kiko en el encuentro en Viena con 5 cardenales y 120 obispos de Europa

Santo Padre, queridos padres sinodales,
pienso que es casi imposible que se pueda comprender en una relación tan breve como ésta, qué es el Camino Neocatecumenal, yo lo voy a intentar y para ello (salvando la distancia se comprende) me voy a remitir a aquello que hacían los apóstoles en la Iglesia primitiva.
Estos transformados en Pentecostés por la presencia del Espíritu Santo recorrían las sinagogas en pequeños equipos de tipo itinerante, anunciando el KERYGMA, esto es, el núcleo central, la Palabra de la salvación, llamando a conversión:
Este que vosotros habéis crucificado por ignorancia, pidiendo que se hiciera gracia de un asesino, Dios lo ha resucitado de la muerte y le ha dado el Nombre que está sobre todo nombre, el nombre de Señor, de KYRIOS. Y nosotros somos testigos de ello. ¡Convertíos y creed a la Buena Nueva y el Señor os enviará desde el Cielo la promesa, esto es el Espíritu Santo que os estaba destinado!
Esta predicación hecha con fuerza ponía al que lo escuchaba frente a un acontecimiento: Jesús es el Señor, sólo en Él tenemos salvación, El ha sido resucitado de la muerte, ha vencido la muerte, para que podamos tener acceso a una vida nueva, ala Vida eterna. Los que sentían tocado el corazón por la acción del Espíritu Santo que acompañaba los apóstoles en su misión, y preguntaban:" ¿Qué tenemos que hacer?" S. Pedro respondía "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el Nombre de Jesús para el perdón de todos sus pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo prometido" (Hch. 2, 38).
Hacerse bautizar en la Iglesia primitiva, no era una cosa mágica ni mucho menos inmediata, sobretodo con los gentiles era entraren un camino de iniciación la fe (que más tarde se llamará catecumenado) en el que mediante catequesis, ritos de admisión, escrutinios, imposiciones de manos, exorcismos, signos como la sal, la vestidura blanca, etc., eran gestados a la nueva creación operada en el Bautismo por el Espíritu Santo.
Se les enseñaba a entrar en la historia de la salvación que Dios hace presente en cada generación, a creer en el Siervo sufriente de Yahvé, que retornará como el Hijo del Hombre, anunciado por el profeta Daniel, a juzgar a vivos y muertos; se les enseñaba a sumergirse en la Cruz de Jesús confesando sus propios pecados, esto es: aquellas actitudes y actos contrarios al amor que Dios había mostrado en su Hijo sobre la Cruz; el cual toma sobre si los pecados sin resistirse al mal, antes bien ama y se ofrece por los malvados, por sus enemigos.
"En verdad apenas habrá quien muera para un justo, más la prueba de que Dios nos ama, es que Cristo siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rnm. 5, 7 8). El amor al malvado, al enemigo, al que de alguna forma nos contesta o nos destruye, he aquí un amor nuevo que aparece sobre la tierra, un amor que da escándalo, porque el mundo cree que al pecador y al malvado no se les debe amar porque es como hacerse pecado con él; Hay que hacer justicia, luchar contra los malvados, quitarlos de la faz de la tierra. Mas la justicia de Dios se ha mostrado en Cristo Jesús como misericordia, que no quiere decir solamente compasión, sino que ya en Israel la palabra misericordia se dice "rahamim", que viene d e la raíz "rehem" que significa "matriz", lo que quiere decir reengendrar, nacer de nuevo, como dice Jesús a Nicodemo.
Este sumergirse en la muerte de Cristo era significado mediante la tríplica inmersión en el agua del Bautismo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en la fe que Dios desde el cielo les daba una nueva conciencia; que destruya el cuerpo del pecado que ha matado y mata al autor de la vida, porque se erige en Dios; para resucitar a una nueva vicia mediante el poder del Espíritu Santo. Eran enseñados a revestirse de la santidad de Dios, y para ello se les entregaba una vestidura blanca, signo de la vida divina que era en ellos. Se les enseñaba durante todo el proceso catecumenal a caminar en constante conversión, de modo que eran llamados los hombres del camino y al mismo cristianismo se le llamaba: "EL CAMINO" (Hch.9,2). Con el Bautismo entraban en la Iglesia, comunidad cristiana, cuerpo de Cristo resucitado que han vencido la muerte, lo cual les daba la capacidad gratuita de una nueva relación de amor, que se mostraba en signos que eran de salvación para todos: Amaos como yo os he amado; en este amor conocerán todos que sois discípulos míos" (Jn 13, 34) "Como yo os he amado". Cristo nos amó dejándose matar por nuestras maldades, sin oponer resistencia corno un cordero llevado al matadero. El Señor nos dice que ahora podemos amar al enemigo, que podemos poner la otra mejilla, que si alguno nos roba no se lo reclamemos, etc., que mostremos a todos que el amor de Cristo crucificado vive dentro de nosotros. Dice S Pablo: Somos como ovejas al matadero todos los días; llevamos siempre y por todas partes la forma de morir de Jesús, para que se vea en nuestro cuerpo que Cristo vive, de forma que cuando nosotros morimos el mundo recibe la vida (2 Cor. 4, 10). Después de todo esto, podemos así concluir que la formación a la fe en la Iglesia de los primeros siglos se desarrollaba en tres etapas funda mentales: una kerygmática: fuerte, testimoniante (dice el Evangelio que se debe hacer sin bolsa, sin alforja, sin sandalias, sin nada) que suscitaba la fe.
