su
primera venida al mundo, viene ahora en su segunda venida como juez justo para
juzgar a los vivos y a los muertos. La posición central de la imagen pone de
manifiesto también que la historia está orientada hacia su punto conclusivo: el
encuentro con Cristo que viene. Nuestro mundo tiende hacia un fin, no de derrota
y vacío, sino de plenitud de vida en Dios.:
En su mano izquierda tiene el Libro de la Vida, en el cual se lee “Amad a
vuestros enemigos” (Mt 5, 44), estas palabras son el corazón de la Nueva Alianza
y la imagen del hombre nuevo. De hecho Jesús es al mismo tiempo la imagen de
Dios y del hombre. En Él, vencedor de la muerte y Señor de todo lo que esclaviza
al hombre, estas palabras son ahora posibles en nuestra vida, y por ellas
seremos juzgados. En la página de la derecha del Libro de la Vida se lee: “Vengo
pronto” (Ap 22, 20). Son palabras de exhortación, una invitación a la
perseverancia para mantener segura nuestra fe.
Su cuerpo está inscrito en tres esferas cósmicas. La primera esfera es gris-azul
y representa la tierra. La segunda esfera es negra y representa la muerte que
circunda la tierra. La tercera esfera es azul zafiro y representa el cielo. En
el centro la figura de Cristo destruye el cerco de la muerte y une el cielo con
la tierra. Los cuatro ángulos rojos laterales son imagen de los evangelistas que
anuncian y preparan la segunda venida de Cristo al mundo.
En el Cristo Pantocrátor converge todo el ciclo pictórico. Es el centro de los
siete cuadros que forman como una corona mistérica. A la izquierda están las
pinturas que representan la vida terrenal de Cristo: el Bautismo, la
Transfiguración y la Crucifixión. A la derecha las pinturas que representan la
vida celestial que se inicia ya con el Sábado Santo: la Tumba vacía, la
Ascensión al cielo y Pentecostés.
Su figura capta ante todo la mirada de quien entra en la Catedral. Parece
desprenderse del fondo de oro y venir a nuestro encuentro, haciéndonos
partícipes de su transfiguración final y victoriosa, como expresan las
vestiduras blancas, signo de su divinidad. También los cristianos, que en el
Bautismo han vencido al príncipe de este mundo, es decir, al diablo, son
revestidos de la naturaleza de Dios y llevan túnicas cándidas al salir de la
piscina bautismal: “El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no
borraré su nombre del Libro de la Vida, sino que me declararé por él delante de
mi Padre y de sus Ángeles”
(Ap 3, 5).
RESURRECCIÓN
“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María madre de Jacobo, y Salomé
compraron especias aromáticas para ir a ungirle. Muy de mañana, el primer día de
la semana, fueron al sepulcro apenas salido el sol, y decían una a otra:
--¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron,
vieron que la piedra ya había sido removida, a pesar de que era muy grande. Y
cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho,
vestido de una larga ropa blanca, y se asustaron. Pero él les dijo: --No os
asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, quien fue crucificado. ¡Ha resucitado! No
está aquí. He aquí el lugar donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos,
y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis, como os
dijo”. (Marcos 16,1-7)
Está alboreando. Las mujeres van al sepulcro. Tienen en las manos óleos
aromáticos y mirra para embalsamar el cuerpo de Jesús. Sus vestidos tienen
colores crepusculares: las sombras de la noche están cediendo a la aurora. En el
lado opuesto, un Ángel con vestiduras doradas; en él se trasluce la luz del día
sin ocaso que Cristo ha inaugurado. El mensajero celestial está sentado sobre la
piedra que cerraba el sepulcro y que ha sido retirada.
En el centro, la tumba está vacía. La Vida ya no está allí. Como en la
Anunciación un Ángel lleva la Buena Noticia: “¿Por qué buscáis entre los muertos
al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5). Las mujeres reciben y
custodian en la fe este anuncio. El Ángel indica la tumba y las vendas
mortuorias. Notamos aquí las analogías con la Natividad: la gruta oscura, el
pesebre-sepulcro y las vendas. Estas envolvieron el cuerpo mortal del Rey y
fueron desatadas por la Resurrección.
El misterio de la Encarnación ha llegado a su cumplimiento. Se abre una nueva
era: “Así que, en adelante, ya no conoceremos a nadie según la carne. Y si
conocimos a Cristo según la carne, ya no le conoceremos así. Por lo tanto, el
que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2Co 5,
16-17).
ASCENSIÓN
“Después de
decir esto, y mientras ellos le veían, él fue elevado; y una nube le recibió
ocultándole de sus ojos. Y como ellos estaban fijando la vista en el cielo
mientras él se iba, he aquí dos hombres vestidos de blanco se presentaron junto
a ellos, y les dijeron: --Hombres galileos, ¿por qué os quedáis de pie mirando
al cielo? Este Jesús, quien fue tomado de vosotros arriba al cielo, vendrá de la
misma manera como le habéis visto ir al cielo.” (Actas 1, 9-11)
El Señor con su descenso a los infiernos ha aniquilado al adversario y con su
Ascensión ha exaltado al hombre. El icono anuncia la victoria sobre la muerte,
sobre el infierno y la finalidad de la salvación: nuestra humanidad es
introducida definitivamente en la existencia celestial a través de la humanidad
de Cristo. Jesús, cumplida su misión regresa al Padre para que el Espíritu Santo
descienda en persona sobre nosotros.
