Europa se muere sin Cristo

Ofrecemos el testimonio de la misión realizada este verano por un presbítero de la diócesis de Madrid, en el marco de una convivencia en la que fueron enviados a anunciar el Evangelio de Jesucristo 500 sacerdotes y 170 misioneros, «de dos en dos, sin bolsa ni dinero», a todas partes de Europa

Lo único que me mueve a escribir esto es que lo que he recibido gratis, lo doy gratis. Soy César, presbítero de la diócesis de Madrid, formado en el Seminario misionero diocesano Redemptoris Mater. En agosto pasado tuvimos una convivencia en el Monte de las Bienaventuranzas con los iniciadores del Camino Neocatecumenal, donde 500 presbíteros y 170 misioneros itinerantes fuimos enviados de dos en dos, como dice el Evangelio, por toda Europa, desde Moscú hasta Cádiz. Este envío lo presidió monseñor Stanislaw Rylko, Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, enviado por el Santo Padre Juan Pablo II para este encuentro. Yo fui enviado por sorteo a Middlesborough y a Hull, al norte de Inglaterra; mi compañero fue un misionero itinerante que está en Puerto Rico, padre de 10 hijos.

Partimos con la misma misión que los discípulos; no llevamos más que un billete de ida y de vuelta, y una Buena Noticia: que Cristo ha resucitado, y que, en Él, Dios ha amado al hombre hasta dar la vida por él, cuando éste es pecador, y que es posible la conversión y cambiar la vida. Durante diez días, la Providencia cuidó de nosotros y nos hizo ver milagros admirables.
En Middlesbrough fuimos a visitar al obispo para pedirle la bendición y contarle la misión que teníamos; a continuación, hicimos un pequeño exorcismo para desterrar de estas ciudades a los demonios enemigos de la evangelización, y luego le dimos todo el dinero que teníamos a un pobre.
Las dos primeras noches las pasamos en el aparcamiento de la policía, lo cual fue para nosotros una gracia; nos decía Kiko, antes de partir, que Cristo sería nuestra almohada y nuestro lecho en las noches que estuviéramos en la calle. Esto se cumplió, el Señor nos concedió en esas noches una intimidad con Él grandísima, que a mí me sorprendió, sobre todo por no murmurar y estar contento de poder sufrir un poco por la nueva evangelización de Europa, de lo cual soy totalmente indigno. Ofrecimos estos pequeños sufrimientos por las ciudades a las que éramos enviados, y pedimos por ellas; en ningún momento juzgamos a nadie, ni nos sentimos superiores a nadie, sino que, como dos pobres, sin nada, íbamos anunciando el amor de Dios al hombre.
El Señor nos concedió casi dos días sin comer al principio; luego, nos regaló una chocolatina que nos encontramos en el suelo. El tercer día, una campaña publicitaria de pan de molde nos sirvió para comer algo más. La respuesta de los presbíteros que visitamos –no íbamos haciendo proselitismo del Camino– fue una sorpresa. Hubo desde quien no nos dejó ni terminar de hablar, hasta uno que nos dijo que éramos dos ángeles del Señor, porque ése era el primer día en su parroquia y estaba en una crisis negra. Decía: «Hoy he predicado a la gente que deje todo por seguir a Cristo, pero necesitaba que alguien me lo dijera a mí».
En Hull nos acogió un cura que, nada mas llegar, fue nuestro ángel de la guarda. Nos dejo dormir en un salón de Alcohólicos anónimos, sobre una alfombra. Por la mañana salíamos a visitar las parroquias, y de noche volvíamos a cenar y dormir allí. Esta ciudad nos sorprendió mucho, por la necesidad de una evangelización muy profunda allí; comprobamos el daño que experimenta el hombre cuando deja la Iglesia. Me impresionaron las chicas, la gente alcoholizada, etc. Nos decía el Vicario de la zona –que es de Bilbao, por cierto– que ésta es la diócesis con el mayor número de embarazos entre adolescentes, con un índice de droga altísimo y con mucha prostitución infantil: una situación durísima.


Anunciar a Cristo resucitado

Íbamos a todas partes andando, rezando el Rosario. Un día nos recibió un cura irlandés, que nos llevó a cenar a una pizzería y luego nos llevó a ver a todos los curas irlandeses de esa ciudad. Llegábamos a sus casas y decía cuando le saludaban: «No, espera, mira lo que te traigo»; y le decía a mi compañero: «Dile lo que me has dicho a mí, anúnciaselo, por favor».
Varios curas nos escucharon. Lo que he notado es que el clero en Europa esta solo, solo, y que le falta una comunidad que le ayude. El clero en Europa lo está pasando muy mal; muchos pidieron confesarse, debido a situaciones muy serias. La misión era ésa: ofrecer el rechazo por la salvación de Europa.
Para mí ha sido una experiencia estupenda, que no se puede entender sin conocer la situación existencial en la que iba. Yo iba muerto a esta convivencia, y el primero que necesitaba la resurrección era yo. Poder sufrir un poco, pasar hambre y, sobre todo, ser humillado, te da una intimidad con Cristo que hacía años no tenía. Todavía vivo de las gracias de esta convivencia.
En esta nueva evangelización de Europa no podemos dormirnos. Es fundamental hacerla en pobreza total, no se puede ir con doble intención, sino como unos pobres a los que se puede rechazar con facilidad. No buscamos frutos a corto plazo, ni éxito fácil, ni hacer comunidades aquí o allá, sino anunciar a Cristo resucitado. El corazón del hombre ha sido creado por Dios para escuchar este anuncio, esa Buena Noticia. Rezad por mí, que soy un pecador. Gracias.


César González