Catequesis del Papa Juan Pablo II:
Salmo 10
1. Continúa nuestra reflexión
sobre los Salmos, que constituyen el texto esencial de la Liturgia de las
Vísperas. Acaba de resonar en nuestros corazones el Salmo 10, una breve oración
de confianza que, en el original hebreo, está salpicada por el nombre divino
sagrado «Adonai», el Señor. En la apertura se escucha el eco de este nombre (Cf.
versículo 1), aparece en tres ocasiones en el centro del Salmo (Cf. versículos
4-5) y vuelve a aparecer en el final (Cf. versículo 7).
El tono espiritual de todo el canto está bien expresado por el versículo
conclusivo: «el Señor es justo y ama la justicia». Este es el motivo de toda
confianza y el manantial de toda esperanza en el día de la oscuridad y de la
prueba. Dios no es indiferente ante el bien y el mal, es un Dios bueno y no un
hado oscuro, indescifrable y misterioso.
2. El Salmo se desarrolla esencialmente en dos escenas. En la primera (Cf.
versículos 1-3), se describe al impío en su triunfo aparente. Es descrito con
imágenes de carácter bélico y de caza: es el perverso, que tensa su arco de
guerra o de caza para disparar violentamente contra su víctima, es decir, el
fiel (Cf. versículo 2). Este último, por este motivo, se siente tentado por la
idea de evadirse y liberarse de un ataque tan implacable. Quisiera huir «como un
pájaro al monte» (versículo 1), lejos del remolino del mal, del asedio de los
malvados, de las flechas de las calumnias lanzadas a traición por los pecadores.
Se da una especie de desaliento en el fiel que se siente sólo e impotente ante
la irrupción del mal. Tiene la impresión de que se sacuden los fundamentos del
orden social justo y que se minan las bases mismas de la convivencia humana (Cf.
versículo 3).
3. Viene entonces el gran cambio, descrito en la segunda escena (Cf. versículos
4-7). El Señor, sentado en su trono celestial, abarca con su mirada penetrante
todo el horizonte humano. Desde esa posición trascendental, signo de la
omnisciencia y de la omnipotencia divina, Dios puede escrutar y valorar a cada
persona, distinguiendo el bien del mal y condenando con vigor la injusticia (Cf.
versículos 4-5).
Es sumamente sugerente y consoladora la imagen del ojo divino, cuya pupila
analiza fija y atentamente nuestras acciones. El Señor no es un soberano remoto,
cerrado en su mundo dorado, sino una presencia vigilante que está de la parte
del bien y de la justicia. Ve y provee, interviniendo con su palabra y su acción
El justo prevé que, como sucedió en Sodoma (Cf. Génesis 19, 24), el Señor «hará
llover sobre los malvados ascuas y azufre» (Salmo 10, 6), símbolos del juicio de
Dios que purifica la historia, condenando el mal. El impío, golpeado por esta
lluvia ardiente, que prefigura su suerte futura, experimenta finalmente que «hay
un Dios que juzga en la tierra» (Salmo 57, 12).
4. El Salmo, sin embargo, no concluye con esta imagen trágica de castigo y
condena. El último versículo abre el horizonte a la luz y a la paz destinadas
para el justo, que contemplará a su Señor, juez y justo, pero sobre todo
liberador misericordioso: «los buenos verán su rostro». (Salmo 10, 7). Es una
experiencia de comunión gozosa y de serena confianza en el Dios que libera del
mal.
Una experiencia así la han hecho innumerables justos a través de la historia.
Muchas narraciones describen la confianza de los mártires cristianos ante los
tormentos, así como su firmeza, que no rehuía de la prueba.
En las «Actas de Euplo», diácono de Catania, asesinado en torno al año 304 bajo
Diocleciano, el mártir pronuncia espontáneamente esta secuencia de oraciones:
«Gracias, Cristo: protégeme porque sufro por ti... Adoro al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo. Adoro a la Santa Trinidad... Gracias, Cristo. ¡Ayúdame, Cristo!
Por ti sufro, Cristo... ¡Tu gloria es grande, Señor, en los siervos que te has
dignado en llamar!... Te doy gracias, Señor Jesucristo, porque tu fuerza me ha
consolado; no has permitido que mi alma pereciera con los impíos y me has
concedido la gracia de tu nombre. Confirma ahora lo que has hecho en mí para que
quede confundida la soberbia del Adversario» (A. Hamman, «Oraciones de los
primeros cristianos» --«Preghiere dei primi cristiani»--, Milán 1955, pp.
72-73).
Audiencia del Miércoles 28 de enero del 2004