Cristo, en un círculo de esferas cósmicas, desde donde se irradia su gloria,
extiende su derecha como un gesto de bendición y de envío. En la izquierda,
Cristo tiene el rollo de las Escrituras que contienen el anuncio de la Buena
Noticia. La obra de salvación está realizada. Ahora debe ser acogida libremente
por cada hombre. Es el envío a evangelizar: “Id, pues, y haced discípulos a
todas la gentes bautizándolas…y he aquí que Yo estoy con vosotros todos los día
hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La alegría de los apóstoles explota, a
pesar de la despedida de Cristo, porque la promesa permanece.
Los apóstoles divididos en dos grupos iguales, forman un círculo y muestran a la
Iglesia inscrita en el signo sagrado de la eternidad y del amor entre el Padre y
el Hijo. En el grupo de los apóstoles, a la derecha de la Virgen está San Pedro,
a la izquierda San Pablo, que ciertamente no fue testigo de la Ascensión pero
que aún así pertenece al núcleo apostólico.
La Virgen, imagen de la Iglesia, está representada entre dos Ángeles por debajo
de Cristo que es su cabeza. El extremo de los brazos alzados de los Ángeles y
los pies de la Virgen forman los tres puntos de un triángulo, símbolo de la
Santísima Trinidad, de la cual la Iglesia es la impronta.
El icono, invirtiendo la dirección del movimiento de Cristo, representa el
regreso del Señor: la Parusía. “Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús,
vendrá así tal y como le habéis visto subir al cielo” (Hch 1, 11). Es lo que
anuncian los dos Ángeles en medio de los apóstoles.
PENTECOSTÉS
“Al llegar el
día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.2 Y de repente vino
un estruendo del cielo, como si soplara un viento violento, y llenó toda la casa
donde estaban sentados. Entonces aparecieron, repartidas entre ellos, lenguas
como de fuego, y se asentaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del
Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, como el Espíritu les
daba que hablasen”. (Actas 2,1-4)
Pentecostés es el envío del Espíritu Santo de parte del Padre, cincuenta días
después de la Pascua. El icono muestra el colegio de los doce apóstoles, signo
de las doce tribus de Israel. A la derecha de la Virgen está San Pedro y a la
izquierda San Pablo que, por la magnitud e importancia de su obra de
evangelización, es siempre incluido por la tradición entre los apóstoles. Cada
apóstol tiene en su mano un rollo, símbolo de la predicación de la Buena
Noticia. En la tradición occidental iconográfica, la Virgen aparece en el centro
de los apóstoles. Su presencia recuerda las palabras de los Hechos: “Todos ellos
perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas
mujeres y de María la madre de Jesús” (Hch 1, 14). No era, de hecho, posible que
Aquella que había recibido el Espíritu Santo en el momento de la concepción, no
estuviese presente cuando el Espíritu Santo bajó sobre los apóstoles.
Pentecostés transforma al hombre de pecador en santo: los apóstoles, que habían
abandonado Jesús en la hora de la pasión y todavía estaban llenos de miedo a
pesar de las apariciones de Jesús resucitado, reciben un nuevo espiritu que los
trasforma en testigos. Los apóstoles sentados forman un arco. Todos están en el
mismo plano y son del mismo tamaño, es la armonía de la unidad, don del Espíritu
Santo. El icono subraya el relato de los Hechos. Cada apóstol recibe
“personalmente” una lengua de fuego. El Espíritu Santo se da en modo único y
personal a cada uno.
Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia, comunión entre los hombres. El
Espíritu Santo hace aparecer sobre la tierra la revelación de la comunión
celestial de las tres personas divinas.
El milagro de las lenguas en el primer discurso de San Pedro lo atestigua. Las
lenguas, que en un tiempo habían sido confundidas, como recuerda el episodio de
la torre de Babel, ahora se unen en el conocimiento misterioso de la Trinidad.
La comunión alcanza tal intensidad que no se trata ya de un conocimiento a
través de la lengua, sino de un hablar de espíritu a espíritu.
El personaje vestido de rey, en la parte inferior del icono, es el cosmos. Está
rodeado de un arco negro, signo de que el universo está prisionero del príncipe
de este mundo y de la muerte. El cosmos tiene en sus manos un paño con doce
rollos, símbolo de la predicación de los doce apóstoles y de la Iglesia. En el
icono hay dos niveles: arriba, está ya la “nueva creación”, realizada por el
Espíritu Santo y a la cual aspira la humanidad; abajo, el Espíritu Santo entra
en acción con la evangelización para liberar y transformar el cosmos prisionero
de la muerte.
