El sonido de las matracas rompiendo la noche, como un oficio de tinieblas por las calles. El rezo del Vía Crucis bajo el arco de San Ildefonso. El olor a alcanfor de los viejos arcones. Los picados en negro sobre el paño pardo.
Los faroles de latón en las manos de los penitentes. La música lúgubre de un cuarteto de viento. Y el lamento de un bombardino en solitario. Esta es la escena que se repite cada noche de Miércoles Santo en Zamora, cuando el Cristo del Amparo sube desde Olivares hasta la Catedral y desciende de nuevo a su barrio por la Cuesta del Obispo.
La noche estaba clara. La luna blanca y redonda presidiendo. El cielo poco a poco se iba despejando aunque el frío se asentó desde la tarde en la ciudad. A las doce de la noche, las puertas de San Claudio se abrían, mientras la plaza de Olivares se quedaba pequeña para el numeroso público que bajó al barrio a presenciar la salida del cortejo. Sonido de matracas al pie del Duero, mientras el pendón de la hermandad se destacaba sobre las sombras. La penitencia oculta bajo las capas de chiva, las de paño pardo con picados geométricos en negro, que nunca fueron de pastoreo en tierras alistanas y al otro lado de la Raya, donde de siempre se empleó para entierros, procesiones y solemnidades por parte de los más ancianos, de los venerables de la comunidad.
De uno en uno, con la soledad de su farol y la humildad de la vela, dibujando cruces sobre el pavimento. La música del bombardino de Agustín Lorenzo pasaba despidiéndose de esta ciudad que ya es la suya; de esta noche que hizo suya hace ya tantos años. La misma noche en que se vino desde León a Zamora después de dar sepultura a su madre. La noche que ha moldeado con el sonido grave de su instrumento, la que ya no sería la misma sin un bombardino cantando la triste letanía del metal y el viento.
Ya no sube por Trascastillo. Ahora los penitentes acompañan a su Cristo por el Pizarro, para desembocar igualmente en la Plaza de San Ildefonso. Allí se hace la oscuridad y se procede al rezo, al Vía Crucis. A la meditación y la plegaria, mientras callan las matracas y los instrumentos. El arco es la frontera. La Plaza de Fray Diego de Deza, un espacio oscuro donde brillan como pequeños puntos de luz las cámaras y los móviles, donde la gente se aprieta en numerosas filas para captar el instante preciso en que el Cristo de la calavera y los cardos salve la dificultad de la piedra. Y después, el camino hacia la Catedral y el descenso de nuevo al barrio, a esa plazuela de pueblo con el crucero de piedra, donde un coro de hombres le ofrece, a modo de despedida, el miserere alistano (que no castellano). La pieza musical que hombres y mujeres cantan juntos en algunas localidades de la comarca, con el misterio de su peculiar tonalidad, de esas voces imposibles que perpetúan la memoria de esta tierra. La oración descendida a la música del pueblo. La música llana de la sinceridad y el arrepentimiento. “Ten, mi Dios, mi bien, mi Amor, misericordia de mi”.
Ana Pedrero Rojo
Cortesia de www.lapasiondezamora.com