Ricardo Blázquez, un hombre tímido, paciente y recto, es también un viajero apasionado por la historia

JULIÁN MÉNDEZ/BILBAO

 
 
Ricardo Blázquez Pérez (Villanueva del Campillo, Ávila, 1942), flamante presidente de la Conferencia Episcopal Española, siempre soñó con ser camionero. Sus amigos saben que hubiera sido el hombre más feliz del mundo haciendo kilómetros al volante de un potente 'Man' o de un 'Scania'. De esa atracción por los vehículos a motor le ha quedado al obispo de Bilbao una vertiginosa pasión por la carretera. «Conducir le relaja», dice un amigo. Tanto, que no lleva ni radio en el coche para evitarse cualquier interferencia con lo fundamental. Ahora conduce un 'Golf' gris -con el que llegó a Madrid para las reuniones de la Conferencia-, el mismo con el que se ha pateado hasta el último rincón de Vizcaya.

Ricardo Blázquez, un hombre  tímido, paciente y recto, es también  un viajero apasionado por la historiaViajar es una de sus pocas distracciones. Ricardo Blázquez conoce a la perfección toda Europa y ha visitado Sudamérica y África. Sabe lo que es vacunarse contra la fiebre amarilla y tomar las pastillas de 'Larial' para prevenir el paludismo. Viaja desde joven, cuando no era tan fácil ni tan asequible como ahora. A los amigos les recuerda aquel verano en que, recorriendo Europa, se quedó sin un duro y tuvo que dormir en un banco de la estación de Ginebra. Nada incómodo, por lo demás, para alguien que creció en los seminarios de Arenas de San Pedro y Ávila, sin agua caliente ni calefacción.


Quienes le conocen le califican de tímido, paciente, recto y «sinceramente religioso». También hablan de una persona sobria y metódica, de hábitos espartanos y «parco en el vestir», un hombre que se toma la vida con mucha calma. Un comportamiento guiado, tal vez, por la enfermedad de corazón que le fue diagnosticada en Salamanca y que le obligó a pasar por el quirófano.

Ricardo Blázquez es también un castellano viejo. Pertenece a una modesta familia de siete hermanos (uno de ellos, trabajador en la Margen Izquierda), instalada desde hace generaciones en los roquedos abulenses. Su Villanueva del Campillo natal se levanta sobre un asentamiento vetón (tribu celtíbera) y en sus cercanías se ha encontrado el verraco más grande de España. El ídolo (del estilo de los toros de Guisando, pero mayor) ha sido plantado en medio de la Plaza de la Constitución, desde donde preside los destinos de este pueblo de un centenar de vecinos que se levanta a 1.600 metros de altitud junto al Puerto de Villatoro, cuajado de robles, piornos y encinas.

Quizá la pasión por viajar y por manejar pesados cacharros anidara en monseñor Blázquez cuando vio reptar de niño a los 'Barreiros' por las imposibles pendientes del Villatoro. La mecánica era una manera como otra cualquiera de derrotar al destino. Los vecinos le recuerdan de crío, camino de la vereda real, guiando con su vara de espino el rebaño de ovejas merinas de la familia. En la caballería, su hato con el saco de garbanzos y el puchero de loza, las trébedes y la manta de estameña. «Le tocaba fregar los cacharros. Era callado y obediente. Rodar que le mandaras hacía», recordaba uno de sus compañeros de partida que también le vio segar «a la hoz y a guadaña».

Con don Baldomero

El presidente de los obispos españoles pudo haber acabado de emigrante en Madrid, al igual que sus hermanos, o como modesto agricultor. Pero a don Vicente Mateos, un párroco llegado de Toro, no se le escapó el brillo de aquel chaval al que recomendó vivamente para el seminario. Ingresó en el otoño de 1955. En el Seminario Mayor de Ávila conocería a la persona que le confirió su «estilo como sacerdote»: don Baldomero Jiménez, formado en la escuela de Vitoria (seminario que poseía una biblioteca ingente en la escuálida España de aquellos tiempos) y abierto al mundo como pocos. Los seminaristas de Ávila estudiaban a fondo la poesía de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa (Blázquez es un apasionado de la mística abulense), leían revistas alemanas, italianas y francesas o se empapaban en Teilhard de Chardin. También acudió a aprender inglés (una de las siete lenguas que habla; hasta empezó a estudiar euskera) vestido con la sotana, el fajín rojo y el bonete con borla que distinguía a los sacerdotes diocesanos.

Pero sobre todo, aquellos años de granito le hicieron un asceta -«persona que se dedica particularmente a la práctica y ejercicio de la perfección espiritual», explica el diccionario de la RAE- y un apasionado de la historia. Dedicaciones que cultiva con paciencia. Aún mantiene la suscripción a la 'Historia de España' de Menéndez-Pidal, de la que se han editado ya 60 volúmenes desde que viera la luz el primero, en 1935, y que ocupan un lugar destacado en su ajuar.

