Fieles a la cita que los reúne en la fiesta de la vida desde hace 33 años, durante la madrugada del día 24 de Enero, 23 de enero en Washington D.C. multitud de asociaciones pro-vida se unen para dar voz a los que no la tienen en una manifestación pacífica precedida por una vigilia multitudinaria de católicos venidos de todas partes de Estados Unidos, y presidida por el Cardenal O´Connor, obispo emérito de Washington D.C. Este Cardenal, fielmente comprometido con la causa antiabortista, fundó en 1991 la congregación “Hermanas por la Vida” para combatir esta cultura de la muerte que nos envuelve, mediante el ayuno, la oración y la acción. Estas hermanas se ocupan de todas aquellas madres que se plantean el aborto como solución a su “problema”, así como de apoyo y consuelo a todas aquellas personas que se acercan arrepentidas, tanto de haberlo hecho como de haberlo apoyado.
Bajo un inclemente frío y dos palmos de nieve bajo los pies se han sucedido las propuestas, los discursos, y se ha puesto en entredicho la constitucionalidad de la despenalización del aborto en USA, a lo que Bush ha respondido que sigue siendo un delito en los Estados Unidos, sólo que sin condena. También se ha hecho luz pública sobre los intereses económicos sobre los que está cimentada esta cultura de la muerte inculpando a la ONU como responsable directo del fomento del aborto en los países más pobres, así como a la Federación Internacional de la Paternidad Planificada por tener al asesinato de indefensos como pilar de sus intereses económicos. A su vez se ha calificado como fraudulento el nombre de una asociación feminista pro abortista que se esconde bajo la designación “Católicas por el Derecho a Decidir” No puede ser católico nadie que decida sobre el derecho a la vida de otra persona.
Debemos recordar que el pecado del aborto no lo puede confesar cualquier sacerdote. Ha de ser el obispo de la diócesis el que absuelva este pecado; aunque con el incremento tan abrumador de los abortos, 1.500.000 sólo en EE.UU. durante este último año; los obispos han tenido que designar en muchísimas diócesis, sacerdotes confesores ex profeso para la absolución de este pecado; que es pecado porque lleva a la muerte del alma de quien lo provoca, tanto si es la madre del propio abortado como si es un inductor. El incremento de estas confesiones es la prueba más sincera de que después de un aborto sí que pasa algo y lejos de ser solución agrava el problema.
Fuente: EWTN