Ante la aprobación del Estatuto del Camino Neocatecumenal
El redescubrimiento del catecumenado
Para
entender el significado de la aprobación del Estatuto del Camino Neocatecumenal
es necesario tener en cuenta algunas etapas históricas fundamentales que la han
precedido:
Nuestro Papa Juan Pablo II, por su experiencia personal de la dictadura nazi, y luego de la comunista, ve la Iglesia circundada por una nueva ola de paganismo expresado en las ideologías totalitarias del siglo XX. En muchos discursos o actos de su pontificado, resuena la memoria histórica de aquel apocalipsis realizado, experimentado en su persona, que fue la tragedia de la segunda guerra mundial, los lager, los gulag, los millones de muertos, las terribles injusticias. Decía Juan Pablo II en la Jornada Mundial de la Juventud en Tor Vergata, en agosto de 2000: «En el curso del siglo que acaba, jóvenes como vosotros eran convocados a reuniones multitudinarias para aprender a odiar, eran enviados a luchar unos contra otros. Los diversos mesianismos secularizados, que han intentado sustituir la esperanza cristiana, han demostrado ser verdaderos y auténticos infiernos».
La
Iglesia y los cristianos son llamados a responder al peligro de una nueva
barbarie mucho más grave que la antigua. Para el Papa, reevangelizar significa
alejar el fantasma de un nuevo apocalipsis que amenaza destruir al hombre y a la
sociedad.
Por su formación filosófica, está atento a los fenómenos reales y, por tanto, al
hecho de que la fe cristiana debe manifestar una nueva forma de vida, un nuevo
modo de amar y de ser libre, no sólo un credo religioso. En el núcleo del
pontificado de Juan Pablo II, encontramos la visión de una Iglesia que, liberada
de dudas o autocomplacencias y dejando atrás todo triunfalismo, anima un impulso
evangelizador, la nueva evangelizacion, para reevangelizar países
tradicionalmente cristianos, pero que están volviendo a caer en el paganismo.
En 1952, don Karol, joven sacerdote, escribió un articulo extraordinario por su actualidad: Catecumenado del siglo XX. Reflexionando sobre la Vigilia Pascual, examina los signos que manifestan la resurrección de Cristo: la luz, que brota radiante de la resurrección y permite contemplar la nueva vida, y el agua, el paso del mar Rojo, símbolo del paso de la muerte a la vida. Por esto, en el centro de la noche está el Bautismo, que es la posibilidad de un cambio de naturaleza, preparado por el catecumenado. «Esta noche –escribe– los catecúmenos deben nacer de nuevo. ¿Puede quizá nacer de nuevo quien ya está vivo? ¿Puede quizá existir una vida que no se ha experimentado hasta ese momento? Porque creer en el Dios que Cristo anuncia como su Padre no es sólo creer, sino nacer de nuevo; sabemos que nos adherimos no sólo a una confesión, a una religión, sino que recibimos una vida nueva».
Subrayaba, por tanto, dos aspectos profundamente nuevos:
- Que el catecumenado no era una catequesis doctrinal (como en general era vista la preparación al Bautismo en aquel tiempo), sino un proceso existencial de inserción en la nueva naturaleza de Cristo, caracterizada por la capacidad de amar incluso a los enemigos.
- Que el catecumenado, es decir, el proceso que preparaba al
Bautismo, era tan esencial para el proceso de iniciación como el sacramento
mismo.
Analizando la Iglesia primitiva, Wojtyla descubre, por tanto, que al centro de
la evangelización estaba el testimonio personal y el catecumenado. Precisamente
porque se encuentra de nuevo en un mundo pagano, la Iglesia debe recuperar el
catecumenado que, en la Iglesia primitiva, era el eje de la evangelización.
El catecumenado, incluso para bautizados
Al término del debate conciliar sobre la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, una de las decisiones más importantes del Concilio –quizá poco notada en aquel momento– fue precisamente la de restablecer el catecumenado de los adultos como un proceso de gestación para recibir gradualmente una vida nueva (Sacrosanctum Concilium, 64). Esta decisión condujo algunos años después, en 1972, a la promulgación del Ordo Initiationis Christianae Adultorum (OICA), es decir, del Ordo o esquema que regula el proceso de la iniciación al Bautismo de los adultos. En su capítulo IV propone incluso la utilización de algunos ritos, propios del catecumenado, para la catequesis de adultos bautizados pero no suficientemente catequizados.
