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Testimonio de un taxista
Se llamaba Pedro Pedroso Vallejo, y lo sabía todo de rutas, de caminos, de
carreteras... Y conocía el camino mejor para llegar al final, a la meta, para
concluir la carrera. Era taxista, cristiano, tenía 83 años y murió el 5 de
octubre. A los que le conocíamos siempre nos pareció un hombre sencillo, pero un
hombre que a su alrededor dejaba una especie de aroma que definía su carácter,
su talante de buena persona. Se diría que era de esas personas que cumplen
perfectamente el cometido de seglar comprometido con la Iglesia.
Desde hace 16 años intensificamos nuestro conocimiento, caminando juntos en la
misma Comunidad Neocatecumenal, desde donde le hemos visto progresar en la fe,
hasta proclamarla públicamente, en presencia de la jerarquía de la Iglesia, de
su esposa y de cuantas personas tuvimos la dicha de poder oírle, hablando, con
la autoridad de quien lo vive, de la influencia que Jesucristo ejercía en su
vida. Pero hay algo especial que nos ha marcado profundamente. Se trata de 'su
vivencia de la muerte'. ¿Qué contrasentido ¿Verdad? Por esta experiencia podemos
asegurar la fuerza evangelizadora que tiene una postura cristiana ante la
muerte. Pedro creía firmemente en la Resurrección, y hasta el momento de morir,
hasta el instante de cruzar la última frontera, e incluso seguro que después
también, estuvo convencido de su encuentro con Jesucristo. Con naturalidad, con
tranquilidad y con la certeza de quien sabe que llegaba lo que esperaba, se
despidió de su esposa expresando sus últimas palabras todo el anhelo que tenía:
«Felisa, me voy tranquilo, me voy con Jesucristo. Me voy al cielo. Te espero
allí». Cuando se experimenta de cerca un acontecimiento como este, uno siente la
necesidad de creer.