(CAMINEO.INFO) - Hoy, en la fiesta del Pentecostés celebramos la jornada del apostolado de los laicos en la familia y en la sociedad, es decir, del apostolado seglar. Pentecostés proclama que el Espíritu Santo que Jesús nos prometió actúa hoy en la Iglesia e impulsa el testimonio de los cristianos en el mundo. Es una oportunidad para saborear la acción del Espíritu en nuestra vida, para preguntarnos si somos coherentes con esta presencia que debe manifestarse en la vida concreta.
Vivimos la vocación cristiana a través de los valores y decisiones que configuran nuestra vida familiar y social. Una vocación que nos convoca a transformar la sociedad según el Espíritu Santo, a fin que todas las realidades humanas sean iluminadas y renovadas por el Evangelio. El cristiano no puede esconder su fe, con todas sus consecuencias morales, ante lo que ve y oye; ni puede quedarse en la simple crítica sin comprometerse a fondo en la construcción del bien común, que siempre incluye la apertura de los hombres a Dios. Debemos ser, como dice Jesús, “sal y luz”, porque el Bautismo nos ha conferido la misión de edificar la Iglesia, signo e instrumento de la acción salvadora de Cristo. En esta misión sabemos que nunca estaremos solos porque el Señor nos precede y acompaña con su Espíritu, tal como nos prometió: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”(Hch.1,8).
El Papa Benedicto XVI nos recuerda que “como ciudadanos del Estado –los laicos- están llamados a participar en primera persona en la vida pública... su misión es configurar rectamente la vida social... cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad”(Dios es amor, n29). Deberemos esforzarnos para que sean reconocidos valores fundamentales como el don de la vida, desde su concepción hasta la muerte natural; la realidad de la familia, sin que ésta sea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones; la libertad de los padres a educar a sus hijos; y una forma de organización económica y social que favorezca la dignidad de cada persona y promueva la superación de las desigualdades.
En la fiesta de Pentecostés debemos resaltar la propuesta que ofrece la Iglesia para que el laicado se organice y promueva su apostolado propio: la Acción Católica. Asociación que vive un tiempo de renovación en la hora presente. Un laicado asociado y bien formado es la condición fundamental en la acción evangelizadora de la Iglesia. Cada uno está llamado a responder en el seno de la comunión eclesial, que tiene en la Acción Católica un instrumento privilegiado.
Xavier Salines i Viñals,
Obispo de Tortosa y administrador apostòlico de Lleida