En los años sucesivos este punto, todavía marginal, empezó a tomar cada vez mayor importancia en los documentos magisteriales. Pablo VI, en 1975, en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, en el párrafo 44, concluía: «Es ya evidente que las condiciones actuales hacen cada vez más urgente que la instrucción catequética sea dada en forma de un catecumenado». Posteriormente, en 1979, Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Catechesi tradendae, en el párrafo 44, había dicho: «Nuestra preocupación pastoral y misionera se dirige a quienes, a pesar de haber nacido en un país cristiano, e incluso en un contexto sociológicamente cristiano, nunca han sido educados en su fe y, como adultos, son verdaderos catecúmenos».
Finalmente,
el Catecismo de la Iglesia católica, publicado en el año 1992, en el número
1231, ha formulado explícitamente la necesidad de un catecumenado post-bautismal
para todos los bautizados: «Por su naturaleza misma, el Bautismo de los niños
exige un catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una
instrucción posterior al Bautismo, sino del necesario desarrollo de la gracia
bautismal en el crecimiento de la persona».
En pocos años se ha pasado del capítulo IV del OICA, que sugería sólo la
posibilidad de usar algunas partes del catecumenado para los adultos ya
bautizados pero no suficientemente catequizados, a una formulación que propone,
para todos los que han sido bautizados de niños, la necesidad de un catecumenado
post-bautismal.
No sólo el magisterio ha acogido las ideas expresadas por don Karol Wojtyla como joven sacerdote, y después en el aula conciliar, sino que la restauración del catecumenado para los bautizados ha llevado a formular la necesidad de que los cristianos ya bautizados redescubran la fe a través de un itinerario catecumenal, de manera de que sean capaces de responder a los desafíos actuales. Así, un documento que restablecía un proceso olvidado durante siglos para el Bautismo de los paganos, ha acabado por ser central en la vida de los bautizados. Mientras monseñor Wojtyla y el Concilio, y posteriormente el Magisterio, redescubrían la centralidad del catecumenado en el proceso de evangelización de los no bautizados y, gradualmente, también de los bautizados, en un barrio de barracas de la periferia de Madrid estaba teniendo lugar una experiencia concreta de catecumenado post-bautismal, gracias al trabajo conjunto de Kiko Argüello y Carmen Hernández. Kiko Argüello, un pintor español, tras una crisis existencial, descubrió en el sufrimiento de los inocentes el tremendo misterio de Cristo crucificado, presente en los últimos de la tierra. Esta experiencia le llevó a dejarlo todo y, siguiendo las huellas de Charles de Foucauld, se fue a vivir entre los pobres de las barracas de Palomeras Altas, en la periferia de Madrid. Carmen Hernández, también española, licenciada en química, que había estado en contacto con la renovación del Concilio Vaticano II a través de monseñor Pedro Farnés Scherer (liturgista) y que, llamada por el obispo, estaba tratando de formar un grupo para evangelizar a los mineros de Oruro (Bolivia), conoció a Kiko Argüello.
El Camino, fruto del Vaticano II
El temperamento artístico de Kiko, su experiencia existencial, su formación como catequista en los Cursillos de Cristiandad, el impulso de evangelización de Carmen –formada en el Instituto de las Misioneras de Cristo Jesús–, su preparación teológica (licenciada en Teología) y su conocimiento del Misterio Pascual y de la renovación del Concilio Vaticano II, unido al ambiente de los más pobres de la tierra, constituyeron el humus, el laboratorio, que dio lugar a una síntesis kerigmática, teológico-catequética, que es la columna vertebral de este proceso de evangelización de adultos, en que consiste el Camino Neocatecumenal.
Mediante la colaboración de Kiko y Carmen, empezó a tomar cuerpo un itinerario de formación de tipo catecumenal. Este modo concreto de realizar un catecumenado post-bautismal llegó a conocimiento de la jerarquía, en primer lugar del arzobispo de Madrid, monseñor Casimiro Morcillo, quien, visitando las barracas, constató la acción del Espíritu Santo y lo bendijo, viendo en él una actuación del Concilio, en el que había participado como uno de sus Secretarios Generales.
