(CAMINEO.INFO) - Mis queridos diocesanos:
El próximo día 3 de junio, Solemnidad de la Santísima Trinidad, celebra la Iglesia en España, la Jornada “Pro Orantibus”. En esta Jornada recordamos de un modo particular a las mujeres y hombres que dedican su vida a seguir más de cerca a Cristo, cuando se retiraba al monte a orar en el silencio de la noche, como expresión de su amor al Padre y para interceder en favor de toda la familia humana.
1. Un silencio elocuente
El lema de este año es altamente significativo:“Un silencio elocuente”, es decir, un silencio lleno de susurro divino, que se hace elocuente para quien quiera escuchar: ¡Dichosos, bienaventurados, los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan en silencio en su corazón!
El silencio elocuente de la vida contemplativa ha sido valorado en el Concilio Vaticano II cuando nos recuerda que la vida de los contemplativos "ocupa un puesto eminente en el Cuerpo místico de Cristo" (Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 7). Su vida transcurre en la soledad y el silencio, dedicados asiduamente a la oración y entregada con generosidad a las obras de penitencia. Encarnan unos valores incomprendidos por muchos, pero aceptados, sin reservas, por quienes entienden la peregrinación del hombre sobre la tierra desde la perspectiva de Dios.
2. Los contemplativos, lenguaje de Dios
La vida contemplativa tiene un valor de signo y de testimonio. Nos recuerda a los que vivimos inmersos en nuestras actividades que sólo hay una cosa necesaria: la escucha de la Palabra de Dios (cf. Lc 10, 38-42). Dios anhela tu presencia. Tu Presencia amorosa, orante, de hijo, de hija. Te quiere más que a nada en el mundo. Como tú no hay nadie para Él. Eres único e insustituible. Dios te repite: "No temas que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre y eres mío…Y es que tú vales mucho para mi, eres valioso y yo te amo" (cf. Is 43,1-4). Este lenguaje de Dios aparece expresado así por el salmista: “Escucha, hija, mira, inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza” (Sal 44,11-12).
Creo que esta llamada es una invitación al silencio. Sin embargo, para escuchar es preciso olvidar "la casa paterna", es decir, todo lo referente a la vida natural, a esa vida de la que quiere hablar el apóstol San Pablo: "Si vivis según la carne, moriréis" (Rm 8,13). En una palabra "nuestro yo" hay que olvidarlo, renunciar a él. Y cuando el alma ha logrado esa ruptura, cuando se halle libre de todo eso, el Rey queda prendado de su belleza. Pues la belleza es la unidad, al menos esa es la belleza de Dios.
Este lenguaje de Dios, propio de los contemplativos, nos recuerda las páginas tan exigentes de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, que cantaron también la hermosura de Dios y el amor desmesurado. La fórmula de las "cuatro pasiones" (gozo, esperanza, dolor y temor) recuerdan la necesidad de una cuidadosa vigilancia y del perdón de Dios que él siempre nos ofrece. Si estas cuatro pasiones no están perfetamente orientadas hacia Dios, no seré un alma solitaria, habrá siempre ruídos en mi. Por tanto, necesito el sosiego, el sueño de las potencias, la unidad de todo el ser para entrar en la adoración y contemplación.
3. Testimonio del silencio elocuente de Sor Isabel de la Trinidad
En esta solemnidad de la Santísima Trinidad os presento brevemente el testimonio elocuente de Sor Isabel de la Trinidad. La voz que escuchemos aquí será una voz de silencio, pero voz fraterna. Lo primero que tenemos que "orientar hacia Dios" y que adornar con el "hermoso silencio interior" es todo ese mundo que hay en nosotros. Lo interior es decisivo y Sor Isabel de la Trinidad nos lo recuerda a todos: "Esta mejor parte, que parece, que es privilegio mío en mi querida soledad del Carmelo, Dios la ofrece a todos los bautizados. Nos la ofrece a todos en medio de nuestras preocupaciones e inquietudes".
“Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, pacifica mi alma, haz en ella tu cielo, tu morada, más querida”.
Sor Isabel concentra su lenguaje místico en torno a tres conceptos:
a) La unidad interior, que es estar "toda entera en la unidad de mi ser", que se opone a las rupturas y al tumulto de los "actos" que provienen de las pasiones y que hacen que el alma y sus energías vitales no estén en paz ("sosiego", "sueño de las potencias"), no estén "perfectamente orientadas a Dios".
b) El silencio interior, que se opone al "ruido" y a las voces de todo ese "pueblo" exterior: "sensibilidad", "recuerdos", "emociones", etc.
c) La atención a Dios. "Es preciso que el alma tenga la fe muy despierta y sus bellos ojos puestos en su Maestro". Tampoco aquí podemos dejar de pensar en el deseo que Sor Isabel formula en su oración: "Pacifica mi alma… Que nunca te deje solo allí, sino que esté por entero allí contigo, bien alerta en mi fe, en total adoración y completamente entregada a tu acción creadora". En el clima pascual en el que se mueve, repite: "Por su amor lo perdí todo" (cf. Flp 3,8), mirando únicamente al Amado y al Amor. Ya tan solo tiene ojos para la Vida y para el que vive. Por eso ella ora así: "Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro...".
4. Signo y testimonio
La vida contemplativa tiene, en efecto, un valor de signo y testimonio tal y como lo hemos indicado. En nuestra querida y amada Diócesis de Cádiz y Ceuta existen ocho monasterios de clausura. Ellos están como en el corazón del mundo, viven dentro del corazón de la Iglesia. Al rogar por ellas, en esta Jornada, nos sentimos también estimulados por su ejemplo, para vivir la dimensión contemplativa de nuestro ser cristiano.
La dimensión contemplativa de la vida cristiana se realiza en la escucha y meditación de la Palabra de Dios, en la participación de la vida divina que se nos transmite por los sacramentos, muy especialmente, por la Eucaristía, en la oración litúrgica y personal, en el deseo constante de la presencia de Dios y la búsqueda de su voluntad.
5. Agradecimiento y colaboración
Doy gracias a Dios de todo corazón por haber otorgado a esta Iglesia de Cádiz y Ceuta una presencia tan numerosa de personas consagradas en la vida contemplativa.
Pido también a la Santísima Virgen, Madre y Modelo de la vida consagrada, que bendiga a nuestros monasterios con abundantes vocaciones, y conceda a todas ellas la fidelidad en su santa vocación, para gloria de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, y bien de toda la familia humana.
Por último, deseo también recordaros la necesidad de apoyo económico a estas hermanas nuestras. Que su vida de silencio elocuente y de oración suba como incienso en la presencia del Señor.
Reza por vosotros, os quiere y bendice,
+ Antonio Ceballos Atienza
Obispo de Cádiz y Ceuta