 (CAMINEO.INFO) - Fotos: Javier Alcina
Santisimo Cristo de las Injurias a la Salida de la S.I. Catedral |
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(CAMINEO.INFO) - Fotos: Javier Alcina
Santisimo Cristo de las Injurias a la Salida de la S.I. Catedral | Silencio, sólo silencio.
05-04-2007
José Luis Turiel
(CAMINEO.INFO) - El Cristo de las Injurias salió en procesión acompañado por miles de hermanos . Eran las ocho y media de la tarde. Los hermanos de la Cofradía del Santísimo Cristo de las Injurias comenzaban a salir a la Plaza de la Catedral desde el interior del templo mayor, conformando un año más la hermosa estampa de Miércoles Santo; la que dibujan miles de caperuces rojos sobre miles de túnicas de blanca estameña, esperando a que el Señor de Zamora, el Cristo de las tres miradas, apareciese en la puerta principal y avanzase por el atrio en solitario, mostrándose en majestad desde la Cruz. En la misma puerta del atrio se detuvo para escuchar la ofrenda de silencio a cargo del alcalde de la ciudad, que ejerció más de político que de zamorano, desvirtuando el sentido que siempre tuvo este acto. Como ya ocurriese el año pasado, Antonio Vázquez no supo o no quiso aprovechar su último juramento como alcalde de la ciudad para poner a los pies del Señor de Zamora los problemas de esta tierra, su falta de oportunidades, su pobreza, sus anhelos, su día a día, su población envejecida, sus pueblos abandonados, los jóvenes que tienen que buscarse el pan lejos. Para despedirse del Crucificado desde el corazón y anteponer el sentimiento de los zamoranos al momento electoral que está a las puertas. Y optó por un discurso de claro contenido político, fuera de lugar cuando toma la palabra en nombre de todos los zamoranos. Algo que la Cofradía del Silencio , como organizadora del acto que son, debería tener en cuenta: no permitir que se utilice un acto de pública devoción al servicio de ninguna ideología. Que aquí estamos hablando de otra cosa, y lo demás sobra.
En su último juramento, el alcalde optó por un discurso que sonrojó tanto a numerosos hermanos así como a quienes, desde las aceras, acudimos a ofrecer silencio, sólo silencio, ante nuestro Cristo. Si es el alcalde el que ofrece el silencio, lo hace por su condición de cabeza visible de esta ciudad, no como cargo político, no como representante de un determinado sector de la sociedad zamorana. El silencio que ponemos en sus manos es el de todos, pero sus palabras no lo fueron. Porque la política pasa, los ediles pasan, mientras que Cristo y el silencio permanecen por siempre.
Silencio, sólo silencio. El silencio de esta tierra. El dolor de esta tierra. Las necesidades de esta tierra. Y los deseos de nuestra gente. Los corazones de nuestra gente. Las heridas de nuestra gente. Silencio, sólo silencio. No una perorata sobre la violencia en el País Vasco y las divergencias políticas en torno a las víctimas. Esa no es la ofrenda que depositamos los zamoranos a los pies del Crucificado. Silencio, sólo silencio. Silencio en la Plaza de la Catedral, que no es un parlamento. Silencio en la tarde del Silencio. Respeto para el Silencio que siempre pidió Zamora ante su venerado Cristo.
Tomó después la palabra el Obispo de la ciudad, monseñor Martínez. Fue entonces cuando los cofrades hincaron su rodilla en el suelo y pronunciaron bajo el caperuz la promesa, el asentimiento. Todos a una, haciendo del murmullo una respuesta inequívoca. Miles de respuestas en una sola frase. Sí, juramos. Y se posó entonces el silencio de verdad sobre la Plaza, sobre la Rúa, sobre la ciudad entera. Sólo los clarines, distribuidos en parejas a lo largo del desfile, rompían el silencio sepulcral. Silencio. Y un frío inmisericorde azotando al gentío, colándose por los huesos, borrando el rastro de la primavera. Silencio. Y el rastro del incienso de los pebeteros, perfumando el silencio mismo.
Y la belleza que hiere, la perfección de la carne, el milagro, la vida descendida a la madera. El Cristo de las Injurias suspendido de la Cruz. Impresionante, portentoso, musculado como un joven atleta. Moribundo como un pobre hombre. Hermoso como un dios vencido ya por la muerte.
Cristo de silencio y juramentos que pasa deprisa entre las filas interminables. Las velas apagadas por el viento del norte. Y los tambores destemplados proclamando que, una vez que ha pasado el Crucificado, vuelve la calle a su rutina de sonidos, lo cotidiano, las voces, las sonrisas, los murmullos.
Silencio, sólo silencio. Pasa el Cristo de las Injurias. Y Zamora, a sus pies, cumple, jura y calla.
Ana Pedrero Rojo Cortesia de www.lapasiondezamora.com
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