Ricardo Blázquez, un hombre tímido, paciente y recto, es también un viajero apasionado por la historia
Viajar
es una de sus pocas distracciones. Ricardo Blázquez conoce a la
perfección toda Europa y ha visitado Sudamérica y África. Sabe lo que es
vacunarse contra la fiebre amarilla y tomar las pastillas de 'Larial'
para prevenir el paludismo. Viaja desde joven, cuando no era tan fácil
ni tan asequible como ahora. A los amigos les recuerda aquel verano en
que, recorriendo Europa, se quedó sin un duro y tuvo que dormir en un
banco de la estación de Ginebra. Nada incómodo, por lo demás, para
alguien que creció en los seminarios de Arenas de San Pedro y Ávila, sin
agua caliente ni calefacción.
Quienes le conocen le califican de tímido, paciente, recto y
«sinceramente religioso». También hablan de una persona sobria y
metódica, de hábitos espartanos y «parco en el vestir», un hombre que se
toma la vida con mucha calma. Un comportamiento guiado, tal vez, por la
enfermedad de corazón que le fue diagnosticada en Salamanca y que le
obligó a pasar por el quirófano.
Ricardo Blázquez es también un castellano viejo. Pertenece a una modesta
familia de siete hermanos (uno de ellos, trabajador en la Margen
Izquierda), instalada desde hace generaciones en los roquedos abulenses.
Su Villanueva del Campillo natal se levanta sobre un asentamiento vetón
(tribu celtíbera) y en sus cercanías se ha encontrado el verraco más
grande de España. El ídolo (del estilo de los toros de Guisando, pero
mayor) ha sido plantado en medio de la Plaza de la Constitución, desde
donde preside los destinos de este pueblo de un centenar de vecinos que
se levanta a 1.600 metros de altitud junto al Puerto de Villatoro,
cuajado de robles, piornos y encinas.
Quizá la pasión por viajar y por manejar pesados cacharros anidara en
monseñor Blázquez cuando vio reptar de niño a los 'Barreiros' por las
imposibles pendientes del Villatoro. La mecánica era una manera como
otra cualquiera de derrotar al destino. Los vecinos le recuerdan de
crío, camino de la vereda real, guiando con su vara de espino el rebaño
de ovejas merinas de la familia. En la caballería, su hato con el saco
de garbanzos y el puchero de loza, las trébedes y la manta de estameña.
«Le tocaba fregar los cacharros. Era callado y obediente. Rodar que le
mandaras hacía», recordaba uno de sus compañeros de partida que también
le vio segar «a la hoz y a guadaña».
Con don
Baldomero
El presidente de los obispos españoles pudo haber acabado de
emigrante en Madrid, al igual que sus hermanos, o como modesto
agricultor. Pero a don Vicente Mateos, un párroco llegado de Toro, no se
le escapó el brillo de aquel chaval al que recomendó vivamente para el
seminario. Ingresó en el otoño de 1955. En el Seminario Mayor de Ávila
conocería a la persona que le confirió su «estilo como sacerdote»: don
Baldomero Jiménez, formado en la escuela de Vitoria (seminario que
poseía una biblioteca ingente en la escuálida España de aquellos
tiempos) y abierto al mundo como pocos. Los seminaristas de Ávila
estudiaban a fondo la poesía de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa
(Blázquez es un apasionado de la mística abulense), leían revistas
alemanas, italianas y francesas o se empapaban en Teilhard de Chardin.
También acudió a aprender inglés (una de las siete lenguas que habla;
hasta empezó a estudiar euskera) vestido con la sotana, el fajín rojo y
el bonete con borla que distinguía a los sacerdotes diocesanos.
Pero sobre todo, aquellos años de granito le hicieron un asceta
-«persona que se dedica particularmente a la práctica y ejercicio de la
perfección espiritual», explica el diccionario de la RAE- y un
apasionado de la historia. Dedicaciones que cultiva con paciencia. Aún
mantiene la suscripción a la 'Historia de España' de Menéndez-Pidal, de
la que se han editado ya 60 volúmenes desde que viera la luz el primero,
en 1935, y que ocupan un lugar destacado en su ajuar.
Sin
móvil ni ordenador
La biblioteca de monseñor Blázquez -«una gran biblioteca», según
quienes la conocen- es su hobby. Cada año procura adquirir una obra
básica para incorporarla a sus fondos; hablamos de la 'Enciclopedia
Protestante' y de libros que, con certeza, alguien define como «obras
que se tienen de pie» y aguantan el paso del tiempo. El obispo de Bilbao
no tiene teléfono móvil y ha renunciado a usar el ordenador, pero es un
lector y escritor infatigable. Siempre en folios muy bien aprovechados.
