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(CAMINEO.INFO) Procesion del Via Crucis | La Hermandad de las Siete Palabras acompañó al Cristo de la Expiración por las calles
04-04-2007
Ana Pedrero Rojo
(CAMINEO.INFO) - El Santo Cristo de la Horta, el Cristo de la Expiración, recorrió anoche las calles zamoranas. No hay palabras que expliquen la emoción que los penitentes sentimos al verlo ascender por Balborraz sobre el esfuerzo de sus cargadores, pasando de la amplitud de la Plaza al recogimiento del Arco de Doña Urraca, al silencio de la Ronda de Santa María la Nueva. Anoche, la penitencia era estar fuera, no comprender, no saber. No rezar bajo el caperuz; no soñar detrás de quienes se abrazaban a las andas, que cumplieron uno de los recorridos más hermosos que pudo hacer la hermandad. Os lo cuento desde dentro, dedicado a quienes, sin saberlo, arrimando el hombro, más de una vez pusieron lágrimas en los ojos de quienes les seguíamos con la carga única de nuestro hachón y nuestro silencio. El Santo Cristo de la Horta, el Cristo de la Expiración, recorrió anoche las calles zamoranas. No hay palabras que expliquen la emoción que los penitentes sentimos al verlo ascender por Balborraz sobre el esfuerzo de sus cargadores, pasando de la amplitud de la Plaza al recogimiento del Arco de Doña Urraca, al silencio de la Ronda de Santa María la Nueva. Anoche, la penitencia era estar fuera, no comprender, no saber. No rezar bajo el caperuz; no soñar detrás de quienes se abrazaban a las andas, que cumplieron uno de los recorridos más hermosos que pudo hacer la hermandad. Os lo cuento desde dentro, dedicado a quienes, sin saberlo, arrimando el hombro, más de una vez pusieron lágrimas en los ojos de quienes les seguíamos con la carga única de nuestro hachón y nuestro silencio.
La procesión sale a las doce, en la medianoche. En la frontera entre el Martes y el Miércoles, entre la oscuridad y la madrugada temprana. Pero la cita es a las once. Siempre a las once. Dentro del templo, al amparo de sus piedras románicas. Noche de Martes Santo. La noche de la liturgia, de la oración más pura que se hace canción con el coro de La Horta en el altar. Todos los años la misma música, la misma meditación, mientras Cristo nos mira desde la Cruz y los mayordomos se colocan en el ábside, adornado sólo con los siete estandartes que representan las Siete Palabras últimas, los siete perdones. Cristo arropado por sus cargadores, por los hombres que llevan zapato negro en la noche de las sandalias y los pies desnudos, custodiando las andas de pana verde. Las andas de donde brotará el milagro, la maravillosa verticalidad de la madera, la ofrenda de sudores, la emoción de quienes intentamos aliviarlos unos pasitos por detrás, si no con nuestro esfuerzo físico, sí con el corazón. Anoche nos llevaban cosidos a sus túnicas, anoche les alentábamos desde el silencio cuando subían por Balborraz.
Nada de esto sabíamos a las once. A esa hora, la iglesia de los Barrios Bajos aparecía llena de cofrades. Hombres y mujeres; hermanos de fe y de túnica. El obispo de la diócesis, Gregorio Martínez, oficiaba por primera vez la misa de la Hermandad. La misa, a secas. La más bonita que conozco, la que más mueve a este corazón que poco va a misas pero que reza a su manera, y reza de verdad. Todo es igual y todo es distinto cada año. El coro y sus canciones. Las que suenan distintas en esta noche de lana blanca. Las que nos remiten siempre a esta noche. El reencuentro con los amigos, de año en año. El abrazo, la promesa de un año más. El silencio tangible, la preparación para la penitencia. Y las palabras del prelado –“no le falléis, no le vendáis en esta noche” ¡qué bonito, por Dios!-, que sabe de procesiones desde la niñez, que lleva en su corazón las procesiones de su pueblo, a las que asistía de la mano de sus padres. Que son las mismas, aquí y en aquel pueblo, cuando se recorren desde dentro, desde el corazón.
Allí, en el templo, encontramos el sentido a nuestro peregrinar por las calles. Allí, en el templo, se enciende la luz verdadera, no la luz efímera de los cirios, que se apagan con un soplo de aire. Allí, en el templo, no sabíamos que Jesús Losada esculpiría poesía en el rezo de la plaza de Claudio Moyano. Pero estábamos unidos en la oración más auténtica; la de este Martes Santo donde vivos y muertos nos damos la paz; donde vivos y muertos hacemos juntos la procesión.
Los acordes del órgano y de las guitarras. Venid a Mí, dice el Señor. La comunión. El abrazo con la amiga de toda la vida, la que superó la enfermedad más dura. El mismo abrazo que nos dimos cuando ella apenas tenía un dedito de pelo por el brutal tratamiento, por la lucha sin tregua. El mismo abrazo que nos dimos cuando dejamos a su madre en la tierra corralina. A algunos os suena empalagoso, pero me da igual. Esta es la noche del Martes Santo en Zamora que vivo bajo la túnica y con la túnica aún puesta escribo, con los sentimientos encima del teclado. La lágrima salada que adereza el pan de la Comunión; la sonrisa, la voz profunda de Juan Manuel, el cura grande y bueno, dirigiendo a su coro; la iglesia de la Horta a media luz, la sacristía con los Cristos preparados, los faroles de la mayordomía, el redoble mágico, como un terremoto al pie del río, que marca el inicio y el final de la procesión, el cataclismo, el principio y el fin. El silencio de los bombos en el suelo, los rostros de siempre, los que llegan nuevos, los que echamos de menos. El incienso preparado, las velitas de los cerilleros, los cirios a punto de consumirse.
A las doce de la noche se abrieron las puertas y nuestro Dios Crucificado avanzó por la nave de La Horta y atravesó sus umbrales para bendecirnos a todos sus cofrades. El resto no os lo cuento; el resto es de puertas afuera, lo visteis en la calle, con la luna llena por testigo. No os lo escribo; ya lo conocéis.
Cortesia de www.lapasiondezamora.com
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