Una segunda parte más larga, catequética o didascálica, donde se aterrizaba este Kerygma en la historia personal de cada día enseñándoles a caminar en la Cruz gloriosa de Jesús: el camino de la vida.
Una tercera homilética, donde, una vez bautizados, se les exhortaba, se les empujaba, se les recordaba el camino realizado y se les animaba a seguir caminando en constante conversión, puesto que el catecumenado no agota la vida cristiana, sino que la ejemplifica. He aquí en una breve síntesis, en algunas pinceladas, lo que el Señor está haciendo con nosotros: Estamos anunciando el Kerygma por las parroquias de todo el mundo, por pequeños equipos itinerantes (siempre con un presbítero al centro) que, partiendo de su Iglesia local y sin tener donde reclinarla cabeza (los itinerantes venden todos sus bienes y dejan todo), dan su vida en este servicio, en este nuevo culto que es volver los corazones desviados al Dios vivo. (Rm. 1, 9).
Esta primera fase kerygmática la hacemos en las parroquias durante un periodo de dos meses, llamando con fuerza a convertirse a este Siervo sufriente, como el camino de la verdad, como la felicidad ofrecida al hombre en el Nombre de Jesús, esto es: la posibilidad de amar totalmente, de donarse totalmente. Todo hombre sabe por su razón que el amor es la verdad y se realiza corno persona donándose, esto es ayudando a los otros, olvidándose de sí mismo, trascendiendo su yo en el tu del otro. Si tanta gente se desvía y cae víctima de sectas, de ideologías es porque se le presenta un ideal, de donación, luchar contra las injusticias, o acabar con el sufrimiento. Nosotros pensarnos que hoy hay que volver a reproponer el cristianismo a todos, sea a los que están en la Iglesia, sea a los que están fuera de ella.
En el marco de esta predicación kerygmática y después de anunciar el perdón de los pecados, como en las parroquias la mayoría son bautizados, se les invita a sellar la conversión en el Sacramento de la penitencia, como un segundo Bautismo, a pasar sus pecados a Jesús en el Sacerdote confesándolos para que los destruya en su cuerpo muerto y resucitado y a recibir, mediante la absolución y la imposición de las manos el perdón de los pecados que viene de Dios y la fuerza del Espíritu Santo que nos devuelve la gracia bautismal y nos reintroduce en la nueva creación. Al final de la celebración en una sala contigua de la iglesia se hace un ágape para significar la alegría del retorno a Dios, de la fiesta como en el hijo pródigo. A este punto de la catequesis, comenzamos a ver ya los primeros milagros de la predicación: gente alejada del Sacramento de la penitencia durante años, vuelven a confesarse con alegría, recuperan una paz que hacía muchos años que no conocían, y sobre todo, se comienza a recuperar en algunos países el Sacramento de la reconciliación que había casi desaparecido.
Terminada la fase kerygmática con la entrega de la Biblia por el Obispo y con la formación de una comunidad de 40 50 hermanos después de una Eucaristía, se inicia el Camino, la segunda fase catequética. Lo primero que se hace es descubrir el lenguaje bíblico con el cual Dios se ha revelado a los hombres; este lenguaje es fundamentalmente histórico existencial, más que abstracto y conceptual. Y esto no se hace a través de conferencias, sino a través de celebraciones de la Palabra, presididas por el presbítero, en la convicción que en estas celebraciones aparece el Espíritu, que es el verdadero maestro que nos santifica y que nos va llevando poco a poco a la verdad Completa.
La experiencia nos ha demostrado que para enseñar a caminar en conversión es necesario un "convertidor", un "útero", esto es un seno donde poder ser gestados: y esto es la pequeña comunidad cristiana. En ella, siempre presidida por un presbítero, pueden ser iniciados al misterio de la Iglesia como cuerpo, bien trabado, compuesto de ligamentos y junturas, con sus ministerios y carismas: el presbítero, cabeza de la comunidad, el responsable diácono, los catequistas, los maestros de los niños, las viudas, las vírgenes, las familias, etc. Aparece una realidad sociológica muy semejante a la de la Iglesia que se lee en los Hechos de los apóstoles, lo que hace que esta Palabra se haga más próxima y real.
Por otro lado, la comunidad te ayuda porque no te permite camuflar tu realidad; después de dos o tres años, todos se conocen, se saben los defectos de todos, se experimenta lo difícil que es amar al otro cuando es fastidioso o molesto. El sermón de la montaña como programa de toda la catequización aparece como una palabra que nos denuncia constantemente y nos hace ver nuestra poca fe, la necesidad que tenemos de constante conversión, de ahí la necesidad de las celebraciones penitenciales que van jalonando todo el proceso neocatecumenal; en definitiva nos hace ver la necesidad constante que tenemos de la Iglesia, que como una madre nos alimenta constantemente dándonos la fe.
