Roma avala a los Neocatecumenales, el grupo fundado por el español Kiko Argüello
MADRID.- Ya tiene acomodo en el complejo entramado
jurídico de la Iglesia. El Vaticano aprobó ayer los estatutos del Camino
Neocatecumenal, fundado por los españoles Kiko Argüello y Carmen Hernández a
comienzos de los 60. Y les concedió un estatus especial. Los Kikos, como se les
conoce popularmente, no son ni un movimiento, ni una congregación religiosa ni
una simple asociación. Son «un instrumento de formación cristiana para
redescubrir el bautismo».
El Camino no alcanza, pues, la prerrogativa del Opus Dei, que sigue siendo la única prelatura personal en el seno de la Iglesia, lo cual dota a la Obra de una autonomía total frente a los obispos diocesanos. Los Kikos van a seguir dependiendo de los obispos, pero con el reconocimiento jurídico de Roma. El aval del Vaticano impide que cualquier obispo del mundo pueda negarles el visto bueno para actuar en su diócesis.
Feliz y contento, Kiko Argüello, mostraba su agradecimiento a la Iglesia: «Con estos estatutos el Papa reconoce al Camino Neocatecumenal como un itinerario de formación católica válido para la sociedad y para los tiempos de hoy, y desea que los obispos y sus presbíteros valoren y ayuden a esta obra para la nueva evangelización».
Los estatutos fueron entregados a Kiko Argüello, Carmen Hernández y al sacerdote Mario Pizzi por el cardenal James Francis Staffrod, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos. Al acto asistieron medio centenar de catequistas del Camino procedentes de distintas partes del mundo.
Los estatutos se componen de 35 artículos, en los que se describe la naturaleza del Camino y los bienes espirituales que lo constituyen (itinerario catequético, educación permanente...), así como su conexión con el obispo diocesano y las prerrogativas del Colegio sucesorio, que será el encargado de elegir al sucesor de los fundadores, cuando éstos mueran.
Los Kikos conforman, junto al Opus Dei, a Comunión y Liberación, a los Focolares, a los Legionarios y a los Carismáticos, los llamados nuevos movimientos neoconservadores. Sus miembros adoran al Papa, asumen la doctrina católica más tradicional, tienen los «hijos que Dios les dé» y viven en comunidades aisladas del mundo real, en una especie de gueto de elegidos.
Parten del supuesto de que los cristianos de los países de tradición católica, como España, están pasados por agua, pero no realmente bautizados. Por eso, como suele decir su fundador, «frente a la secularización de la sociedad actual queremos renovar y fortificar la fe al estilo de aquello que vivían los primeros cristianos».O dicho de otra forma, «para responder a la fuerza del ateísmo moderno y a la secularización, los cristianos bautizados necesitan un catecumenado posbautismal».
Las Comunidades Neocatecumenales han crecido tanto que hoy forman un auténtico ejército de Dios. Con cifras impresionantes: más de un millón de miembros, 16.700 comunidades en 105 países, repartidas en 883 diócesis y 4.950 parroquias, 1.457 seminaristas, 63 diáconos y 731 sacerdotes. Son los poderes de un pujante movimiento católico que está actuando como un imán sobre la gente católica más sencilla con sus tres polos de atracción: la Palabra de Dios, la Liturgia y la Comunidad.
«Un día entré en mi cuarto y comencé a gritarle a Dios»
Algunos le llaman ya «el nuevo Ignacio de Loyola». Y es que, al igual que el fundador de la Compañía de Jesús, Kiko Argüello puso, en pocos años, a las órdenes del Papa, un inmenso ejército de un millón de fervientes y comprometidos católicos, dispuestos a todo por predicar a Cristo resucitado.
De familia burguesa, Kiko estudia Bellas Artes en Madrid y abraza el ateísmo. Gana un Premio Nacional de Pintura, pero no se siente feliz. El mismo cuenta así su conversión: «Un día entré en mi cuarto y comencé a gritarle a Dios: '¡Si existes, ayúdame, no sé quién eres, ayúdame'. Y en aquel momento, Dios tuvo piedad de mí, pues tuve una experiencia profunda de encuentro con el Señor que me sobrecogió. Recuerdo que comencé a llorar. Para mí, fue pasar de la muerte a ver que Cristo estaba dentro de mí».
Convertido, lo deja todo y se va a vivir con los pobres en las barracas de Palomeras Altas, en la periferia de Madrid. Allí descubre una síntesis catequética nueva y funda la primera comunidad.Con la ayuda de Carmen Hernández, una ex monja licenciada en Químicas, va reclutando a sus primeros seguidores entre gitanos, quinquis, analfabetos, ladrones, prostitutas y pordioseros. Y desde Palomeras al mundo. Hoy, nadie puede presumir de tener un millón de seguidores. Ni siquiera el Opus o los jesuitas.
JOSE MANUEL VIDAL El MUNDO 29/06/2002