LA VIDA EN UNA FAMILIA NUMEROSA DEL CAMINO                        

 

«Tenemos 14 hijos y cada  día somos más felices»

 

 

EL BENJAMÍN Cuando el remoto salmista bíblico advertía de que los hijos para los padres «son como flechas en manos del arquero» acaso profetizaba, con dos mil años de antelación, lo que Ricardo y Silvia experimentarían en sus propias carnes. Este matrimonio de Murcia, desde que decidieron no poner trabas a su fecundidad, han visto nacer hasta catorce hijos. Y aseguran que, gracias a su abultada prole y a Dios, porque son cristianos, han superado toda suerte de complicaciones. Hasta para leer sus nombres de corrido hay que tomar aliento. Ricardo, David, Silvia, Débora, Victoria, Pablo, Miriam, Jorge, Belén, Almudena, Clara, Paloma, Rodrigo y Benjamín. El mayor tiene 22 años y el pequeño sólo uno. No forman, de momento, la alineación de un equipo de fútbol. Son una familia. Pero de escándalo.

 

CADA CUAL A LO SUYO

«Divide en grupos y vencerás»

 

En la casa de los Alonso repiquetea el despertador a las 7.45 horas. Suena la diana para la familia, mientras los dos pequeños corretean, esquivando el aroma de varios litros de café con leche, por el interminable pasillo estampado de fotografías familiares. Aunque todos tienen la obligación de hacer su cama y ordenar la habitación, Silvia reconoce que «unas veces lo hacen, otras no. Varían sus costumbres». Por eso aplica la antigua máxima divide y vencerás. La madre forma varios equipos, según las edades, con tareas bien delimitadas durante el día. «Es lo más parecido a un cuartel», bromea Ricardo. El diminuto Benjamín, con sólo un año, aparta entre lloriqueos la cuchara de su potito.

Los dos hijos mayores se encargan de recoger a sus hermanos del colegio; las hijas de mayor edad cuidan de que los pequeños coman y, por la noche, bajan la basura. Entretanto, Pablo se encarga del lavavajillas, Miriam ordena la cocina y Jorge atiende los recados. Belén, Almudena, Clara y Paloma, de entre 10 y 6 años, rastrean en pelotón la casa en busca de ropa sucia. También adecentan los cuartos. A su manera. Dos de ellas compran cada mañana el pan. La casa de los Alonso funciona como un reloj. Unos minutos después del desayuno, los nueve pequeños se marchan al colegio, otro a la guardería, dos al instituto y Ricardo, el primogénito, a la universidad. Benjamín, aburrido porque la casa se queda vacía, acostumbra a dormirse de nuevo.

 

MILES DE EUROS EN COMIDA

La factura de la Comunidad

 

A Ricardo le exigieron en la Comunidad Autónoma que justificara la ayuda que, por vez primera, le han otorgado este año para alimentos, ropa y otros gastos... menores. Y tanto. Son 318 euros que la Administración obliga a justificar hasta el último céntimo. El funcionario que tramitó la subvención se quedó helado al recibir una factura que rondaba los 6.000 euros. No exageraban. Porque la familia Alonso, cuando acude cada semana al supermercado, cargan tres carritos. Así que Silvia recuerda entre bromas que, al principio, después de mudarse a su nueva casa, «las cajeras nos preguntaban en qué restaurante trabajábamos». Y es que, en este concurrido hogar, se compra la comida por sacos. Con los 318 euros de la Comunidad no tienen ni para pipas.

Los Alonso no reciben otra ayuda. Ni siquiera el importe del transporte escolar que utilizan nueve de los catorce hermanos. Ricardo, hasta hace unos cuantos años, tampoco percibía devolución alguna por su declaración de la renta. «Hasta que se reformó la ley y ya no pagamos», advierte como quien logra batir una marca en las Olimpiadas. Tampoco les cuesta nada la matrícula de la Universidad y, por un euro escaso, practican deporte en la piscina del Cuartel de Artillería. «El Señor siempre va por delante», apuntan. Entretanto, una chica ayuda a Silvia cada día a mantener reluciente la casa. Atiende al piso de 8.30 a 11.00 horas. Es la única persona del exterior que arrima el hombro en el hogar. Y no ha sido fácil contratarla. «La gente, cuando saben cuántos somos, salen corriendo. Normal», reconoce Silvia.

