La Iglesia española se apunta al talante
La fama de Blázquez de hombre apaciguador, factor clave
el diario montañes.es
En tiempos de tribulación, los obispos han hecho mudanza. Haciendo
trizas todas las quinielas, Ricardo Blázquez, un simple obispo -ni
cardenal ni arzobispo-, ha tomado las riendas de la jerarquía
eclesiástica. El 'tal Blázquez', de quien hizo escarnio Xabier Arzallus,
es un hombre respetado entre sus colegas de la Conferencia Episcopal,
que han apostado por su talante prudente y conciliador para conducir los
próximos tres años de la Iglesia. Por apenas un voto Rouco no consiguió
ser reelegido para un tercer mandato. Enemistado con los prelados vascos
y catalanes, el cardenal y arzobispo de Madrid suscitaba también muchos
recelos entre los obispos herederos de Tarancón, un grupo muy reducido
pero que, a la postre, ha sabido maniobrar para que fructificase una
candidatura de consenso por ellos patrocinada.
La Iglesia también ha jugado la baza del talante. Por 40 votos, frente a
los 37 cosechados por su más directo rival, Ricardo Blázquez se ha
convertido en la cabeza visible de la Iglesia gracias a su fama de
hombre dúctil y apaciguador. Porque, descontado el temperamento, son
muchísimas más las semejanzas entre Rouco y Blázquez que las
diferencias. Ambos son clérigos espiritualistas y ambos no ocultan sus
veleidades por los movimientos neoconservadores de la Iglesia. «Resulta
llamativo que se pinte como moderado o reformista a un teólogo muy
cercano a Camino Neocatecumenal, de Kiko Argüello», dice un observador
de la vida eclesiástica crítico con Blázquez.
En su corta historia, que empieza en 1966, la Conferencia Episcopal
Española jamás había tenido un presidente que no fuera titular de una
archidiócesis. De los siete mandatarios que ha tenido el Episcopado,
todos han ejercido su jurisdicción sobre un territorio grande y cuatro
de ellos se ceñían el fajín cardenalicio. ¿Qué ha ocurrido entre los
obispos para que eligiesen a «un tal Blázquez»?
Culto y taimado
El
cardenal Antonio María Rouco Varela, que ha presidido la Conferencia
Episcopal desde 1999, es un hombre culto, inteligente, taimado, que ha
ejercido su mandato inspirado en el adagio que se invoca para definir la
diplomacia vaticana: mano de hierro en guante de seda. «Rouco es un
jurista que le da mucha importancia a lo que está prescrito; va detrás
de la norma. Le ha faltado un poco de imaginación para saber lo que iba
a suceder. Luego, en el trato personal, no era un modelo de simpatía»,
explica un perfecto conocedor de los entresijos de la Iglesia que
demanda permanecer en el anonimato.
Su sucesor, Blázquez, tampoco es la alegría de la huerta. Es verdad que
este abulense de Villanueva del Campillo, de 62 años. es una persona
tímida en el trato, pero se ha bregado durante diez años en una diócesis
muy conflictiva, circunstancia que le obligado a mantener los
equilibrios. No obstante, también tiene sus detractores, gentes que le
tachan de «pusilánime» y le acusan de haberse entregado a los brazos del
clero nacionalista. «San Agustín decía que la prudencia era la
moderación en la acción. Pues bien, de Blázquez no se puede predicar la
virtud de la prudencia porque, más que actuar, se ha inhibido», dice un
diocesano muy decepcionado con su gestión.
Jaime Larrinaga, párroco de Maruri (Vizcaya) que tuvo que abandonar ese
pueblo por presiones nacionalistas y amenazas de ETA, dice que cuando
fue acosado y perseguido, encontró el «apoyo y cariño» de Blázquez. Con
todo, Larrinaga no se recata al sentenciar que el prelado de Bilbao «ha
estado amordazado y maniatado» por la pastoral nacionalista.
Tensión nacionalista
La cuestión del nacionalismo es un elemento de tensión que afecta a la
Iglesia. Cuando los prelados vascos, Blázquez incluido, publicaron la
carta pastoral 'Preparar la paz', en la que advertían de las
«consecuencias sombrías» de la ilegalización de Batasuna, el Gobierno
del PP montó en cólera y presionó a Rouco. El cardenal y arzobispo de
Madrid promovió entonces la publicación de la instrucción pastoral
'Valoración moral del terrorismo', que era una condena en toda regla del
«nacionalismo exacerbado» y el derecho de autodeterminación. El
documento produjo una crisis con los obispos vascos y catalanes, que
ahora han aprovechado para pasarle factura.
Al margen del sentimiento nacionalista, Rouco generó bastantes
suspicacias al crear la imagen de una Iglesia excesivamente identificada
con el PP. Motivos no le faltaban para estar agradecido a Aznar: logró
del PP un área de enseñanza religiosa hecha a la medida de los obispos.
Al ex presidente de la Conferencia Episcopal se le reprocha que sus dos
mandatos hayan estado excesivamente revestidos de un espíritu
'presidencialista'. Y es, estatutariamente, el presidente del Episcopado
no es sino un primus inter pares. Con independencia del tamaño de sus
diócesis, todos los obispos son iguales en dignidad y autoridad y sólo
prestan obediencia al Papa. La elección de Blázquez es, según todos los
analistas, un voto por la colegialidad y en contra del personalismo.
Maquinaria electoral
Para fuentes conocedoras de la Conferencia Episcopal, lo sorprendente no
es que al cardenal Rouco le haya faltado un voto, «sino que haya
conseguido tantos». La maquinaria para conseguir apoyos a favor de Rouco,
con la inestimable ayuda del Vaticano, estaba bien engrasada, pero sus
adversarios, una alianza de obispos nacionalistas, taranconianos y
moderados, no se han quedado atrás. Desde hace tiempo habían preparado
una estrategia bien diseñada para desbancar al arzobispo de Madrid con
una candidatura que no concitase inquinas en ningún bando. No había
mucho donde elegir y emergió la figura de Blázquez, uno de los obispos
más estimados por sus compañeros.
En ese sistema de contrapesos que gusta tanto a los obispos, la
jerarquía católica ha colocado al lado de Blázquez a Antonio Cañizares,
arzobispo de Toledo, como vicepresidente. Cañizares es un hombre duro,
belicoso, con magníficas relaciones en la Santa Sede. «Cañizares se
mueve en el Vaticano como una ardilla en un bosque, lo cual no es muy
evangélico», dice una persona que le conoce. Además, los obispos han
elegido un Comité Ejecutivo presidido por el afán de equilibrio. Entran
en este comité el arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, un hombre de Rouco;
el arzobispo de Barcelona, Lluís Martinez Sistach, tenido por
nacionalista moderado; y el arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo, que no
goza de grandes simpatías.
En manos de Blázquez y todos los demás obispos está resolver los retos
de una Iglesia que pierde peso en una sociedad cada vez más secularizada
y donde avanza la indiferencia religiosa.