Posteriormente, en 1972, el neocatecumenado fue estudiado a fondo por la Congregación para el Culto Divino que estaba a punto de publicar el OICA. El entonces Secretario de la Congregación, monseñor Annibale Bugnini, y el grupo de expertos que estaban con él, quedaron impresionados al ver que lo que estaban elaborando desde hacía algunos años sobre el catecumenado para los adultos, el Espíritu Santo, partiendo de los pobres, lo estaba ya llevando a la práctica. Después de dos años de estudio de la praxis litúrgico-catequética del Camino Neocatecumenal, publicaron en Notitiae, la revista oficial de la Congregación, una nota laudatoria de la obra que estaba desarrollando el Camino Neocatecumenal en las parroquias, reconociendo en éste un don del Espíritu Santo para llevar a la práctica el Concilio. Con la Congregación se acordó el nombre: Neocatecumenado o Camino Neocatecumenal.
En 1974, diez años después del nacimiento del Camino, el Papa
Pablo VI recibía en audiencia a Kiko, Carmen y al padre Mario con los párrocos y
catequistas, reunidos en Roma, y, frente a algunas acusaciones que insinuaban
sospechas de anabaptismo, de querer repetir el Bautismo, el Papa replicaba con
gran fuerza y claridad: «Vivir y promover este despertar es lo que vosotros
llamáis una forma de después del Bautismo que podrá renovar, en las comunidades
cristianas de hoy, aquellos efectos de ma-durez y de profundización que en la
Iglesia primitiva se realizaban en el período de preparación al Bautismo.
Vosotros lo hacéis después: antes o después, diría, es secundario. El hecho es
que vosotros miráis a la autenticidad, a la plenitud, a la coherencia, a la
sinceridad de la vida cristiana, y esto es un mérito grandísimo, repito, que nos
consuela enormemente».
El 5 de septiembre de 1979, Juan Pablo II, elevado poco antes al pontificado, se encontró personalmente con Kiko, Carmen y el padre Mario, y les invitó a la Misa celebrada por él en Castelgandolfo. Este encuentro representó para el Papa una respuesta concreta a su intuición sobre la centralidad del catecumenado para la nueva evangelización: después de la Misa, dijo que, durante la celebración, pensando en ellos, había visto: ateísmo-bautismo-catecumenado, expresando la convicción de que, frente al ateísmo, el Bautismo tenía necesidad de ser redescubierto a través de un catecumenado.
Radicalismo evangélico
El 31 de enero de 1988, en el encuentro con las comunidades neocatecumenales de la parroquia romana de Santa Maria Goretti, Juan Pablo II formuló, con mayor precisión aún, la importancia del neocatecumenado para la Iglesia: «A través de vuestro Camino y de vuestras experiencias, se ve qué tesoro ha sido para la Iglesia el catecumenado como método de preparación para el Bautismo. Cuando nosotros estudiamos el Bautismo, vemos más claramente que la práctica en el día de hoy es cada vez más insuficiente, superficial. Sin el catecumenado previo, esta práctica es insuficiente, inadecuada, para el gran misterio de la fe y del amor de Dios que es el sacramento del Bautismo. Yo veo así la génesis del neocatecumenado: uno –no sé si Kiko o algún otro– se ha preguntado: ¿De dónde le venía la fuerza a la Iglesia primitiva? ¿Y de dónde proviene la debilidad de la Iglesia, mucho más numerosa, de hoy? Y yo creo que ha encontrado la respuesta en el catecumenado, en este Camino. Hay una manera, pienso, de reconstruir la parroquia basándose sobre la experiencia neocatecumenal». Aquí nos importa sólo resaltar que la aprobación de los Estatutos es el final de un largo proceso, que ha llevado al magisterio de la Iglesia a ver, cada vez más, la necesidad de reevangelizar a los bautizados, y a reconocer en el Camino Neocatecumenal un instrumento idóneo para este fin. El reconocimiento del Camino Neocatecumenal es, pues, una de las actuaciones concretas de las indicaciones del Magisterio, y el cumplimiento de una de las exigencias más sentidas por Juan Pablo II.