Mensaje del Papa al inaugurarse la Casa de Galilea en Tiberíades (Israel)

 

El Papa recuerda con emoción su peregrinación jubilar a Tierra Santa

 

CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 19 enero 2004 (ZENIT.org).- La celebración el pasado 11 de enero del rito de Dedicación de la Capilla del Centro Internacional «Domus Galilaeae» (Casa de Galilea) --en el Monte de las Bienaventuranzas-Korazim, en Tiberíades (Israel)--, ha sido ocasión para que Juan Pablo II recordara «con emoción» su viaje jubilar a este lugar, «no lejos de donde Jesús realizó la primera multiplicación de los panes».

 

Así lo reconoce en un mensaje --difundido este sábado por la sala de prensa de la Santa Sede-- a Su Beatitud Michel Sabbah, Patriarca de Jerusalén de los Latinos, quien presidió en la fiesta del Bautismo de Jesús la solemne dedicación de esta capilla.

 

El nuncio apostólico en Israel --el arzobispo Pietro Sambi--, el custodio franciscano de Tierra Santa –padre Giovanni Battistelli--, algunos obispos y superiores de comunidades religiosas en Tierra Santa, profesores de las Facultades bíblicas de Jerusalén y representantes de movimientos eclesiales acudieron a esta celebración junto a los iniciadores del Camino Neocatecumenal –promotor de «Domus Galilaeae»--, Kiko Argüello, Carmen Hernández y el padre Mario Pezzi.

 

La celebración tuvo lugar en el marco de un importante encuentro internacional de 250 «itinerantes» del Camino Neocatecumenal procedentes de 108 países. A todos quiso dirigir su saludo el Papa deseando que «este importante evento» aliente a «renovar la propia adhesión a Cristo, Redentor del mundo».

 

«La Virgen de Nazaret, Madre de la Iglesia y Estrella de la Nueva Evangelización, guíe el camino de los creyentes en Tierra Santa y obtenga para ellos el don de una fidelidad cada vez más valiente al Evangelio», expresó Juan Pablo II.

 

«Domus Galilaeae», un complejo de líneas extremadamente moderas que se funden con la naturaleza del entorno, es un gran centro de formación, principalmente para sacerdotes y seminaristas, de estudio y de acogida de peregrinos.

 

Comprende actualmente la nueva iglesia, el auditorio, alojamiento para al menos 200 personas y el santuario de la Palabra, éste último un «lugar acogedor –dice el Papa, quien lo bendijo el 24 de marzo del 2000-- para quien desea escrutar las Sagradas Escrituras en un clima de oración y de contemplación».

 

«Recuerdo con emoción [esta] peregrinación apostólica, cuando precisamente en el Monte de las Bienaventuranzas, no muy lejos de donde Jesús realizó la primera multiplicación de los panes, tuve oportunidad de celebrar la Eucaristía ante muchos fieles de Tierra Santa y numerosísimos jóvenes del Camino Neocatecumenal».

 

En aquella ocasión, cien mil jóvenes desafiaron a la lluvia y al frío para ver al Papa y participar en la celebración eucarística. La mitad de los participantes de aquel encuentro, el más multitudinario organizado por la Iglesia en el Estado de Israel, eran miembros de las comunidades neocatecumenales. En total, no menos de ochenta países estuvieron representados, con la presencia también de cristianos ortodoxos, judíos y musulmanes que conviven con las comunidades cristianas locales.

 

«La Capilla que ahora es solemnemente dedicada --continúa el Papa en su mensaje a monseñor Sabbah--, ofrece la posibilidad de contemplar el sumo misterio de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, y el fresco del Juicio universal, que enriquece el ábside, invita a dirigir la mirada a las realidades últimas de la fe que iluminan nuestra peregrinación diaria sobre la tierra».

 

Inspirado en un icono del siglo XV, junto a contenidos «de la pintura moderna, como la de Matisse», el fresco ha sido pintado por Kiko Argüello: «Es importantísimo encontrar nuevas fórmulas estéticas para la evangelización», explicó a «Radio Vaticana».

 

«Se ha querido en esta iglesia, desde lo alto del Monte de las Bienaventuranzas, este fresco del Juicio Universal en el que se ve en lo alto al Padre y la Jerusalén Celeste; en el centro a Cristo, la Virgen, Juan Bautista, Adán y Eva, y abajo están el infierno y el paraíso», describió Argüello.

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