(CAMINEO.INFO) - Queridos hermanos y hermanas:
Como en años anteriores, os escribo esta carta a vosotros, los laicos cristianos, con la vista puesta en la próxima fiesta de Pentecostés. Animados por los sacerdotes que acompañan vuestro itinerario creyente, esperáis de nuevo que el Espíritu de Dios se desborde en nuestra Iglesia, en cada una de sus comunidades, en vuestras familias y en la persona de cada uno de vosotros.
Dado que este año celebramos el Año Jubilar de un gran educador, San José de Calasanz, quiero recordaros algo que os dije con ocasión de la apertura de este jubileo: la responsabilidad que tenemos de incrementar el sentido vocacional de nuestras vidas. Os decía en mi carta pastoral «Por la señal de la Santa Cruz...»: «para cada uno tiene el Señor un proyecto, una vocación. Descubrir cuál es y seguirla con decisión es responsabilidad nuestra. Pero, además, es garantía de felicidad. Vivimos tiempos poco propicios para acoger la vocación que Otro nos hace; es la nuestra una época en la que parece que la cumbre de la personalidad y, por tanto, de la felicidad está en que cada cual se haga a sí mismo, decidiendo qué quiere ser en función de criterios casi siempre utilitaristas. Sin embargo, una aportación cristiana nada despreciable para conseguir la felicidad es la convicción de que no estamos solos, ni somos tan autónomos que el sentido de nuestra vida sólo dependa de nosotros mismos. La fe cristiana nos recuerda que somos criaturas, nada más y nada menos. Otro, que tiene cálidas manos de padre y de madre, nos ha soñado y nos ha señalado una tarea, un servicio, un lugar en la vida junto a otros. Es la vocación, que tanto puede ser vocación a la vida familiar, como al servicio sacerdotal o religioso; vocación para desarrollar el mundo en una profesión secular, como llamada a dedicarse al servicio espiritual y corporal de los hermanos a tiempo completo y bajo el signo de la total gratuidad. La experiencia vital de San José de Calasanz manifiesta sobradamente que la felicidad es acoger, con un corazón libre y generoso, la vocación que Dios hace a cada uno de sus hijos.»
La situación cultural que actualmente vivimos en Europa choca frecuentemente con la Iglesia y su mensaje, lo cual repercute negativamente sobre esa conciencia o cultura vocacional, que la Iglesia propone como camino de vida para todo ser humano. Ante esta situación, algunos piensan que es mejor actuar con paciencia y diálogo; escuchando, sin imponer metas demasiado arduas, las dificultades que nuestros hermanos tienen para confiar en Jesucristo; procurando no herir las diferentes sensibilidades, siendo capaces de tolerar y valorar todos los puntos de vista. Otros, por el contrario, defienden una opción en consonancia con el agresivo marketing de la economía de mercado que nos envuelve, “vendiendo” sin tapujos, ni miedos, ni vergüenza alguna, la propia fe como la mejor opción posible para nuestras vidas.
Conviene no despreciar lo que de acertado hay en ambas posturas, que no son necesariamente irreconciliables. Desde luego que la empatía con las preocupaciones y el modo de pensar de aquellos a quienes queremos ofrecer el tesoro que es el mensaje de Jesucristo, resulta imprescindible. Si pretendemos entrar en su corazón como entraría un elefante en una cacharrería, podemos estar seguros de que harán todo lo posible por alejarnos de ellos. Pero esto no significa que debamos hacer la propuesta cristiana con pusilanimidad. Partimos de una convicción personal que da paz, gozo y entusiasmo a nuestra vida y tampoco nosotros podemos callar lo que hemos visto y oído. Sin avasallar, pero sin pedir disculpas por hablarles de un tal Jesús, al que confesamos como único Salvador del ser humano.
Os invito, pues, a acercaros con esta actitud a vuestros hijos y a los de vuestra casa, a vuestros compañeros de trabajo y a vuestros amigos y vecinos, para animarles a descubrir que su vida, nuestra vida, tiene un verdadero sentido vocacional. Como os decía en esa carta pastoral, caigamos en la cuenta de que «para cada uno tiene el Señor un proyecto, una vocación». Cuando hablamos de vocación, casi todo el mundo entiende que nos referimos a la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa; pero no es sólo eso. Vocación tienen también los médicos, los maestros, los asistentes sociales, los padres y madres de familia, y, aunque suene raro, también tienen vocación los conductores de autobús, los agricultores, etc. Vocación tenemos todos, porque para cada uno de nosotros el Señor ha soñado un proyecto de vida en el que podamos realizarnos y con el que ayudemos a los demás. El trabajo profesional puede vivirse como vocación, sabiendo que con él servimos a personas y cooperamos en el desarrollo de nuestro mundo, o únicamente como carrera, es decir, como un modo de ganarse la vida y de medrar o tener éxito. Las consecuencias de uno u otro planteamiento son muy serias, tanto en el plano personal como en la vida de nuestra sociedad: la profesión vivida como vocación genera dedicación, servicio entregado, alegría y satisfacción profunda; vivida como carrera, fácilmente produce competitividad, despreocupación por los problemas de los demás (¡cuántas veces se oye «ése es tu problema»!) y estrés.
Desgraciadamente, hoy predomina la tendencia a hacer de la profesión una carrera, tal vez porque la nuestra es «una época en la que parece que la cumbre de la personalidad y, por tanto, de la felicidad está en que cada cual se haga a sí mismo, decidiendo qué quiere ser en función de criterios casi siempre utilitaristas». En este clima es muy difícil que puedan florecer las vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa, que por su propio modo de ser tienen muy poco o nada de carrera y todo de respuesta a una llamada percibida en lo hondo del alma, una llamada a servir a otros de por vida y, casi siempre, en condiciones precarias.
Por eso quiero, en este año, invitaros a recuperar el sentido vocacional de nuestras vidas, de las de todos. Deseo animaros a desarrollar una verdadera cultura vocacional, que impregne todo lo que somos y hacemos, dentro y fuera de nuestras casas, de ese toque especial que nos da el saber que estamos respondiendo a una llamada del Padre para ayudar, curar, enseñar y, en una palabra, hacer más humana y llevadera la vida a los hermanos. No lo olvidemos, «Otro, que tiene cálidas manos de padre y de madre, nos ha soñado y nos ha señalado una tarea, un servicio, un lugar en la vida junto a otros». Si en la familia y en todo lugar donde hay un cristiano consciente de su fe, se impulsa y vive esa cultura vocacional, los jóvenes volverán a plantearse la posibilidad de que el Padre les llame al sacerdocio o la vida consagrada; pero en el clima espiritual y cultural en el que actualmente viven, es un milagro que piensen que podrían ser curas, monjas o religiosos.
El próximo 27 de mayo, fiesta de Pentecostés, nos reuniremos, en el Encuentro de Laicos, para acoger al Espíritu Santo. Él proporciona a la Iglesia la fuerza que ésta necesita para sanar los corazones enfermos, domar el espíritu indómito y guiar al que tuerce el sendero. Abrámonos a su gracia y seremos capaces de hacer de toda nuestra vida una vocación.
+ Alfonso Milián Sorribas
Obispo de Barbastro-Monzón