Catequesis de Benedicto XVI sobre los salmos
Salmo 123
1. Ante nosotros tenemos el
Salmo 123, un cántico de acción de gracias entonado por toda la comunidad en
oración que eleva a Dios la alabanza por el don de la liberación. El salmista
proclama al inicio esta invitación: «Que lo diga Israel» (versículo 1),
estimulando a todo el pueblo a elevar una acción de gracias viva y sincera al
Dios salvador. Si el Señor no hubiera estado de parte de las víctimas, éstas,
con sus pocas fuerzas, no hubieran sido capaces de liberarse y sus adversarios,
como monstruos, les hubieran descuartizado y triturado.
Si bien se ha pensado en algún acontecimiento histórico particular, como el
final del exilio de Babilonia, es más probable que el Salmo quiera ser un himno
para agradecer intensamente al Señor por haber superado los peligros y para
implorarle la liberación de todo mal.
2. Después de haber mencionado al inicio a unos «hombres» que asaltaban a los
fieles y eran capaces de haberles «tragado vivos» (Cf. versículos 2-3), el canto
tiene dos pasajes. En la primera parte, dominan las aguas arrolladoras, símbolo
para la Biblia del caos devastador, del mal y de la muerte: «Nos habrían
arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habrían
llegado hasta el cuello las aguas espumantes» (versículos 4-5). El orante
experimenta ahora la sensación de encontrarse en una playa, habiéndose salvado
milagrosamente de la furia impetuosa del mar.
La vida del hombre está rodeada de emboscadas de los malvados que no sólo
atentan contra su existencia, sino que quieren destruir también todos los
valores humanos. Sin embargo, el Señor interviene en ayuda del justo y le salva,
como canta el Salmo 17: «Él extiende su mano de lo alto para asirme, para
sacarme de las profundas aguas; me libera de un enemigo poderoso, de mis
adversarios más fuertes que yo… El Señor fue un apoyo para mí; me sacó a espacio
abierto, me salvó porque me amaba» (versículos 17-20).
3. En la segunda parte de nuestro canto de acción de gracias se pasa de la
imagen marina a una escena de caza, típica de muchos salmos de súplica (Cf.
Salmo 123, 6-8). Evoca una bestia que tiene entre sus fauces a su presa o una
trampa de cazadores que captura a un pájaro. Pero la bendición expresada por el
Salmo nos da a entender que el destino de los fieles, que era un destino de
muerte, ha cambiado radicalmente gracias a una intervención salvadora: «Bendito
el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes; hemos salvado la vida, como
un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió, y escapamos»
(versículos 6-7).
La oración se convierte en este momento en un suspiro de alivio que surge de lo
profundo del alma: incluso cuando se derrumban todas las esperanzas humanas,
puede aparecer la potencia liberadora divina. El Salmo concluye con una
profesión de fe, que desde hace siglos ha entrado en la liturgia cristiana como
una premisa ideal de toda oración: «Adiutorium nostrum in nomine Domini, qui
fecit caelum et terram - Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el
cielo y la tierra» (versículo 8). El Omnipotente se pone en particular de parte
de las víctimas y de los perseguidos «que están clamando a él día y noche» y
«les hará justicia pronto» (Cf. Lucas 18,7-8).
4. San Agustín ofrece un comentario articulado a este salmo. En primer lugar,
observa que este salmo propiamente lo cantan los «miembros de Cristo, que han
alcanzado la felicidad». En particular, «lo han cantado los santos mártires,
quienes habiendo salido de este mundo, están con Cristo en la alegría,
dispuestos a retomar incorruptos esos mismos cuerpos que antes eran
corruptibles. En su vida, sufrieron tormentos en el cuerpo, pero en la eternidad
esos tormentos se transformarán en adornos de justicia».
Pero en un segundo momento el obispo de Hipona nos dice que también nosotros
podemos cantar este salmo con esperanza. Declara: «También nosotros estamos
animados por una esperanza segura cantaremos exultando. No son extraños para
nosotros los cantores de este Salmo… Por tanto, cantemos todos con un solo
corazón: tanto los santos que ya poseen la corona como nosotros, que con el
afecto nos unimos a su corona. Juntos deseamos esa vida que aquí abajo no
tenemos, pero que nunca podremos tener si antes no la hemos deseado».
San Agustín vuelve entonces a la primera perspectiva y explica: «Los santos
recuerdan los sufrimientos que afrontaron y desde el lugar de felicidad y de
tranquilidad en el que se encuentran miran el camino recorrido; y, dado que
hubiera sido difícil alcanzar la liberación si no hubiera intervenido para
ayudarles la mano del Liberador, llenos de alegría, exclaman: "Si el Señor no
hubiera estado de nuestra parte". Así comienza su canto. No hablan ni siquiera
de aquello de lo que se han librado por la alegría de su júbilo» (Comentario al
Salmo 123, «Esposizione sul Salmo 123», 3: «Nuova Biblioteca Agostiniana»,
XXVIII, Roma 1977, p. 65).
Miércoles 22 de junio de 2005