(CAMINEO.INFO) - Un desarrollo sostenible que preserve el medio ambiente, el respeto a la dignidad de cada persona humana y el peligro de perder los valores espirituales son los tres grandes desafíos con los que se enfrenta la globalización.
En primer lugar, la preservación del medio ambiente. Como reconoce la comunidad internacional, los recursos de que disponemos para seguir desarrollándonos son limitados. Baste pensar, por ejemplo, en las reservas hidráulicas, petrolíferas y madereras. De ahí que la destrucción del ambiente, o su uso irracional y egoísta, o el acaparamiento violento de los bienes de la tierra generan conflictos y guerras. Pues son fruto de un concepto inhumano de desarrollo.
Consiguientemente, un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y económico, con olvido de la dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo verdaderamente humano. Al contrario, sería un desarrollo que, por unilateral, terminaría fomentando la capacidad destructiva que anida en el corazón del hombre, herido por el pecado. Llevaría, además, el interés de los países ricos y desarrollados primase sobre el los países pobres y en vías de desarrollo.
De este modo, lejos de superarse la inmoral situación actual –en la que los países más pobres sean quienes están pagando el precio más alto por el deterioro ecológico-, se ahondaría dicha tendencia. De ahí que sea indispensable que exista no sólo una relación responsable con la creación, sino también con nuestro prójimo y con el Creador. Dios ha creado los bienes de producción y consumo para que sirvan al hombre y para que todos los hombres se beneficien justamente de ellos.
El segundo gran desafío es el respecto de la persona humana. Si los seres humanos no son considerados como personas, como hombre y mujer, creados a imagen de Dios y dotados de una dignidad inviolable, será imposible alcanzar una plena justicia en el mundo. Desgraciadamente, todavía estamos muy lejos de ese respeto. Es verdad que los derechos de la persona humana son reconocidos en Declaraciones internacionales y en Documentos legales de muchos países. Pero es necesario avanzar mucho para que ese reconocimiento tenga consecuencias reales sobre los problemas globales. Piénsese, por ejemplo, en la tragedia del hambre y de la pobreza del tercer mundo, del analfabetismo, de la salud, de la vivienda, del trabajo, del abuso de los niños. O en la escandalosa desigualdad entre el opulento Occidente y la miseria de tantos países africanos y asiáticos.
Por último, el tercer gran desafío es el de evitar que la sociedad tecnológica destierre los valores del espíritu. Apremiados por las preocupaciones económicas, tendemos a olvidar que los bienes espirituales son más propios del hombre –y, por eso, superiores- que los bienes materiales. Igualmente, como los bienes materiales son visibles, los espirituales –por ejemplo el conocimiento y la educación- son invisibles, tendemos a olvidar estos últimos. Sin advertir que, a la larga, son los bienes del espíritu los que terminan asegurando los bienes materiales. Bastaría pensar, por ejemplo, en la mejora de la salud y de la prevención de enfermedades como consecuencia de la investigación y del esfuerzo de los hombres de ciencia.
Según esto, la globalización no puede consistir, única o principalmente, en la búsqueda del bienestar material, sobre todo de una minoría de poderosos. La globalización tiene una dimensión ética irrenunciable y ha de estar al servicio de la promoción integral de la persona humana. De todas las personas, hombres y mujeres, del mundo.
Mons. Francisco Gil Hellín,
Arzobispo de Burgos