Duerme poco y el tac-tac-tac de su máquina se escucha de madrugada en la
segunda planta de la Casa de Ejercicios, aneja a la Basílica de Begoña,
donde vive. Un dormitorio con cuarto de baño, un despacho y una sala de
televisión conforman el 'apartamento', como llaman a esa área, que jamás
se cierra con llave, las hermanas Carmelitas Misioneras Teresianas que
le atienden. Nada de lujos. Cuando uno ha sido educado en la sobriedad
de un pueblo pobre, «uno se conforma con muy poco».
El
grupo de Salamanca
La biografía de monseñor Blázquez se remansa en Salamanca. Allí
el teólogo se relaciona con Fernando Sebastián, Antonio Rouco Varela,
Olegario González de Cardedal, Miguel Garijo, José Ignacio Tellechea y
José María Setién, que asistieron desde la Pontificia a la crisis del
curso 68-69. A uno de sus amigos, la Guardia Civil le asignó un agente
que anotaba cada palabra de sus homilías. Con el tiempo, el perseguido
acabaría casando a la hija del guardia civil.
Poco después, Ricardo Blázquez tuvo un encuentro trascendental en Roma.
En la iglesia de Santa Andrea della Valle conoció a Kiko Argüello y a
Carmen Hernández, que trabajaban entonces en un suburbio romano. De
aquellos días surge, según quienes conocen bien al nuevo responsable de
la Conferencia Episcopal Española, «una gran amistad», trufada de
cercanía, pero también de cierta «distancia crítica». Blázquez está
considerado el autor que ha realizado estudios más serios sobre el
Camino de los 'kikos', al decir de algunos «su pasión oculta».
De vuelta a Salamanca, Rouco le pide que sea obispo auxiliar de
Santiago. La estancia en la egregia ciudad gallega le empapa de
diplomacia y discreción y del aroma alcanforado de una diócesis
reverenciada y antigua. Cultiva también «la paciencia» que tan buen
resultado le ha dado en Bilbao.
Paciencia que demuestra en una disposición constante. Es un obispo,
dicen sus colaboradores, que recibe a todo el mundo y que jamás ha
obligado a nadie a inventarse un «está ocupado». Uno de los rasgos más
acentuados de su carácter es su atención perpetua a los problemas
domésticos y familiares de sus allegados. «Tiene unas delicadezas
grandes», sostiene uno de sus colaboradores. Telefonea cada semana a sus
hermanos y de preferencia a Victoria, maestra, que vive en Madrid y con
la que pasa largas temporadas su madre Florencia, de 90 años.
La
familia, su patria
Aquí, sin embargo, no ha podido abismarse en los largos paseos
con los que se relajaba en Castilla. Su opción del domingo por la tarde
(su único tiempo libre) ha sido visitar los monasterios de la diócesis,
a los sacerdotes enfermos, a las víctimas del terrorismo y los barrios
obreros. Su mejor regalo, tropezarse con un paisano.
Su verdadera patria es la familia. Ricardo Blázquez añora las gentes y
los paisajes de su niñez. Cada agosto marcha a Ávila, a pasearse junto
al río Gama, a leer y a escribir, a celebrar misa en la parroquia del
Santísimo Cristo del Velo (si puede, no falta al oficio del 14 de
septiembre, que celebra con sus galas de obispo), a recuperar el sabor
de las patatas machaconas con torreznos de sus años chicos y a escuchar
el tañir de María de la O, la sonora y doméstica campana de 100
quintales. Esos días bendice la mesa familiar rezando un Padrenuestro y
charla con sus vecinos Ezequiel, Matías, Goyo y Eugenio, para los que
sigue siendo Ricardo. «Como uno más». Luego se toma unos días de
descanso en solitario: jornadas de retiro, oración y lectura en la
residencia franciscana de San Pedro de Alcántara. En ese mes y,
puntualmente, organiza un encuentro en torno a una mesa del Parador
Nacional de Gredos con Gabino Díaz-Merchán, antiguo presidente de la
Conferencia Episcopal Española, en el que se dedican a arreglar el mundo
durante la larga sobremesa.
Que buena falta hace. De su viaje a los hospitales y campos de
refugiados de Luanda y a Malange, en 2001, cuando Angola estaba aún en
guerra, volvió «tremendamente afectado» por la pobreza y la agonía de
los heridos y con el susto en el cuerpo: el avión llegó a la pista tras
describir círculos para evitar un posible disparo de las baterías
antiaéreas de la guerrilla.
En su tierra, todo está siempre bien. Nadie le ha oído quejarse nunca.
Uno de sus íntimos confía que tampoco nunca le ha visto «ni amargado ni
desesperanzado». Ni siquiera en los días más hostiles en Bilbao cuando,
seguro, no se permitió siquiera imaginar que se subía a la cabina de un
camión y ponía tierra de por medio.