TESTIMONIO VOCACIONAL

 

 

MONASTERIO DEL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI Y SAN JOSÉ

C/COSTA RICA Nº4

11004 CÁDIZ

Tfno. 956 21 28 57

carmelitascadiz@terra.es

 

 

En toda llamada, es decir, en toda vocación, empieza una historia de amor entre Dios, que es el que llama, y el hombre que responde. Empieza y se hace realidad la Historia de la Salvación en la carne de uno mismo. Es el pródigo, el hijo que se alejó del Padre que retorna ó bien, el que nunca había visto a Dios y de pronto se da de bruces con El:“¿Adonde te escondiste amado y me dejaste con gemido...?”(San Juan de la Cruz).

 

Paso a compartir con vosotros, esta llamada que se realizó en mi vida. Os sitúo: joven adolescente normalita, poca formación religiosa,  y además no me interesaba mucho; poquísima frecuencia de Sacramentos y un largo etc...etc... Era la edad propia de  soñar en la que toda joven espera aparecerá ese príncipe azul de sus sueños. Es el tiempo más álgido de esa edad “del  pavo”. Toda joven espera que aparezca a la vuelta de la esquina y...  efectivamente en un momento determinado apareció.

Al principio, el entusiasmo es el gran acompañante de esa relación, mas, a los pocos meses empieza el descubrimiento de los fallos de la persona que aparece en tu camino, y es ahí donde Dios estaba esperando para salirme al paso, al comprender los fallos que estaba descubriendo tenía que encontrar a alguien que acudiera en mi auxilio. Probablemente fue la primera vez que empecé a rezar con convicción, sin que nadie me obligase a ello. En este momento comenzó la gran aventura en la que todavía sigo sumergida, pues como dice San Pablo, “quien inició en mí la obra, la llevará a su fin “.

 

Una vez que empecé a darme cuenta que había un Ser que me atendía en mis peticiones y al cual yo desconocía, me sentí obligada e impulsada a conocerlo. Primero, qué debía hacer: (me dije a mi misma) tenía que conocerlo en profundidad y darme cuenta que si alguien me quería de verdad era El. Así es que fui y me compré la Sagrada Escritura y llena de fe empecé a leer sus páginas, y desde la primera me encontré con la vida, me encontré con mi Padre. En este mismo momento daba comienzo una gran andadura que todavía no ha terminado a través de esas páginas. Fui entrando en ese Amor que Dios tiene por el hombre hasta dar su propia vida por todos y cada uno de nosotros. Ese descubrimiento hizo que cada vez más perdiera intensidad la relación que con tanta ilusión había empezado y, por el contrario, cada vez más, me fuese seduciendo la figura y la persona de Cristo, la lectura y oración de la Biblia, con un corazón deseoso de verdad y limpio de prejuicios. Ello dio como fruto el enamoramiento de mi corazón por ese Cristo que tanto me había amado, que me salía al encuentro abriendo ante mí un panorama de seguimiento de su persona y mensaje para compartir su vida de forma esponsalicia conmigo. Sentí en lo más profundo de mi ser el “Sígueme”. Todos los deseos anteriores habían perdido su fuerza, sólo El valía la pena de entregarle la propia vida. Ese enamoramiento, que a través de la palabra trasformara esa lectura oracional,  estaba esclareciendo el camino que Dios deseaba para mí; le pedí de corazón que si El deseaba para mí otra vida distinta de la que yo había pensado en algún momento que no entrara en su proyecto, lo arrancase de mi corazón. Aquella esclavitud que mi voluntad había tenido hacia aquella persona se derrumbó definitivamente. Ante mí Cristo aparecía con todo su esplendor y, naturalmente con su Cruz, la que El quería para mí.  Con el tiempo esa cruz me marcaría, como marca a todo cristiano. En aquel momento podía decir plenamente: “Me sedujiste Señor y me dejé seducir...” (Jeremías 20, 7).

Habían transcurrido unos tres o cuatro años en ese caminar, había experimentado una verdadera evolución de vida  detrás del Maestro. También descubrí a lo largo de ese tiempo, la Iglesia y su misión para con sus hijos, y en ese momento después de bastante tiempo de no participar en sus sacramentos, fui en busca de un sacerdote a quien puse al corriente de todo ese camino lo mejor que yo supe expresarlo. Ahora me faltaba por descubrir en qué estilo de vida consagrada deseaba El que entrase. Vida de oración era algo clarísimo para mí, mas el modo, eso, no lo estaba tanto: ¿ir directamente al hermano para dar testimonio de la Buena Noticia?,  ¿ir a los enfermos, a los ancianos, a los niños... etc.? Por mi propia historia comprendí que si la Gracia de Dios no actúa, es vano  nuestro esfuerzo. Ese Cristo, que yo amaba en su agonía, al que yo quería aliviar y consolar, y seguirle en sus andaduras por los caminos de Palestina, el  mundo en que me movía, me hizo comprender que sólo su Gracia haría cambiar al hombre.  Quería para mí una vida oculta, como las raíces del árbol que se nutren con la savia que de ellas le viene. Una vez llegado a este punto, todo lo demás ya fue fácil, y el esclarecimiento de mi vocación mucho más. Leí la vida de Sta Teresa y de Sta Teresita, y me confirmó en lo que creí ser la voluntad del Señor para mi vida. Todo se resolvía por este camino: vi debía ser carmelita descalza.

    

Han transcurrido ya bastantes años, pero si tuviera que empezar de nuevo no dudaría en repetir la andadura. Únicamente que comenzaría antes y así ahorraría tantas vueltas.

Espero que ya no falte tanto tiempo para finalizar esta historia de salvación. Cuando pueda decir esa frase de la Escritura: “ El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven, Señor!...   Sí, Yo vengo pronto. ¡Amén!. ¡Ven Señor  Jesús!.” (Apocalipsis 22, 17-21).

    

Bien, en realidad mi historia vocacional es sólo un esbozo de lo que se podría contar.  Pero  no deseo hacerla más larga, aunque  sí para que brille la gloria del Señor.

 

+ Hermana Teresa de Jesús, carmelita descalza.