Catequesis de Benedicto XVI sobre los salmos
Salmo 122
Queridos hermanos:
Por desgracia, habéis sufrido bajo la lluvia. Esperemos que ahora el tiempo mejore.
1. De manera muy incisiva,
Jesús afirma en el Evangelio que los ojos son un símbolo expresivo del yo
profundo, un espejo del alma (cf. Mateo 6, 22-23). Pues bien, el Salmo 122, que
se acaba de proclamar, se sintetiza en un intercambio de miradas: el fiel alza
sus ojos al Señor y espera una reacción divina para percibir un gesto de amor,
una mirada de benevolencia. También nosotros elevamos un poco los ojos y
esperamos un gesto de benevolencia del Señor.
Con frecuencia, en el Salterio se habla de la mirada del Altísimo, que «observa
desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a
Dios» (Salmo 13, 2). El salmista, como hemos escuchado, recurre a una imagen, la
del siervo y la de la esclava, que miran a su señor en espera de una decisión
liberadora.
Si bien la escena está ligada al mundo antiguo a sus estructuras sociales, la
idea es clara y significativa: esta imagen tomada del mundo del antiguo Oriente
quiere exaltar la adhesión del pobre, la esperanza del oprimido y la
disponibilidad del justo al Señor.
2. El orante está en espera de que las manos divinas se muevan, pues actuarán
según justicia, destruyendo el mal. Por este motivo, con frecuencia, en el
Salterio el orante eleva sus ojos llenos de esperanza hacia el Señor: «Tengo los
ojos puestos en el Señor, porque Él saca mis pies de la red» (Salmo 24, 15),
mientras «se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios» (Salmo 68,4).
El Salmo 122 es una súplica en la que la voz de un fiel se une a la de toda la
comunidad: de hecho, el Salmo pasa de la primera persona del singular --«a ti
levanto mis ojos»-- a la del plural «nuestros ojos» (Cf. versículos 1-3).
Expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para difundir dones de
justicia y de libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda
su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de
los Números: «ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te
muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 25-26).
3. La importancia de la mirada amorosa de Dios se revela en la segunda parte del
salmo, caracterizada por la invocación: «Misericordia, Señor, misericordia»»
(Salmo 122, 3). Continúa con el final de la primera parte, en el que se confirma
la expectativa confiada, «esperando su misericordia» (versículo 2).
Los fieles tienen necesidad de una intervención de Dios porque se encuentran en
una situación penosa, de desprecio y de vejaciones por parte de prepotentes. La
imagen que utiliza ahora el salmista es la de la saciedad: «estamos saciados de
desprecios; nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos» (versículos
3-4).
A la tradicional saciedad bíblica de comida y de años, considerada como signo de
la bendición divina, se le opone ahora una intolerable saciedad constituida por
una carga exorbitante de humillaciones. Y sabemos que hoy muchas naciones,
muchos individuos están llenos de vejaciones, están demasiado saciados de las
vejaciones de los satisfechos, del desprecio de los soberbios. Recemos por ellos
y ayudemos a estos hermanos nuestros humillados.
Por este motivo, los justos han confiado su causa al Señor y no es indiferente a
esos ojos implorantes, no ignora su invocación ni la nuestra, ni decepciona su
esperanza.
4. Al final, dejemos espacio a la voz de san Ambrosio, el gran arzobispo de
Milán, quien con el espíritu del salmista, da ritmo poético a la obra de Dios
que nos llega a través de Jesús Salvador: «Cristo es todo para nosotros. Si
quieres curar una herida, él es médico; si estás ardiendo de fiebre, es fuente;
si estás oprimido por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda,
es fuerza; si tienes miedo de la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino;
si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas comida, es alimento» («La
virginidad« --«La verginità»--, 99: SAEMO, XIV/2, Milano-Roma 1989, p. 81).
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la
audiencia, el Santo Padre ofreció esta síntesis en castellano:]
El Salmo de hoy, para exaltar la esperanza del oprimido, recurre a la imagen del
esclavo que espera de su amo la liberación. El orante eleva sus ojos hacia el
Señor con la esperanza de que revele toda su ternura y bondad derramando dones
de justicia y libertad.
Los fieles, despreciados por los prepotentes e inmorales que, engreídos por su
éxito y saciados por su bienestar, desafían a Dios violando los derechos de los
débiles, tienen necesidad de una intervención divina. Confiando su causa al
Señor, exclaman: «Piedad de nosotros». Y Él no permanece indiferente, no
defrauda su esperanza.
Saludo cordialmente a los peregrinos de España y América Latina, especialmente a
los sacerdotes de Guadalajara; a los de las parroquias de la Candelaria, de
Martínez; de la Asunción, de Tlapacoyan; de la Piedad, de México; de la Asunción
de Cárcer y de Cantalejo; también a los de Argentina, a los de la Asociación
«Dulce Mar» de Madrid y del Liceo de Ourense. Confiad vuestras vidas al Señor.
Él atiende siempre vuestras súplicas.
Miércoles 15 de junio de 2005