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 (CAMINEO.INFO)- Cartel anunciador de la Cuaresma |
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(CAMINEO.INFO)- Cartel anunciador de la Cuaresma | Inicio de Cuaresma
17-02-2007
José Luis Turiel
(CAMINEO.INFO)- En la Cuaresma la Iglesia vive un combate espiritual intenso, como tiempo de ayuno y de prueba. Constituye una experiencia de desierto que, al igual que en el caso del Señor, se prolonga durante cuarenta días. Así lo manifiestan también los cuarenta años de peregrinación del pueblo de Israel por el Sinaí. Pero si los israelitas no pudieron -ni siquiera Moisés- superar la prueba del desierto y entrar en la Tierra Prometida, Cristo, después del ayuno, venció el combate contra el mal y sus consecuencias. El cristiano, por tanto, al cumplir el ejercicio cuaresmal y recorrer el camino que culmina en la Pascua, comparte con Cristo la experiencia de la victoria sobre la muerte y el pecado, y puede así entrar en la auténtica Tierra Prometida, el Reino de los Cielos.
En la liturgia del Miércoles de Ceniza, la Iglesia nos hace repetir el versículo «Misericordia, Señor, hemos pecado» (salmo 50, miserere). Tenemos, pues, la invitación a darle a Dios la alegría del reencuentro: nuestra contrición, el arrepentimiento de nuestros pecados.
Cuenta una leyenda que cierto día los ángeles hicieron una reunión en el cielo. Decidieron que uno de ellos bajaría a la tierra para buscar las cosas más bellas que había en nuestro mundo, y así pudieran luego admirar en ellas la grandeza de ese Dios que las había creado.
Bajó uno y estuvo buscando durante mucho tiempo aquello que podría considerar lo más hermoso de todo cuanto viera. Encontró una bellísima rosa roja, y la llevó a la presencia de los suyos. Los ángeles se admiraron con esa obra maestra de Dios, y gozaron de su tersura, de su color y de su aroma. Sin embargo... pensaron que quizá hubiera todavía cosas más hermosas en la tierra, y pidieron al ángel que volviera a buscarla.
Estuvo recorriendo montes y valles, países y continentes, buscando aquello que pudiera recrear y complacer a los ángeles, para que descubrieran ahí la grandeza del Dios que lo había creado. Encontró el ángel un niño pequeño, un bebé lleno de ternura; sus ojos hreflejaban la hondura del amor divino. El niño sonreía a todos, y cuando llegó con los ángeles continuaba sonriendo, Vieron ellos en esa sonrisa y en esa belleza el hreflejo de Dios. Pero... vuelve, le dijeron, quizá encuentres todavía algo más bello.
Volvió, pues, el ángel, y acertó meterse a una iglesia. Encontró en la primera banca rezando a un anciano. El anciano hacía un recuento de su vida, y descubría sus muchos pecados y la mano misericordiosa de Dios que siempre lo había asistido. Rodaron entonces dos gruesas lágrimas por sus mejillas, y el ángel rápidamente logró depositarlas en el cuenco de su mano. Cuando llegó a la presencia de los otros ángeles, todos estuvieron de acuerdo en que esa era la cosa más bella que podía haber sobre la tierra.
La Iglesia en su sabiduría nos hace repetir ¡tres veces! «Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa», ya que siempre buscamos echar la culpa a otros. Y, mientras repetimos tres veces que la culpa es nuestra, nos golpeamos también tres veces, porque siempre tendemos a golpear a otros.
CEM
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