Kiko Argüello inunda de color la Almudena antes de la boda real

 

El artista presentó ayer sus pinturas del ábside de la catedral

Las ha realizado con 30 colaboradores en oración, ayuno y de forma gratuita


 


 
 

Álex Navajas
Madrid- Kiko Argüello, pintor e iniciador del Camino Neocatecumenal, presentó ayer las siete pinturas murales y las ocho vidrieras que decoran el ábside de la catedral de la Almudena y que ha realizado durante los últimos tres meses junto a un grupo de 30 colaboradores.
   Argüello explicó su obra en el propio templo catedralicio, flanqueado por dos de los obispos auxiliares de Madrid el cardenal Rouco llegaría más tarde, al acto de bendición, monseñores Fidel Herráez y César Augusto Franco. Su habitual atuendo de traje y camisa negros contrastaba con el colorido de su obra, que lucía a diez metros sobre su cabeza. «No soy un digno pintor para la catedral, por eso le doy gracias a Dios que me ha permitido pintar este templo suyo», comenzó diciendo. Y es que, tanto él como los treinta colaboradores que han tomado parte en el proyecto han trabajado durante más de tres meses en oración, silencio y ayuno. «El rostro del Cristo Pantocrátor ha sido lo más difícil de realizar», confesó Argüello. «Yo le pedía a Dios que me ayudase, que me orientase en la pintura, porque yo sólo soy un pobre instrumento», enfatizó con su voz, que tronaba en las bóvedas de la catedral.
   Las nuevas pinturas del ábside son un torrente de colorido que se proyecta por las naves de la catedral. La Almudena ya no es un cadáver pétreo, inerte y gris; el templo parece haber recobrado vida y calor. Si se comparan con el ábside, las naves laterales, desnudas de todo ornato (salvo las bóvedas), transmiten frío y desazón. Incluso los ornamentos del templo catedralicio, como el Vía Crucis y algunos cuadros, se convierten en obras tenebrosas, mediocres y desfasadas. Las antiguas vidrieras, al lado de las que acaba de realizar Argüello, se tornan insípidas, vulgares, descoloridas, insignificantes, bicocas de cristal, faltas de vida y expresividad. La Almudena ha ganado en espectacularidad, majestuosidad y luminosidad.
   Picasso en la Almudena. Argüello ha bebido de la genialidad de los pintores más dispares para completar su obra. «Sobre todo del gran Rublev, pero añadiendo los descubrimientos del arte occidental contemporáneo, desde el impresionismo en adelante: Matisse, Braque, Picasso...», explicó ayer. Hasta de Goya. «Los frescos de San Antonio de la Florida, en Madrid, también me han servido de inspiración», remachó.
   El fin de las nuevas pinturas y las vidrieras no es sólo el de decorar un templo. «La Iglesia necesita una nueva estética para evangelizar en el tercer milenio», apuntó el artista. No le es sencillo a Argüello mantener un hilo en su discurso. Expone una idea; ahora la abandona; la recuperará más tarde; entre medias habrá tratado los temas más dispares. Argüello no sólo explica sus pinturas: evangeliza a los periodistas que han acudido a la catedral. Quizás evangelice también a alguno de los sacerdotes presentes. Pasa de puntillas sobre el «estuco romano que he empleado, de modo que los pigmentos penetran suavemente en el estuco, provocando un efecto mate y aterciopelado». Él se inclina a hablar de la nueva evangelización de Europa, de las familias en misión del Camino diseminadas por 101 países, de la vida eterna y de la indisolubilidad del matrimonio.
   Hace más de cuatro años, Argüello (Premio Nacional Extraordinario de Pintura en 1959) fue invitado por el cardenal Rouco Varela a presentar un proyecto para el ábside de la catedral. Así, tras dos años de trabajos y bocetos, participó el concurso promovido por el propio cardenal y por la Junta Técnica de Obras de la catedral en mayo de 2002. A principios del pasado año, la Junta Técnica encargó a Argüello la realización de las pinturas.