 

DEL BALLET NACIONAL A MURCIA

«Dar la vida es lo máximo»

 

Silvia, antes de conocer a Ricardo, surcaba un océano de proyectos. Pero en ninguno entraba quedarse embarazada. Silvia destacaba en la danza clásica y estaba a punto de conseguir una plaza en el Ballet Nacional. Sin embargo, renunció a la historia que había forjado en tantos sueños. Y no se arrepiente. Ni siquiera de haber perdido la línea. Aunque esto sí lo tuvo fácil. De entrada, en el primer embarazo, engordó veinte kilos. Ni imaginó que le sucederían otras trece gestaciones. Más unos cuantos abortos. «Todo lo estimé caduco -señala orgullosa-, todo lo valoré en nada frente a la posibilidad de dar la vida».

A partir del cuarto embarazo, esta mujer de verbo ágil y contundente, abandonó su trabajo. Sólo quedaba el sueldo de Ricardo. Pronto, los hijos comenzarían a repartirse por centros escolares distintos: otra preocupación que atenazaría la voluntad de este matrimonio. Por suerte, en el colegio Monteagudo les permitieron escolarizar juntos a sus retoños. Además, sólo pagaban, como aún lo siguen haciendo, la matrícula de los tres primeros. Todos tienen el mismo horario, todos comparten sus libros y los uniformes. «Con este centro estamos encantados, satisfechos, cómodos... ¿Ha sido un nuevo milagro del cielo!», exclama Ricardo.

 

«MI PAPA ES MEDICO»

La felicidad se mide en abrazos

 

El sueño de su infancia era curar a los demás. Y logró hacerlo realidad. Ricardo Alonso, 43 años, es médico anestesista en el hospital de Orihuela. También desarrolla otras ocupaciones en clínicas privadas para desahogar un tanto sus ingresos. Ricardo es un hombre afable, que desgrana sus argumentos tras meditarlos, al que los niños rodean en cuanto aparece por la puerta de su casa.

Viven los Alonso en un hogar amplio, formado por dos pisos antiguos y unidos, en el barrio del Carmen. Su precio fue una ganga. O, quizá, otro milagro. Ahora vale cinco veces más. En la cocina se podría jugar al fútbol. Pero no hay enredos por las habitaciones. En una de ellas, antes de que nacieran los más pequeños, pasaba sus temporadas la bisabuela María Francisca, quien, a sus 90 años, se siente rejuvenecer entre la chiquillería. Lo mismo le sucede al abuelo materno, encargado de traer cada sábado los bollos y las chuches para el desayuno.

Ricardo y Silvia insisten en no dar la imagen de una familia feliz, «al modo de la casa de la pradera». E inciden en destacar que comparten «los mismos sufrimientos que cualquier otro matrimonio, con momento duros, muy duros, en la pareja». Pese a todo, hay un extraño brillo en sus miradas que no desaparece ni cuando enumeran, como su interminable lista de la compra, que han padecido «operaciones, accidentes, disgustos...».

Ricardo y Silvia son cristianos. O lo intentan. Pertenecen a una comunidad neocatecumenal de la parroquia de San Bartolomé. Un detalle que tampoco supone un salvoconducto contra la adversidad. Pero, aunque son conscientes de que a muchos les sonará a una locura, añaden que «hemos experimentado que el Señor provee y nos protege siempre. La vida que llevamos es una garantía de que esto es cierto». Sus familias, después de tantos años, han terminado por convencerse.

 

«¿ES QUE NO TENÉIS TELE?»

Lo que más duele en el mundo

 

Es un reproche constante, manido, unas veces teñido de escándalo, otras de burla hiriente. Pero siempre se repite. Lo único que varía es la boca que lo pronuncia. Cuando algún extraño conoce a la familia Alonso la pregunta resulta inevitable: «¿Es que no tenéis tele?». De entrada, se equivocan. Porque en la casa hay dos televisores, aunque se encienden poco. «Bastante aprenden los niños fuera para después tragarse la basura que se emite cada día», advierte Silvia. Eso sí, los fines de semana se relaja la norma. Pero casi todos prefieren ver deportes. Esta mujer de ademanes fugaces, como si intuyera la próxima pregunta, se adelanta y aclara decidida que «te toman por loca. O por tonta. Creen que nos han lavado el cerebro o que somos talibanes». Incluso le recuerdan como algunos estudios señalan que «cualquier mujer que tenga más de seis hijos es retrasada».

