(CAMINEO.INFO)- En los tiempos que corren, parece perderse el sentido de las celebraciones venideras; y es que aún hoy, canta el gallo tres veces con mayor fuerza, si aún cabe. Estamos a nueve días del inicio de la Semana Santa, la semana grande por excelencia, finalizando la cuaresma, que es preparación de los cristianos para días de recogimiento, agradecimiento y adoración; que culminará con la gran fiesta de la Pascua, la alegría, la liberación. ¿Qué hacemos nosotros?
¿Cuánto amas a Cristo? ¿Hasta dar mi vida, como diría San Pedro? Seguramente cantaría el gallo de nuevo, pero eso no indicó la falta de amor de Pedro, sino su debilidad. Entonces ¿cuánto le amas? Pues sí, darías su vida por él y cantaría el gallo de nuevo. Lo que Pedro quiso decir en esos momentos es el mismo sentimiento impulsivo que nos lleva a decir lo mismo. Luego, Cristo, enseñándonos el verdadero amor, dará la vida por nosotros para enseñarnos la gran diferencia de su amor, con respecto al de Pedro y al nuestro.
Esto no quiere señalar una falta de amor, sino una diferencia de estatura, una diferencia de condición. Ahora bien, si estuviéramos despojados de la esclavitud del pecado, llenos del Espíritu y amados de Dios, haríamos cualquier cosa por encima de la carne, incluso dar la vida, como hizo él mismo. Si estuviéramos tocados por la perfección celestial y la divinidad del Hijo, sería todo más fácil a nuestros ojos, a nuestro espíritu y a nuestra alma. Sólo hay una diferencia entre Cristo y nosotros (¿gran diferencia?): Él es Dios y nosotros no. Sí, aunque parezca de risa, Él es Dios y nosotros no.
¿Qué quiero decir con esto? Simplemente que, aunque parezca una distancia inalcanzable, no lo es tanto como para perder toda la esperanza. Si Jesucristo fuera de cuatro metros de altura, cinco ojos, dos corazones y seis piernas, la distancia sería insalvable, nosotros no podríamos llegar nunca a semejante igualdad. Sin embargo se hizo en todo igual a nosotros menos en el pecado, por tanto, si nos despojamos del pecado, tendremos las mismas respuestas a las oportunidades que tuvo él, aunque siempre será por medio de él.
Él, que se hizo como nosotros para que nosotros pudiéramos recorrer el mismo camino, para que la distancia no fuera insalvable, nos presenta la oportunidad de ser como él, imitadores de él y por tanto semejantes a él. Entonces ¿Porqué yo no doy mi vida como lo hizo él? Porque yo no soy él, es lo que realmente me falta. Sin embargo soy parte de él, soy parte de su cuerpo, soy Iglesia, soy un miembro del cuerpo que le forma y si él, cabeza, ha dado su vida, yo miembro, estoy llamado a dar mi vida (como Pedro intuyó). Jesucristo está vivo y presente en su Iglesia, como cabeza, para que la Iglesia, como cuerpo, pueda dar la vida. Y así lo hizo Pedro; en el momento que Cristo subió al cielo y los apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, amó a Jesucristo hasta dar la vida por él, por la Iglesia, por el amor al Evangelio.
Pedro amaba a Jesucristo hasta dar su vida, y la dio cuando fue Iglesia, comprendió quién era la cabeza y se hizo semejante, igual a la cabeza. ¿Iguales a Cristo? No, el mismo Cristo dentro de nosotros, como cabeza, imagen de la sabiduría, es el que llevó a Pedro y me lleva a mí a ser semejante a él. Si la cabeza está en el cielo, sentado a la derecha del padre, la Iglesia está en el cielo, en la vida eterna; y si ya es eterna, ¿A qué el miedo a la muerte? De ahí Pedro, convertido en San Pedro mártir por Jesucristo.
Jesucristo no recriminó a Pedro su falta de amor cuando le dijo que el gallo cantaría, ni en ningún momento quiso decirle que no le amara, sino que expresó el largo camino que aún le quedaba a Pedro para entender el amor de Jesús y el verdadero amor al que Pedro estaba llamado sin saberlo. Cuando cantó el gallo, Pedro lloró amargamente (en algunos relatos piadosos, se habla de que las lágrimas le hicieron dos surcos en el rostro).
¿Y porqué lloró Pedro? ¿Por su falta de amor; porque sentía haber traicionado al maestro; porque era el fin de todo lo que había soñado; porque acaso ya no vería más a su líder? ¿Qué sería todo lo que se cruzó por la mente y el corazón de aquél hombre? Simple, pero profundamente, Pedro lloró al sentir el inmenso amor de Jesucristo; entendió el mensaje lleno de amor que Cristo le enviaba con el canto del gallo y lloró la pasión que en ese momento arrancaba y que todavía hoy dura; lloró y comprendió. Tal vez en ese momento Pedro se estaba convirtiendo en la cabeza de la nueva Iglesia, en el representante terrenal en el primer `cristo´ después de Cristo. Y a partir de ese momento, la pasión, el tormento, la crucifixión, la muerte.
Todos hemos estado allí. Sí, hemos estado allí decidiendo la liberación de Barrabás; hemos estado allí señalando a Pedro y obligándole a negar a su Mesías; Hemos estado allí cuando atado a una columna se burlaban de él mientras le daban horrorosos latigazos y sufría terribles tormentos; hemos estado allí cuando se conspiraba en el sanedrín para llevarle a Pilatos; Porque todo eso eran nuestros pecados y todo eso fue lo que supo Pedro que iba a pasar.
