Catequesis del Papa Benedicto XVI
Cántico de la carta de San pablo a los Filipenses
1. Una vez más, siguiendo el recorrido propuesto
por la Liturgia de las Vísperas con varios salmos y cánticos, hemos escuchado el
admirable y esencial himno engarzado por san Pablo en la Carta a los Filipenses
(2, 6-11).
En el pasado, ya subrayamos que el texto comprende un doble movimiento: de
descenso y de ascenso. En el primero, Jesucristo, desde el esplendor de la
divinidad que le pertenece por naturaleza, decide descender hasta humillarse en
la «muerte de cruz». Así se manifiesta también como verdadero hombre y redentor
nuestro, participando de manera auténtica y plena en nuestra realidad de dolor y
muerte.
2. El segundo movimiento, el ascensional, revela la gloria pascual de Cristo
que, después de la muerte, se manifiesta nuevamente en el esplendor de su
majestad divina.
El Padre, que había acogido el acto de obediencia del Hijo en la Encarnación y
en la Pasión, ahora le «exalta» sobre todo, como dice el texto griego. Esta
exaltación se expresa no sólo a través de la entronización a la derecha de Dios,
sino también confiriéndole a Cristo un «Nombre-sobre-todo-nombre» (versículo 9).
Ahora bien, en el lenguaje bíblico el «nombre» indica la auténtica esencia y la
función específica de una persona, manifiesta su realidad íntima y profunda. Al
Hijo, que por amor se humilló en la muerte, el Padre le confiere una dignidad
incomparable, el «Nombre» más excelso, el de «Señor», propio del mismo Dios.
3. De hecho, la proclamación de fe, entonada conjuntamente desde el cielo, la
tierra y los abismos postrados en adoración, es clara y explícita: «Jesucristo
es Señor» (versículo 11). En griego se afirma que Jesús es «Kyrios», un título
ciertamente regio, que en la traducción griega de la Biblia hacía referencia al
nombre de Dios revelado a Moisés, nombre sagrado e impronunciable.
Por un lado aparece el reconocimiento del señorío universal de Jesucristo, que
recibe el homenaje de toda la creación, concebida como un súbdito postrado a sus
pies. Por otro lado, la proclamación de fe reconoce a Cristo su forma y
condición divina por lo cual es digno de adoración.
4. En este himno, la referencia al escándalo de la cruz (Cf. 1 Corintios 1, 23)
se entrecruza y culmina con el acontecimiento de la resurrección. A la
obediencia del sacrificio del Hijo responde la acción glorificadora del Padre, a
la que se une la adoración de la humanidad y de la creación. El carácter
singular de Cristo surge de su función de Señor del mundo redimido, que le ha
sido conferida con motivo de su obediencia perfecta «hasta la muerte». El
proyecto de salvación se cumple plenamente en el Hijo y los creyentes están
invitados, sobre todo en la liturgia, a proclamarlo y a vivir sus frutos.
Esta es la meta a la que lleva el himno cristológico que la Iglesia medita,
canta y considera como guía de vida desde hace siglos: «Tened entre vosotros los
mismos sentimientos que Cristo» (Filipenses 2, 5).
5. Encomendémonos ahora a la meditación que san Gregorio Nacianceno compuso
sabiamente sobre nuestro himno. En un canto en honor de Cristo, el gran doctor
de la Iglesia del siglo IV declara que Jesucristo «no se despojó de ninguno de
los aspectos constitutivos de su naturaleza divina, y a pesar de ello me salvó
como un médico que se inclina sobre las heridas fétidas… Era de la estirpe de
David, pero fue el creador de Adán. Era de carne, pero también era ajeno al
cuerpo. Fue engendrado por una madre, pero por una madre virgen; era limitado
pero también inmenso. Y fue recostado en un pesebre, pero una estrella guió a
los Magos, que llegaron trayéndole dones y ante él doblaron la rodilla. Como un
mortal luchó contra el demonio, pero, invencible, venció al tentador con un
triple combate… Fue víctima, pero también sumo sacerdote; fue sacrificador, y
sin embargo era Dios. Ofreció a Dios su sangre y de este modo purificó a todo el
mundo. Una cruz le alzó de la tierra, pero el pecado fue traspasado con clavos…
Descendió adonde estaban los muertos, pero resurgió del infierno y resucitó a
muchos que estaban muertos. El primer acontecimiento es precisamente el de la
miseria humana, pero el segundo muestra la riqueza del ser incorporal… Esa forma
terrena la asumió el Hijo inmortal, pues te ama» («Carmina arcana», 2: Collana
di Testi Patristici, LVIII, Roma 1986, pp. 236-238).
Miércoles 26 de octubre de 2005