Sin móvil ni ordenador

La biblioteca de monseñor Blázquez -«una gran biblioteca», según quienes la conocen- es su hobby. Cada año procura adquirir una obra básica para incorporarla a sus fondos; hablamos de la 'Enciclopedia Protestante' y de libros que, con certeza, alguien define como «obras que se tienen de pie» y aguantan el paso del tiempo. El obispo de Bilbao no tiene teléfono móvil y ha renunciado a usar el ordenador, pero es un lector y escritor infatigable. Siempre en folios muy bien aprovechados. Duerme poco y el tac-tac-tac de su máquina se escucha de madrugada en la segunda planta de la Casa de Ejercicios, aneja a la Basílica de Begoña, donde vive. Un dormitorio con cuarto de baño, un despacho y una sala de televisión conforman el 'apartamento', como llaman a esa área, que jamás se cierra con llave, las hermanas Carmelitas Misioneras Teresianas que le atienden. Nada de lujos. Cuando uno ha sido educado en la sobriedad de un pueblo pobre, «uno se conforma con muy poco».

El grupo de Salamanca

La biografía de monseñor Blázquez se remansa en Salamanca. Allí el teólogo se relaciona con Fernando Sebastián, Antonio Rouco Varela, Olegario González de Cardedal, Miguel Garijo, José Ignacio Tellechea y José María Setién, que asistieron desde la Pontificia a la crisis del curso 68-69. A uno de sus amigos, la Guardia Civil le asignó un agente que anotaba cada palabra de sus homilías. Con el tiempo, el perseguido acabaría casando a la hija del guardia civil.

Poco después, Ricardo Blázquez tuvo un encuentro trascendental en Roma. En la iglesia de Santa Andrea della Valle conoció a Kiko Argüello y a Carmen Hernández, que trabajaban entonces en un suburbio romano. De aquellos días surge, según quienes conocen bien al nuevo responsable de la Conferencia Episcopal Española, «una gran amistad», trufada de cercanía, pero también de cierta «distancia crítica». Blázquez está considerado el autor que ha realizado estudios más serios sobre el Camino de los 'kikos', al decir de algunos «su pasión oculta».

De vuelta a Salamanca, Rouco le pide que sea obispo auxiliar de Santiago. La estancia en la egregia ciudad gallega le empapa de diplomacia y discreción y del aroma alcanforado de una diócesis reverenciada y antigua. Cultiva también «la paciencia» que tan buen resultado le ha dado en Bilbao.

Paciencia que demuestra en una disposición constante. Es un obispo, dicen sus colaboradores, que recibe a todo el mundo y que jamás ha obligado a nadie a inventarse un «está ocupado». Uno de los rasgos más acentuados de su carácter es su atención perpetua a los problemas domésticos y familiares de sus allegados. «Tiene unas delicadezas grandes», sostiene uno de sus colaboradores. Telefonea cada semana a sus hermanos y de preferencia a Victoria, maestra, que vive en Madrid y con la que pasa largas temporadas su madre Florencia, de 90 años.

La familia, su patria

Aquí, sin embargo, no ha podido abismarse en los largos paseos con los que se relajaba en Castilla. Su opción del domingo por la tarde (su único tiempo libre) ha sido visitar los monasterios de la diócesis, a los sacerdotes enfermos, a las víctimas del terrorismo y los barrios obreros. Su mejor regalo, tropezarse con un paisano.

Su verdadera patria es la familia. Ricardo Blázquez añora las gentes y los paisajes de su niñez. Cada agosto marcha a Ávila, a pasearse junto al río Gama, a leer y a escribir, a celebrar misa en la parroquia del Santísimo Cristo del Velo (si puede, no falta al oficio del 14 de septiembre, que celebra con sus galas de obispo), a recuperar el sabor de las patatas machaconas con torreznos de sus años chicos y a escuchar el tañir de María de la O, la sonora y doméstica campana de 100 quintales. Esos días bendice la mesa familiar rezando un Padrenuestro y charla con sus vecinos Ezequiel, Matías, Goyo y Eugenio, para los que sigue siendo Ricardo. «Como uno más». Luego se toma unos días de descanso en solitario: jornadas de retiro, oración y lectura en la residencia franciscana de San Pedro de Alcántara. En ese mes y, puntualmente, organiza un encuentro en torno a una mesa del Parador Nacional de Gredos con Gabino Díaz-Merchán, antiguo presidente de la Conferencia Episcopal Española, en el que se dedican a arreglar el mundo durante la larga sobremesa.
Que buena falta hace. De su viaje a los hospitales y campos de refugiados de Luanda y a Malange, en 2001, cuando Angola estaba aún en guerra, volvió «tremendamente afectado» por la pobreza y la agonía de los heridos y con el susto en el cuerpo: el avión llegó a la pista tras describir círculos para evitar un posible disparo de las baterías antiaéreas de la guerrilla.

En su tierra, todo está siempre bien. Nadie le ha oído quejarse nunca. Uno de sus íntimos confía que tampoco nunca le ha visto «ni amargado ni desesperanzado». Ni siquiera en los días más hostiles en Bilbao cuando, seguro, no se permitió siquiera imaginar que se subía a la cabina de un camión y ponía tierra de por medio.