Durante este tiempo catequético recorremos las diferentes etapas de nuestro Bautismo, poniendo delante de nosotros la realidad que tenemos ya dentro, para que, mediante la adhesión libre a la gracia del Bautismo, ésta pueda crecer y desarrollarse. Por falta de tiempo no puedo explicar todas las etapas de estas fases: la catequesis sobre la cruz gloriosa, la renuncia a los ídolos del mundo, la iniciación a la oración, la traditio y la redditio del Credo, la entrega del Padrenuestro, etc.
En la tercera fase, los hermanos que han caminado durante largos años juntos han experimentado en su historia la misericordia y el amor de Dios en la dimensión de la Cruz. A la luz del sermón de la montaña se ve que somos nosotros los que quitamos el honor a Dios abofeteándole en la mejilla, haciéndonos nosotros dioses, y Él siempre nos ofrece la otra mejilla; somos nosotros los que hacemos causa a Dios porque no comprendemos el sufrimiento o un niño subnormal, y con ello nos justificamos para pecar; somos nosotros los que robamos lo que no es nuestro, utilizando la sexualidad como bien nos parece, etc. De forma que se comienza a entender el "logión" intercalado en el sermón de la montaña de Lucas cuando dice "Todo lo que queráis que os hagan a vosotros… hacedlo vosotros a ellos" que en el contexto significa: has experimentado este amor maravilloso, infinito, que tengo en tu historia, que carga con tus pecados, que te perdona mil y mil veces, ¿has visto que este amor es la verdad y la vida? Pues... vete y haz tú lo mismo: ama los que son malos contigo, para que seas hijo de tu Padre celestial, que es bueno con los malvados y perversos (Lc. 6, 35). Así aprenden a crecer en el amor que Dios les tiene y, madurando en la fe, llegan al espíritu de alabanza, de bendición a tener un corazón agradecido, centro de la participación a toda celebración eucarística.
El camino está basado en un trípode, la Palabra de Dios, que se celebra una vez a la semana; la Eucaristía, que nos propone cada Domingo una alianza con el Dios que actúa en nuestra historia y que nos amaestra a la acción de gracias, y sobre todo que nos dona a Cristo que se rompe por nosotros, haciéndose presente el Ministerio Pascual de nuestro Señor Jesucristo, el misterio de nuestra redención, para que podamos reconciliarnos con Dios, esto es pasar al Padre, alimentarnos de su Amor, entrar en su voluntad que es siempre el bien y la felicidad eterna para cada uno de nosotros; y el tercer pie del trípode, la comunidad.
Todo esto va haciendo poco a poco de esta pequeña comunidad una Koinonè, una comunión un signo del Amor nuevo, de la Charitas. Aparece la comunidad en nuestro mundo secularizado como un sacramento universal de salvación. El grito "Mirad como se aman" vuelve a surgir entre los hombres; la Buena Nueva que el Reino de Dios está en medio de nosotros se visibiliza y se hace presente en la Iglesia. Esto tiene tanta fuerza que donde han aparecido esto signos han comenzado a acudir los alejados de la Iglesia. Así tenemos en la misma Roma parroquias donde hay 10 u 11 comunidades y donde ya se ha formado un verdadero camino de retorno a la casa del Padre para el hombre contemporáneo, secularizado y ateo.
Para terminar estas líneas, dada la dificultad de exponer una experiencia de más de 14 años extendida en 77 naciones, diré tres puntos de aclaración:
1º - El neocatecumenado no es un movimiento, en el sentido que siempre hasta ahora se ha dado a esta palabra, sino que es un tiempo para llevara a la gente a redescubrir su fe, que les lleva a ser miembros vivos de la Iglesia local, la parroquia y la diócesis.
2º - Para que se pueda dar todo este proceso catequético es necesaria una predicación que ponga al hombre frente a la cruz de su propia historia, iluminándole el sentido y reconciliándolo con ella.
3º - Tenemos la alegría de testimoniar a esta Asamblea sinodal (como han confirmado dos mil párrocos reunidos en Roma para dar una contribución al Sínodo), los milagros que Dios está operando: tantos matrimonios destruidos que se rehacen y que se abren a la vida, tantos jóvenes salvados de la droga y del terrorismo, tantos ateos convertidos, tantas vocaciones al presbiterado como están surgiendo sobre todo en las naciones donde el camino está más avanzado, el desprendimiento de las riquezas y la comunión de bienes en la comunidad, el servicio a la diócesis en la catequesis a todos los niveles, el testimonio tantas veces heroico en ambiente de trabajo, etc.
Termino dando gracias a la Virgen María, a la Inmaculada Concepción que ha inspirado este Camino, al Santo Padre y a la Secretaría del Sínodo que me ha permitido estar aquí. Ruego a los Padres sinodales que recen por mí que soy un pecador.
Kiko Argüello