El primer sí de Pedro fue el de un fanfarrón; seguramente un soberbio engreído intentando parecer alguien seguro de sí mismo, autosuficiente y orgulloso de seguir y sentir al Mesías. Su amor y admiración hacia Jesucristo serían grandes, incomparables, más era amor terrenal invadido de los defectos del protagonismo y de la esclavitud del pecado. Cuando posteriormente Jesús, una vez resucitado, le vuelve a preguntar por ese amor, hasta tres veces, haciendo alusión de nuevo a las negaciones, Pedro no puede más que agachar la cabeza y humillarse y contestar que sí, desde su debilidad, desde el conocimiento de sí mismo, con el mismo amor que la otra vez, pero ahora desde una profunda conversión a través del sufrimiento provocado por su pecado.
¿Cuántas veces, como Pedro, habremos llorado? Pedro se encontró con un amor inefable que le nombraba cabeza de la Iglesia y que hoy es Benedicto XVI (las herencias, como el pecado original, van por los siglos de los siglos). Como Pedro no era nadie sin Cristo, la Iglesia de hoy, el Pedro de hoy, no son nadie sin ese Cristo. Yo, Imagen de la Iglesia, templo del Espíritu Santo, y, por tanto, imagen de Cristo, soy también imagen de Pedro y llevo esa misma herencia. Estoy condenado por Adán, y por Pedro, a negar a Jesucristo desde mi dimensión de soberbio, desde mi condición de pecado; y estoy ala vez, condenado a entregarme a Jesucristo, a ser rescatado por él, como Adán y como Pedro, desde mi condición humilde y de conversión.
Y lloro como Pedro, lloro el inmenso amor de Jesucristo; lloro su pasión que aún continúa; mi alma está llena de surcos, mi cuerpo de heridas, mi corazón de llagas. Soy parte de esa pasión que continúa, ya que, cuando sufro, está sufriendo Cristo conmigo y sólo cuando siento, veo, conozco, alcanzo la dimensión del amor de Cristo por mí, es cuando un gozo inefable me invade. Se experimenta una nueva resurrección, y mi regreso a la vida de hijo inmortal, no es otra cosa que la repetición de la victoria de Jesús sobre la muerte.
Somos llamados para ser pasión, no para provocarla; es decir, nosotros, hijos inmortales, herederos en vida, agraciados con la plenitud, premiados con la filiación divina, somos resurrección para los que sufren, somos vida eterna para los que mueren, somos Jesucristo resucitado, Señor y Rey, para los que son Jesucristo en la pasión, en la negación.
Porque ¿Quién no es Cristo? Sólo no se es Cristo para los que no vino Cristo; y si Cristo vino por todos y para todos, entonces ¿Quién no es Cristo? Más hay dos hombres, dos condiciones, dos estados de la existencia; y para las dos situaciones bajó del cielo, padeció, murió y resucitó.
La auténtica muerte de Cristo, la sentencia, la condena, fue la negación de Pedro, ya que éste descartó la posibilidad de que alguien le defendiera, de que un valiente (en términos humanos, abogara por él). Cristo quedó solo ante los hombres, para que los hombres, tarde o temprano, como Pedro, nos quedáramos solos ante él, y al final, la verdadera resurrección, el objeto y el sentido de ésta, tomó su verdadera profundidad cuando Pedro le amó desde la visión de su propia pasión y pecado. Entonces Cristo, pudo dejar un sucesor, tan necesitado de él, que sería por siempre. Y así es siempre: Nosotros necesito a Cristo y necesitamos a Pedro. Cristo continúa su obra en Pedro y Pedro continúa la obra de Cristo en la Iglesia, por tanto en nosotros; y a la vez, somos Iglesia, somos Pedro, somos Cristo. Pero somos nueva Iglesia, nuevo Cristo, nuevo Pedro y al convertirnos en imagen de ellos, en hreflejo, en luz para los que son la Pasión, para los “Pedros” que aún le siguen negando.
El gallo empezó a cantar hace mucho tiempo y todavía no ha terminado de hacerlo. Es una regeneración individual y continua. Más explícitamente, es un camino de transformación, de conversión: desde el Pedro que le niega, hasta el Pedro mártir por el Evangelio. Y cada uno está en un estadio de ese individual recorrido.
Podemos estar negando de continuo a Cristo, podemos estar llorando esa misma negación, podemos estar agazapados en la humildad y el reconocimiento, o, por último, dispuestos a dar la vida por aquel que se entregó por nosotros. Son pues cuatro niveles que no llevan una sucesiva y determinada escala; pues un día estamos en el primer escalón, y al día siguiente estamos en el cuarto, dando la vida por Jesucristo. Cierto es, que a mayor conversión, más tiempo se permanece en los dos últimos escalones; pero eso sí, el mérito nunca será nuestro.
Pedro, el arrepentido, el dolido, el que no se atreve a decir más que “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”, esperó el último escalón, la entrega definitiva, el regalo y la donación a la Iglesia, de su ser, como símbolo de sacerdocio; al que todos estamos llamados. Porque no somos otra cosa que la descendencia de Abraham, llamados a ser sacerdotes, profetas y reyes.
Pero ¡Cuánto queda todavía! Cuanto más cerca, más lejos; cuanta más luz dentro del corazón, más se ilumina la suciedad de nuestras almas. No hay nada que quede oculto a la luz; y si esa luz es Cristo; el sol que nos visita de lo alto, gracias a la entrañable misericordia de nuestro Dios, esa luz ilumina hasta lo que estaba oculto incluso a nosotros mismos. Más, según ilumina, también purifica; pero sólo purifica si, como Pedro, te humillas y le reconoces: “Señor tú lo sabes todo”. Porque Pedro fue el primer gran humilde de la Nueva Era. Además ¿Cómo negar a la luz lo que ha visto dentro de ti? ¿No será mejor entrar en la humildad y no ser necio?