¡Gracias, Kiko! de Vittorio Messori
No soy ni un historiador del arte, ni, por supuesto, un experto en iconos. Pero
de lo que sí puedo hablar es de lo que he experimentado cuando, anónimo, (y me
perdonará el cura, don Antonio Tagliaferri), confundido entre muchos otros, he
visitado la Iglesia de la Santísima Trinidad, atraído por el gran ciclo
pictórico.
Eran años en los que estaba embargado por una sutil tristeza, como una velada
nostalgia. ¿Por qué - me preguntaba cuando, por gracia, me encontraba casi de
improviso creyente y cristiano-católico en particular - por qué la arquitectura,
la escultura, la pintura aplicada a lo Sagrado, solo logra expresar hoy cosas en
gran parte mediocres, cuándo no miserables? ¿Dónde está hoy aquella inspiración
que durante siglos ha llevado a crear testimonios capaces de implicar la mente y
el corazón en una profunda emoción que en la Belleza lleva, silenciosamente, a
contemplar también la Verdad?
Siempre me he contestado que en la base de todo debía haber una crisis de fe:
aquella mirada racionalista que sabe analizar la realidad, seccionándola hasta
en sus partículas más profundas, pero de la que desaparece el Misterio que la
penetra y circunda. Así que, para decirlo con Miguel Ángel que ciertamente lo
entendió muy bien: "No basta con ser un maestro lleno de ciencia e intuición
para crear la imagen venerable de nuestro Señor: creo que es necesario que el
artista lleve una vida cristiana y hasta santa, para que el soplo del Espíritu
lo alcance".
No me asombra pues que Kiko Argüello, pintor de fama ya antes de su conversión y
siempre después investigador apasionado de Dios, haya ido a buscar la
inspiración allí donde la fidelidad a la Tradición ha mantenido altísimo el
concepto y la práctica del arte sacro. En nuestro Occidente, en la Iglesia
latina, los iconos han desaparecido, como presencia viva en el culto, desde el
siglo XIV: El mundo ortodoxo, en cambio, continúa hasta el presente en el
esfuerzo (que es al mismo tiempo artístico, ascético, teológico y espiritual) de
producir esta pintura "apofatica", es decir que expresa en el símbolo, lo
inexpresable, confiriéndole así un carácter sacramental que la hace participar
de la comunión con Dios. Por esto, los iconos pueden ser considerados "como
centros materiales en los que descansa una energía y una virtud divina que se
unen en el arte humano" (V. Lossky) dando así vida a un arte sagrado en el pleno
sentido del término.
Pero Kiko Argüello no es sólo un pintor: es un hombre a quien el Espíritu Santo
ha concedido el carisma de reconducir en el seno de la Trinidad a una multitud
de hermanos extraviados y trastornados, a través de aquel Camino que les
convierte en humildes catecúmenos, capaces de asombrarse de nuevo escuchando la
Buena Noticia, deseosos de adherirse a Cristo en el agua bautismal y de recibir
en Pentecostés la plenitud del Espíritu. Así, capaz de comprender bien el valor
de la Tradición oriental, de la que ha respetado y asumido todos sus esquemas,
Kiko ha sabido, sin embargo, actualizarla valientemente, expresarla y realizarla
en un estilo que, en mi opinión, es la síntesis de su búsqueda pictórica y de su
búsqueda espiritual.
El ciclo de Piacenza es ciertamente de gran relevancia artística y religiosa, y
precisamente por ello no carece de importancia que sea también fruto de un
trabajo colectivo con un grupo de pintores, sus compañeros de aventura, del
Camino Neocatecumenal. Se dice que han trabajado y rezado mucho, que han vivido
todo este tiempo en sencillez y austeridad. Nos recuerda aquellas cofradías que
dieron lugar a las grandes catedrales medievales, llenas de ciencia pero también
de Sabiduría, que es fruto del Espíritu. Iconos, pues, en una iglesia católica:
todo el ciclo de los Misterios de la fe y de la salvación, de la Anunciación
hasta la Dormición de Maria.
Iconos presentes delante del altar dónde se celebra la eucaristía y los demás
sacramentos que vuelven a actualizar hoy para nosotros aquellos mismos
Misterios. Un ecumenismo, pues, más en los hechos que en las palabras. Un deseo
de que los iconos anuncien, en efecto, el Kerygma en su esencialidad, antes y
por encima de cada división, de cada, incluso necesaria, confrontación
teológica. A través de ellas, se abre de nuevo el Cielo y manifiesta su Misterio
de amor, como hace dos mil años en Palestina, para todos los cristianos, sin
excepciones ni laceraciones. Y, si lo queremos, nos envuelve, nos introduce en
el corazón de este Misterio, en el hogar de la Sagrada Familia, para enseñarnos
el secreto de la fe y de la espera en aquel Cristo que de nuevo vendrá y que en
el universo, hará nuevas todas las cosas.
Gracias, Kiko y compañeros, por habernos recordado (más bien, hecho tangible)
todo esto con la intuición del arte y el sentido de la fe.
Vittorio Messori (1)
Vittorio Messori es un afamado periodista católico italiano, famoso sobre todo por haber escrito el libro-entrevista con el Papa Juan Pablo II “Cruzando el Umbral de la Esperanza”.