ANUNCIACION

Nicodemo pregunta a Jesús, "¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?" (Juan 3,4). Esta frase ilustra el espíritu de las Comunidades Neocatecumenales: volver al seno de la Iglesia, regresar a nuestra Madre, la Virgen, para que pueda regenerar en nosotros la semilla del bautismo que llevamos dentro, y hacerla crecer. Este tiempo de gestación y crecimiento es lo que llamamos Neocatecumenado. María, la imagen de la Iglesia y de todos los Cristianos, recibe el anuncio de la gozosa buena nueva: el Mesías nacerá en ti. Después de que ella haya aceptado estas palabras, el Espíritu Santo la cubre con su sombra y comienza la gestación de la nueva criatura: Jesucristo, que se irá formando gradualmente hasta el día de su nacimiento en Belén. Anunciación, gestación, nacimiento y vida oculta en la pequeña comunidad de Nazaret donde el niño crecerá hasta alcanzar la edad de emprender la misión que su Padre le ha encomendado: éstos son los pasos por los que nosotros mismos deseamos pasar, convencidos de que, a través de ellos, se renueva la Iglesia, para dar una respuesta a los nuevos tiempos y servir al mundo moderno. Cristo, que ha sido constituido por Dios, espíritu dador de vida, como el primogénito de una nueva creación, hace su obra de salvación accesible al mundo en la Koinonía, en el Banquete de un pueblo resucitado por él en una Iglesia, una comunidad de hombres que se aman unos a otros, a causa del Espíritu derramado sobre ellos, que es, el Espíritu Santo. El Neocatecumenado aparece como un periodo de gestación, en el seno de la Iglesia. En este pueblo que, como María, dice "Amén" a la anunciación del Salvador, la Palabra comienza a gestar una nueva creación, la obra del Espíritu Santo. La Iglesia se presenta como Madre que engendra, da a luz, y educa a sus hijos hasta que alcanzan la estatura del nuevo hombre de quien San Pablo dice, "Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí." (Gal 2,20) Y esta comunidad, en la que Cristo se hace visible, vive en humildad, sencillez y alabanza, como la Sagrada Familia de Nazaret, siendo consciente de que tiene una tarea que realizar: dejar que Cristo crezca en ella para llevar a cabo la misión que le ha confiado Dios, la misión del Siervo de Yahvé.