Ricardo tampoco está a salvo de las críticas. Sobre todo cuando muchos no se explican que él, siendo médico, «no conozca los métodos anticonceptivos». Y no es extraño que, al verlo conducir su furgón cuajado de niños, le den bocinazos por la carretera. En una ocasión, mientras aguardaba en la puerta del colegio a sus hijos, una anciana le espetó si aquella furgoneta no era el transporte escolar. «La Iglesia no nos ha dicho jamás que tengamos hijos. Hay otros cristianos que no tienen ninguno», destacan. Sin embargo, no todo son reproches.

Hay quienes les confiesan admiración, aunque añaden al instante su «imposibilidad de tener más -como señala Silvia- porque sería un sufrimiento». Pese a todo, en la casa de los Alonso no se adivina otro alboroto que las carreras de los más pequeños por el interminable pasillo. «Somos felices. Cada día estamos mejor. Y tenemos los hijos que Dios nos ha regalado», coinciden en señalar.

Esta gran familia acostumbra cada año a veranear todo un mes en la playa. Otras veces alquilan en el campo. Para celebrar su aniversario de boda, el matrimonio viaja a la popular fiesta del Pulpo, en Lugo, durante el mes de octubre. «No por tener muchos hijos estamos encerrados. Tenemos una vida social muy activa».

 

«SE INDEPENDIZAN PRONTO»

El toque de queda, a las 23.00 horas

 

En este multitudinario hogar cada quien cena cuando llega a casa. Para las comidas se establece un menú fijo, que hierve en ollas descomunales sobre cuatro fogones casi industriales. En las cenas hay mayor libertad. Nunca faltan las tortillas, las ensaladas y las ensaladillas que, sumadas a los socorridos bocadillos, hacen las delicias de los mayores. A las nueve de la noche, un curioso toque de queda envía a la cama a los pequeñines después de pasar por la bañera.

En la casa hay tres duchas en cuatro cuartos de baño, uno para chicos, otro para chicas. A veces, hay colas. No podía ser de otra manera. Aunque la algarabía no parece superior a la que se forma en cualquier hogar donde vivan más de tres niños. «Nuestros hijos, por su número, aprenden a compartir, se independizan desde pequeños», señala Silvia. Sólo hay que ver cómo Rodrigo, a sus dos años, se come la papilla sin rechistar.

El resto comenzó a vestirse sin ayuda cuando eran muy pequeños y heredan la ropa sin que parezca importarles. Luego, al crecer, como reconoce Ricardo, «les tira la sociedad, con sus marcas, los teléfonos móviles, el tener dinero o salir con quien quieran. Es inevitable; pero tiene solución». Sobre todo, porque este matrimonio parece tener claro que «no consentimos que sean potros salvajes. La dignidad no la da el ser ni el dinero. Esto nos lo ha enseñado la Iglesia».

 

EL TELÉFONO QUE NO PARA

La advertencia del ginecólogo

 

El teléfono de la casa de los Alonso no cesa de sonar. Todos saben que está prohibido llamar más de un minuto. Cuando Ricardo trabajaba en sus guardias médicas, y aún no se había inventado el móvil, le resultaba imposible comunicarse con los suyos. Ahora es más fácil.

Silvia asegura que «muchos se sorprenden de ver cómo vivimos, cómo pensamos». Pero no imagina cuánto. Sobre todo, al confesar que sus dos últimos partos fueron mediante cesárea. Y el ginecólogo le aconseja, por su salud, no tener más hijos. «El médico nos advierte del riesgo pero respeta nuestra opinión», añaden. Quizá sea una locura. Pero si le hubieran hecho caso, la pequeña Clara no jugaría en el salón con Paloma ni Benjamín treparía a una silla muerto de risa.